Opinión – Un papá perdonador

por Revista Hechos&Crónicas
A+A-
Reset

Un rebelde juvenil (como hay muchos hoy en día) decide irse de la casa paterna, sin que existan razones valederas para tal decisión.

El padre, muy comprensivo, no lucha por convencer a ese hijo, no esgrime argumentos razonables para retenerlo, no suplica, no negocia, no transa. Se limita a entregar al rebelde la herencia que le corresponde. El joven se lanza a “la gran vida”: toma una suite en hotel cinco estrellas, contrata prostitutas a domicilio, vendedores de droga y alcohol, y cree haber hallado la felicidad hasta cuando las tarjetas de crédito son bloqueadas, los bienes embargados, etc.

La situación llega a ser tan difícil que aquel joven termina como cuidador de cerdos en una cochera. Una noche, a altas horas, en ese silencio insoportable que nos obliga a oírnos a nosotros mismos, él dice: -Qué tonto soy, en mi casa hasta los sirvientes viven mejor que yo. Decide, entonces hacer su metanoia (palabra griega para arrepentimiento, que significa cambio de dirección), se levanta y va hacia su padre para pedirle perdón y rogarle que lo reciba como un sirviente.

A medida que se acerca a la casa familiar, el panorama se le aclara: a la distancia puede ver a un hombre que, con las manos como quitasol, otea el horizonte desde una vuelta del camino. Aprehensivo, piensa: Es algún delator de mi padre que espera mi regreso para ir a informárselo a fin de que me cierre la puerta en las narices.

Cuando está cerca lo suficiente para identificar mejor las cosas, queda sumido en la más profunda perplejidad: No lo puede creer, el vigilante del camino es su propio padre quien, al reconocerlo, se lanza sobre él corriendo, lo abraza, le da un beso en la mejilla y le dice: -Hijo mío, desde que te fuiste, todos los días he salido a este camino esperando que volvieras a mí.

De inmediato se desencadena una secuencia formidable: el buen Padre viste a su hijo con un traje de gala, le entrega el anillo de oro, contrata la mejor orquesta del lugar y organiza un gran baile para celebrar el regreso del perdido al seno del hogar.

Mientras tanto, el hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercó a la casa, oyó que había música y danza. Entonces llamó a uno de los siervos y le preguntó qué pasaba. “Tu hermano ha llegado —le respondió—, y tu papá ha matado el ternero más gordo porque lo ha recobrado sano y salvo”. Indignado, el hermano mayor se negó a entrar. Así que su padre salió a suplicarle que lo hiciera. Pero él contestó: “¡Fíjate cuántos años te he servido sin desobedecer jamás tus órdenes y ni un cabrito me has dado para celebrar una fiesta con mis amigos!…”. »“Hijo mío —le dijo su padre—, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida…”» Lucas 15:25-32.

El gran tesoro perdido de Dios es el pecador. ¿A cuántos rechazamos cuando quisieron ir a la casa paterna con el corazón compungido? ¿Cuál fue nuestra reacción frente a hermanos descarriados que quisieron recuperar su posición como hijos del Padre común?

Reprendamos el orgullo espiritual que nos hace mirarnos al espejo narcisista de falsa virtud y perfección, y nos impide ver más allá de nuestro propio rostro las lágrimas del hermano que pide perdón y reclama una nueva oportunidad en la casa paterna.

Por: Rev. Darío Silva-Silva. Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.
Foto: Kelly Sikkema – Unsplash

Artículos relacionados

Dejar comentario