Misericordia natural

Por Revista Hechos&Crónicas

La inclinación a ayudar a los pobres, aprendida en forma natural dentro de mi familia, me trajo problemas con mi mamá.

Cuando apenas tenía cinco años me escapaba, acompañada por la empleada del servicio, con una canastilla llena de comida para unas ancianitas pobres que había en la ciudad donde nací. Me encantaba hacer eso, y recuerdo que una de ellas comentó:

–Increíble que una niña tan chiquita pueda pensar en nosotras.

Mamá solía decir:

–“¿Qué voy a hacer con Esther Lucía que se vive siempre involucrando donde haya problemas? Si un día de estos se produce un incendio, allá estará metida de cabeza”. Con toda franqueza, yo saqueaba las despensas de mi mamá, y todo lo que allí había se lo daba a los niños de la calle. Frecuentemente los invitaba a comer dentro de mi casa.

Cuando tenía como nueve años, me asomé a la ventana de mi casa; y, al ver pasar por la calle a unos niños con los pantalones rotos, les regalé todas las pijamas que mamá les había comprado a mis hermanos el día anterior. Eran muchas pijamas porque eran muchos niños. ¡Ay, Dios mío! Cuando mi madre llegó a la casa, me dijo:

–Esther Lucía, ven para acá. ¿Dónde están las pijamas nuevas de tus hermanos?

Elemental, ella no le preguntó a nadie más, sabía quién era la culpable de lo que había pasado. ¡Pobre mi mamá!, todo lo que compraba para mí y mis hermanos, yo lo regalaba. Pero, en medio del regaño, me alegraba al pensar que aquellos niños de la calle sentirían calor al ponerse pijamas con pantaloncito largo forrado. Eso era lo único que me importaba. Con el paso del tiempo entendí que, cuando uno quiere hacer las obras de caridad, tiene que pensar también en lo propio, que no puede darlo todo dejando a sus seres queridos sin nada, porque El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. 1 Timoteo 5:8.

Con frecuencia me he imaginado a mi pobre madre yendo a comprar, por segunda vez, pijamas nuevas para mis hermanos. En una ocasión, cuando ya tenía 13 años, desde la ventana de mi cuarto volví a ver a los niños pobres pasar por la calle y los llevé a sacarles unos carnets de identidad donde un fotógrafo local. ¡Qué lindo habría sido que yo en ese tiempo ya conociera la verdad y les hubiera podido dar una identidad en el Señor!

¡Dios mío! ¿Por qué no te conocí en esa época para que hubieras hecho tu obra completa en ellos? ¡Qué poco podemos hacer como seres humanos! Qué poco podemos dar: una comida, un vestido, un consuelo; pero Tú sí lo das  todo, Señor. Tú lo das todo, porque ya diste tu persona completa en la cruz.

Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia. Juan 10:10b.

Mi oración de hoy, es porque muchos de esos niños a quienes ayudé en mi infancia, y que ya son viejos, hayan podido entender la verdad de Dios conociendo a Jesucristo. Hoy entiendo que dar con generosidad no se limita al apoyo material, porque Dios tiene una obra completa para realizar en cada uno y nosotros somos sus instrumentos.

Por: Esther Lucía Ángel de Silva, esposa del pastor Darío Silva-Silva, quienes fundaron juntos la iglesia Casa Sobre la Roca. También es fundadora del ministerio de mujeres, Mujer Integral y de la fundación Misericordia, Amor y Servicio.  

Foto: Fundación Misericordia, Amor y Servicio (M.A.S)

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