Uno de mis temores más grandes como pastor es ganar a muchas personas para Cristo y terminar perdiendo a mis hijas.
Ellas aún son pequeñas, tienen 7 y 13 años. Todos los días oro para que tengan una revelación personal de Jesús en sus vidas, así como su mamá y yo la hemos tenido. Sin embargo, sé muy bien que el impacto más grande que recibirán no vendrá de una prédica, sino de aquello que puedan ver en nosotros. Y quizás el mayor problema no sea que somos sus padres, sino que también somos pastores.
Existe una lucha constante entre lo que ellas ven todos los días y lo que encuentran en la iglesia. Están creciendo en un mundo mucho más agresivo y acelerado de lo que yo conocí a su edad. He tenido conversaciones con mi hija de 13 años sobre temas que para mí eran impensables cuando tenía su edad. Las redes sociales cambiaron la manera en la que nos relacionamos, aprendemos y entendemos la vida. Y todo esto me ha hecho pensar seriamente en la iglesia.
No hablo de la Iglesia con “I” mayúscula. Como bien sabrás, querido pastor o líder, la Iglesia no es un edificio, un culto o una reunión dominical. La Iglesia somos todos aquellos que hemos decidido hacer de Jesús el Señor y Salvador de nuestras vidas. Funciona de lunes a domingo cuando compartimos el evangelio, oramos y tenemos comunión unos con otros.
Esa Iglesia no me preocupa. Aquí me refiero a la iglesia con “i” minúscula, es decir, a la expresión local del cuerpo de Cristo. Dependiendo del lugar del mundo donde estemos, la iglesia cambia de forma. El evangelio sigue siendo el mismo, pero la manera de expresarlo es distinta. No es lo mismo ser cristiano en Estados Unidos, con una cultura profundamente consumista y todavía algo pro cristiana, que serlo en China, donde reunirse a adorar no es legal y donde la iglesia subterránea sigue creciendo en medio de la persecución.
Nuestra lucha no pasa solamente por dar el mensaje, sino también por la manera en la que lo presentamos. Proverbios 27:14 dice: El mejor saludo se juzga una impertinencia cuando se da a gritos y de madrugada. Podemos tener la mejor teología y el mejor mensaje, pero expresados de la manera equivocada serán rechazados o malinterpretados.
El mundo avanza a pasos agigantados y esta generación llega con otro lenguaje, otras necesidades y otra estructura mental. Frente a esto tenemos dos opciones: aferrarnos a nuestra manera de hacer iglesia y convertirla en algo intocable, o aceptar el desafío de cambiar para seguir alcanzando personas sin alterar el mensaje de Jesús.
Y ahí aparece el verdadero desafío para quienes servimos en la iglesia: entender que cambiar la forma no significa traicionar el fondo. Jesús nunca cambió el mensaje, pero sí supo hablarle distinto a cada persona. A algunos les habló con parábolas, a otros con preguntas y a otros simplemente los abrazó. Mi deseo como pastor no es levantar una iglesia impresionante mientras mis hijas sienten que el evangelio no tiene nada que ver con su realidad. Mi mayor oración es que ellas puedan ver en casa una fe genuina, cercana, viva y coherente. Porque antes que líderes, seguimos siendo padres. ¡Todos los santos días!
Por: Edgar Lira. Pastor de la Iglesia Cristiana Central en Las Vegas. Es también voz líder de “La Banda de Edgar Lira”. Autor del libro Inconforme.

