Hace poco cumplió años mi hijo mayor y, como cada año, me puse nostálgica a recordar cada instante de su vida, desde que supe que venía en camino.
Vi sus fotos, su carita y poco a poco fui recordando los sueños y las ilusiones que tenía cuando él nació y contrasté con su proceso y con la persona que es hoy, a sus 14 años. Y entonces recordé una publicación de una conocida “influencer”, experta en temas de maternidad: Ana María Franco, más conocida como: “mamá con amor”, quien asegura que es necesario “matar al hijo de tus sueños, por más cruel que suene, porque hay un momento —duro, incómodo, profundamente humano— en el que ese hijo imaginado tiene que morir, porque la tarea no era hacerlo perfecto… sino hacer espacio para que fuera él. A veces, lo más amoroso que podemos hacer por un hijo es dejar de insistir en quién debería ser, para poder ver —por fin— quién ES”.
Y recordé también la historia de Abraham, cuando, después de mucho soñarlo, Dios le pide literalmente que mate a su hijo: Y Dios ordenó: —Toma a tu hijo Isaac, el único que tienes y al que tanto amas, y ve a la región de Moria. Una vez allí, ofrécelo como holocausto en el monte que yo te indicaré. Génesis 22:2.
Siempre hemos interpretado este pasaje como una prueba de la fe y fidelidad de Abraham con Dios, y claro, sabemos que es así. Sin embargo, este sacrificio es algo que Dios puede pedir a padres y madres de hoy, no solo para probar que nuestros hijos no ocupan el lugar de Dios o que confiamos en Él con total certeza, sino para dejar que esos pequeños seres tomen su propio camino.
El hijo de mis sueños
Cuando mi hijo tenía como dos años, le compré un pequeño set de fútbol que se incrustaba en el pasto y permitía que niños de su edad pudieran jugar a meter goles en las diminutas redes. También recibió como regalo un balón del Mundial de Fútbol, no tan fácil de conseguir, que era más un objeto coleccionable que un juguete para niños. Pensé que mi hijo jugaría feliz con ambas cosas, pero en cambio me pidió pintar el balón y hacer trampas para osos con las mallas. En vez del niño futbolista que pensé que sería, mi hijo resultó ser un artista que pinta, crea e inventa cosas maravillosas. Y aunque esto es algo que, en vez de frustrarme, me hace sentir orgullosa, es un claro ejemplo de que los hijos vienen configurados desde pequeños con algo particular, que en la mayoría de casos dista significativamente de lo que los padres queremos o esperamos para nuestros hijos.
Por eso, en muchos casos se ven niños asistiendo a escuelas deportivas o clases extracurriculares que no disfrutan, solo por cumplir el anhelo de sus padres. Hijos controlados por los sueños de los padres que terminan por no ser felices, pues su personalidad comienza a verse opacada por los deseos de los padres.
Por ejemplo, en el caso de las actividades extracurriculares, imponer la actividad según la preferencia de los padres “puede generar en los niños ansiedad, presentando comportamientos de resistencia, irascibilidad, llanto, temor, e incluso pérdida de la autonomía por querer darle gusto a los padres”, advierte Diana Carolina Poveda, psicóloga clínica del Instituto de Ortopedia Infantil Roosevelt. Adicionalmente, una sobrecarga excesiva puede incidir en una baja en el rendimiento académico de los niños al generarles fatiga, estrés e incluso, depresión.
Y esto, no solo ocurre con actividades, sino cuando los padres quieren forzar diferentes comportamientos que parecen más “adecuados”. “Una cosa es que como padres queramos educar en principios y valores, y otra cosa es querer manipular la conducta y personalidad de los hijos para que sean como queremos que sean. Este tipo de comportamientos de los padres produce una profunda infelicidad en los hijos que puede desencadenar temas de depresión, ansiedad o desapego por la vida”, asegura Diana Hernández, psicóloga clínica especialista en terapia familiar.
Y es que ¿quién puede ser feliz viviendo una vida que no es suya o los sueños de alguien más?
El propósito de Dios es diferente al tuyo
Aquí llega un punto fundamental que muchos padres no tienen en cuenta. Algunos creen que, si les inculcan la Palabra de Dios desde pequeños, los hijos cumplirán el propósito que ellos creen. Lo que ocurre es que no sabemos si lo que nosotros queremos para ellos, es lo mismo que Dios tiene preparado.
Queremos que sigan nuestros lineamientos, pues los educamos para ser personas de bien. Sin embargo, aunque los hijos nacen de nosotros, no son seres que creamos desde cero. ¡No somos sus creadores ni los formamos a nuestra imagen y semejanza!
Incluso Dios, quien sí es nuestro creador, no nos obliga a ser lo que Él quiere que seamos, sino que nos ha brindado la libertad de decidir: Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. Deuteronomio 30:19.
Así que es momento de dejar ir al hijo de tus sueños y de abrir paso al hijo que es. Deja de querer controlarlo y date la oportunidad de conocer al hijo real. Conoce sus gustos, sus sueños, sus anhelos. Acepta sus defectos y virtudes. Reconoce que está lejos de la perfección y, más bien, pídele a Dios que te permita ser un instrumento en la construcción del propósito que tiene para él. Dale la bienvenida a tu hijo, al hijo que tuviste, no al que quisiste tener… ¡Te sorprenderás!

