Hemos romantizado el matrimonio

Por María Isabel Jaramillo

Se casaron y vivieron felices por siempre. Este es el final de la mayoría de películas románticas o cuentos de princesas. Pareciera que el matrimonio es el fin último para conseguir la felicidad y que una vez nos casamos, todo se queda acomodado para siempre. Y aunque no es perfecto, la verdad es que el matrimonio sí es la segunda decisión más importante en la vida de un ser humano. La primera, por supuesto, es entregar su corazón a Jesús.

Sin embargo, hemos caído en el error de pensar que el matrimonio es perfecto solo por ser el estado ideal del ser humano y que casarse es para toda la vida porque así lo dice el contrato y no porque se trate de un trabajo diario.

Dicho esto, podemos comprender que casarse no es el final del cuento sino el principio de una vida feliz, si la sabemos llevar. Con el matrimonio comienza una historia real nada fácil, pues la convivencia es un reto diario en el que se cometen errores y se generan conflictos, la clave está en saberlos superar y ver la mano de Dios en todo lo que ocurre.

Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades sexuales. Hebreos 13:4.

El propósito de Dios en los conflictos matrimoniales

Sí, el matrimonio tiene conflictos y creer que una relación estable carece de problemas es romantizar el matrimonio de una forma poco sana. Los problemas ocurren y aunque no debemos buscarlos, sí debemos escudriñar para encontrar el propósito de Dios en cada uno de ellos.

Lo primero en este caso es no idealizar al otro, pero tampoco culparlo por los problemas matrimoniales. Muchas veces, cuando se presenta un conflicto o desacuerdo, dividimos el matrimonio en dos bandos: el bueno y el malo, el culpable y el inocente. Este es un grave error, porque, aunque el pecado del otro no se puede justificar en mis errores, tengo que ser humilde y consiente de que esas luchas que tengo, en las que no reflejo el carácter de Jesús, contribuyen precisamente a generar conflictos en mi matrimonio.

Por eso, ante el primer asomo de conflicto, cada uno debe acudir en oración a Dios con un listado de cosas que encuentra en sí mismo y que debe someter ante Él para ser un mejor cónyuge. Solo así se podrá encontrar una solución al conflicto generado sin herir ni maltratar al otro.

Si somos capaces de morir al yo por amor y ser humildes por nuestro cónyuge, nos estamos pareciendo a Jesús y este es uno de los grandes propósitos de Dios para nuestro matrimonio. Esos conflictos son una oportunidad para responder a la manera de Cristo.

Además, Dios hizo el matrimonio como una relación de profunda constancia. Cuando una pareja cae en el divorcio, es porque uno o ambos cónyuges dejaron de luchar. Este es el pan de cada día en nuestro país, donde, según cifras de Notariado y Registro, el año pasado por cada dos parejas que contrajeron matrimonio, una decidió divorciarse. Esto es escandaloso.

Hemos romantizado el matrimonio pensando que para funcionar debe estar alejado de los conflictos. ¡Qué gran error! Un matrimonio que perdura no lo hace por ausencia de problemas, sino por la constancia de los esposos para mantenerse unidos y superarlos. A veces parece más fácil renunciar, pero es más satisfactorio permanecer y superar los problemas de la mano de Dios, pues esta es la única forma de aprender lo que Él quiere enseñarnos.

El perdón y reconciliación diarios son otro factor fundamental que revela el propósito de Dios en los conflictos matrimoniales. Recordar que el amor cubre multitud de faltas no significa pasar por alto el maltrato o el abuso, sino saber perdonar al cónyuge imperfecto, que comete errores, que se equivoca, que peca, que tiene malos ratos, y aun así seguirlo amando con el amor de Cristo, levantarlo y apoyarlo, pues todos somos igualmente imperfectos y todos debemos cuidarnos de no caer.

El matrimonio es para tener hijos y multiplicarse

Es verdad que la Biblia, por todas partes nos habla de descendencia y de la bendición que son los hijos para un hogar. Los llama flechas en las manos del guerrero y recompensa del fruto del vientre, herencia del Señor… pero hemos romantizado tenerlos como un requisito del matrimonio, como un paso a seguir después de casarse y este es un tema que se vuelve terriblemente incómodo y doloroso para quienes no pueden o quieren seguirlo en este orden.

El pastor Jaime Gómez Velo y su esposa María Eugenia expresaron a Hechos& Crónicas su opinión frente a la cantidad de hijos que una pareja debe tener, basándose en la Palabra de Dios:

“Bíblicamente encontramos hijos por todas partes. Adán y Eva tuvieron hijos y fue el principio, ellos poblaron la tierra como pasó también después del diluvio con Noé, sus hijos y nueras. Eran el apoyo de sus padres. Los hijos son una bendición de Dios, un regalo espectacular para las parejas. Son el fruto del amor entre un hombre y una mujer que han contraído matrimonio y quieren formar familia. Son un bálsamo para las parejas. Entonces claro, como principio natural de la vida, Dios quiere que tengamos hijos, pero es absolutamente respetable si hay una pareja que no quiere tenerlos. Eso no tiene ninguna complicación. Si es una decisión mutua de la pareja con Dios, no es pecado. Dios no se va a molestar.

Ahora, si una pareja solo quiere tener un hijo, es decisión de la pareja con Dios y eso es permitido. No tiene ninguna complicación bíblica o espiritual. Es algo que hay que respetar. La gente dice “¿Cómo así?” Pero es una decisión de la pareja y nadie más tiene que opinar. Hoy en día no es como antes que las parejas tenían ocho, nueve o diez, porque hoy es muy difícil criar hijos y está bien si se quedan con uno, dos o tres”.

Es verdad que uno de los propósitos del matrimonio es la procreación, pero no es el único. La decisión de cuántos hijos quiere tener una pareja o si quiere tenerlos o no, debe tomarse, como lo dice el pastor Gómez, en unidad de la pareja con Dios, y nadie más.

Lo importante en este caso es evaluar cuál es la motivación de cada uno de los cónyuges para decidir si quieren tener hijos y cuántos. ¿Egoísmo? ¿Ambiciones personales? ¿Prioridades equivocadas? ¿Temor por el tiempo, el dinero o la imposibilidad de cumplir con las necesidades de los hijos? ¿O realmente se trata de una decisión tomada detenidamente en oración, escuchando la voz de Dios y respetando los planes que tiene para el matrimonio?

La motivación del corazón hace la diferencia, pues sin importar si llegan o no hijos al matrimonio, los esposos están para amarse y permanecer unidos. El matrimonio no es parte de una check list que está antes de tener hijos y después de graduarse, es la unión de dos personas que se funden en un solo ser. Honrar a Dios con la relación matrimonial es la forma más maravillosa de permanecer casados.

¿Amor romántico o matrimonio romantizado?

Por más que amemos los finales felices, el matrimonio está lejos de ser ese idilio casi ridículo que muestran las películas. Casarse es un tema consciente, una decisión y no un compromiso.

El matrimonio se trata de saber escoger con quién reír, de ser cómplices. De comprender con una mirada lo que le pasa al otro, de desarrollar un lenguaje que solo los dos pueden entender: una mirada, una sonrisa, un pequeño toque o una sola palabra bastan para comprender al otro. Nada puede igualar esa sensación que únicamente aparece cuando la solidaridad e intimidad se unen y crean un vínculo especial entre los dos, que precisamente  se conoce como complicidad.

Muchas parejas se quejan porque durante el tiempo de matrimonio, el romance disminuye y la rutina aumenta. Se lamentan porque eso parece ser lo que alimenta el amor y si no hay detalles, la relación parece enfriarse. Sin embargo, esta es la primera muestra de que la relación no está cimentada sobre la Roca que es Jesús.

Cuando Él es el centro de la relación, Dios se encarga de consentir a cada uno de los cónyuges con detalles. Cuando cada uno tiene una relación íntima y personal con Dios, pero, además, cuando ambos van juntos a buscar Su presencia cada día, Él responde a las necesidades individuales y da unidad a la pareja. De esta manera se derrama Su amor en el hogar.

Así que dejemos de buscar un matrimonio romántico como el de las películas, en el que recibimos flores y chocolates todos los días y dediquémonos a honrar a Dios, trabajando diariamente por el otro, ejercitando nuestra fe y creciendo en amor, comprensión, perdón, ternura y paciencia, y dejando también que Él haga su trabajo, pues no hay un matrimonio tan deteriorado que Dios no pueda restaurar ni un amor tan pequeño que Él no pueda exaltar.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com

Foto: Scott Broome – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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