El fin de las guerras de mamás

por Revista Hechos&Crónicas
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Durante los primeros meses del año, dos veces al mes, abrí mi hogar a un grupo de madres jóvenes para hablar sobre maternidad bíblica.

Cada una de ellas llegó con sus hijos, cargando cosas de bebés y con un miedo evidente pensando que estaban haciendo todo mal.

Hay un peligro inevitable al reunir madres en una misma habitación: inmediatamente comparamos información respecto a los logros de nuestros hijos, sus personalidades y sus hábitos para dormir.

Sin embargo, en realidad, estamos comparándonos a nosotras mismas, preguntándonos si somos buenas madres.

Desde el primer día con estas madres jóvenes les hablé sobre esta tendencia a compararnos. Les dije que si usábamos nuestro tiempo para eso o decirnos unas a otras que nuestra manera de ser mamás es mejor, íbamos a terminar sintiéndonos aisladas y condenadas. El evangelio de Cristo no da lugar a la comparación. Todas estamos en la misma necesidad de gracia, e igualmente todas la recibimos como un regalo de Dios. En lo que respecta a la maternidad, el evangelio es claramente aplicable:

  • Ninguna de nosotras somos lo suficientemente buenas como madres.
  • Por medio de Cristo, Dios nos ofrece gracia en nuestra maternidad. Él toma nuestros escasos esfuerzos y produce fruto espiritual en nosotras y en nuestros hijos. Él es suficiente.
  • Él nos ha dado principios en las Escrituras como un marco de referencia para la maternidad.
  • Él también nos ha dado el Espíritu Santo para dirigirnos y guiarnos en el cómo ser madres de nuestros hijos que son seres únicos.

¿Qué significa esto en el día a día de una madre? Que todas, nos dirigimos hacia la misma meta: que nuestros hijos conozcan y adoren a Dios. Para ello pueden variar los métodos de acuerdo a las características particulares de nuestras familias, circunstancias y la dirección del Espíritu Santo.

¿Dirigirá Él a cada creyente hacia la misma meta? Sí. ¿Dirigirá Él a cada creyente de la misma manera? No. Y esto es muy bueno. Nancy Wilson escribe: Debido a que cada familia es una unidad cultural distinta, Dios nunca pretendió que camináramos al mismo paso de los demás… Debemos regocijarnos en saber que tenemos un compromiso común hacia los principios bíblicos y en la variedad de métodos que los hijos de Dios pueden emplear para llevarlos a cabo.

Por causa del evangelio las guerras de mamás no tienen lugar entre los creyentes. Después de todo, el corazón de estas guerras son el orgullo (“yo soy más espiritual que aquella madre porque yo empleo este método y ella no”), la competencia (“mis hijos son mejores que los de ella porque yo utilizo este método”) y la auto condenación (“no soy suficientemente espiritual o no soy una madre lo suficientemente buena porque yo no empleo el mismo método que ella”).

Para acabar con estas guerras en la iglesia necesitamos aprender a aplicar el evangelio a nuestra propia maternidad, e incluso a los métodos de maternidad de otras. Cuando conocemos la gracia de Dios dejamos de buscar que nuestros métodos sean aprobados por otros y somos capaces de extender esa gracia a otras madres. A medida que caminamos hacia esa meta que tenemos en común, podemos celebrar y respetar los diferentes dones y estilos de maternidad.

Por favor apaguemos el coro de las (buenas) voces en internet y de los (buenos) libros en sus libreros, centrémonos en la única voz que importa, el suave susurro del Espíritu Santo a través de las páginas de las Escrituras.

Por: Christine Hoover. Autora de siete libros, maestra de la Biblia y productora ejecutiva del podcast ‘The Ministry Wives’.
Foto: Brooke Balentine (Unsplash)

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