De periodista a paciente. Esto viví cuando hice parte de las 186 millones de personas en el mundo que no podían tener hijos.
Este año cumpliré 20 años de casada. Duré 15 años tomando pastillas anticonceptivas para regular mi periodo, y evitar desórdenes hormonales. Recuerdo que cuando celebramos con mi esposo el tercer aniversario de matrimonio consideramos que era tiempo de encargar hijos, así que dejé las pastillas y empezamos la tarea.
Pasó un año y nada de nada. Mi ginecólogo ordenó varios exámenes, entre ellos una ecografía y, ¡Oh, sorpresa!, me diagnosticaron Síndrome de Ovario Metabólico Poliendocrino (SOMP), anteriormente conocido como ovario poliquístico, que según la Organización Mundial de la Salud afecta a nivel mundial aproximadamente del 10 % al 13 % de las mujeres en edad reproductiva, donde el 70 % de ellas no están diagnosticadas. El tema me preocupó.
En esa época trabajaba en un canal de televisión muy reconocido donde era periodista y reportera de un noticiero. El estrés que manejaba a diario era increíble. Sabía a qué horas entraba y no a qué horas salía. El trabajo era demasiado. Toda esa angustia, temor y ansiedad empezaron a verse reflejados en mi salud y no podía quedar embarazada.
Gracias a Dios no hubo rechazo por parte de mi esposo cuando supo que iba a ser una hazaña concebir. Mi médico me envió con otros especialistas: visité otro ginecólogo, un endocrinólogo, exámenes por allí, exámenes por allá. Me di cuenta que estaba dentro del grupo de las infértiles.
En mi trabajo, mientras hacía una entrevista, conocí a un médico experto en fertilidad, le conté mi caso y me citó en su consultorio, durante un mes, todos los días, a las 7:00 a.m., para hacerme una ecografía, mientras tomaba unas pastillas que aumentan la producción de las hormonas que provocan la ovulación (citrato de clomifeno) y que mejora la capacidad de los ovarios para producir uno o más óvulos maduros. Recuerdo que esas pastillas eran tan fuertes que sentía como si estuviera en la menopausia. Las oleadas de calor eran tan desesperantes, que amanecía lavada en sudor.
El tratamiento no hizo efecto. Estaba desesperada, mi ansiedad y estrés desataron peleas con Hernán, mi esposo. Lo único que le preguntaba a Dios era: ¿Por qué me pasa eso si tú me prometiste hijos? Siempre proclamaba esta palabra que un día me regaló mi marido: En el seno de tu hogar, tu esposa será como vid llena de uvas; alrededor de tu mesa, tus hijos serán como vástagos de olivo. Salmos 128:3.
Una prueba de fe
Habían pasado casi tres años. Mi fe tambaleaba. Estaba tan desesperada con todo –hogar y trabajo- que una mañana subí donde la directora del noticiero y le conté mi situación. Ella solo me dijo: “No te preocupes, si no puedes tener hijos, has como yo, adopta un niño”. Quedé en silencio, esa noche hablé con mi esposo, le pregunté que si me seguía amando y me respondió: “No te dejaré de amar así no puedas tener hijos… vamos a seguir intentando, no te preocupes”. Él sí tenía fe, yo no quería nada.
En una de las ecografías de rutina, el radiólogo notó que mi vesícula estaba grande. Otros exámenes arrojaron que tenía gastritis crónica y que, además, sufría cefalea migrañosa. Corrí donde mi ginecólogo, le expresé mi desespero y los síntomas presentados, me recomendó visitar al cirujano.
“Debemos operar pronto, esa vesícula está muy inflamada al parecer por estrés y, además, tiene un pólipo. Lo mejor es extraerla, llevarla a patología y estar seguros que esa masa no es nada grave”, dijo el cirujano. Obviamente accedí.
Tan pronto le conté a mi ginecólogo sobre la cirugía se le ocurrió una idea: “Mira, como lo de tu vesícula va a ser un procedimiento por laparoscopia, quiero realizarte en esa misma intervención un drilling ovárico que consiste en crear múltiples perforaciones en la superficie de los ovarios (aproximadamente 10 en cada uno) empleando láser o el bisturí eléctrico”. Acepté.
La cirugía debía hacerse con urgencia, cuando ya tenía la cita, mi jefa pidió posponerla que porque había mucho trabajo. Me llené de rabia y tuve que esperar 20 eternos días.
Pasó el tiempo. Había llegado la hora. Todo estaba en las manos de Dios, decía mentalmente: “Señor, has tu voluntad, si esto no funciona, intentaré otro método o adoptaré”.
Las cirugías se realizaron con éxito (me extrajeron la vesícula y perforaron mis ovarios). A los 15 días volví a mi trabajo y a los dos meses recibí una carta del canal que me agradecía los cinco años que había trabajado con ellos. Aunque la noticia fue terrible para mí, después le di gracias a Dios porque tenía pesado renunciar. A los tres días de mi salida me confirmaron que tenía casi un mes de embarazo. Mi esposo no lo creyó sino hasta que presenció la primera ecografía y escuchó ese diminuto corazón latiendo.
Era septiembre de 2010, y con dos meses de embarazo me llamaron a trabajar con los medios de comunicación del Estado, pero con el “corre corre” diario tuve dos amenazas de aborto. Así que luego de tres meses, presenté la renuncia al director del medio y al presidente del Senado de ese momento, quienes me propusieron que me quedara. Mi renuncia fue irrevocable, estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mi hijo. Y así fue…
Me dediqué a estar tranquila en casa y a tener un embarazo feliz. El 24 de marzo de 2011, a las 37 semanas y media, nació Martín, quien hoy tiene 15 años y lo acompaña su hermana Juanita de 13. Me quedó claro que el Señor cumple lo que promete. Para Él no hay nada imposible. Dios es bueno.
Infertilidad, más común de lo que se cree
La Organización Mundial aseguraba en 2015 que 1 de cada 10 tenía problemas de fertilidad; hoy son 6 de cada 10. Es decir, que cerca de 186 millones de personas en el mundo sufren alguna dificultad para concebir.
La revista The Economist predijo en 2015, que, en esta década, la mitad de la humanidad tendría solamente los niños suficientes para reemplazar a sus padres, “la tasa de fertilidad o de fecundidad de la mitad de la humanidad será de dos, uno o menos”. Efectivamente así pasó, y hoy es uno de los cambios sociales más dramáticos de la historia.
En Colombia las cifras cambian, no son las mismas de años atrás: cerca del 11 % al 12 % de las mujeres en edad reproductiva enfrentan problemas de infertilidad. se calcula que más de 300.000 parejas en el país experimentan infertilidad, afirma un estudio de la Universidad de Antioquia.
Tenga en cuenta que alrededor del 50 % al 60 % de las parejas logran un embarazo tras iniciar un tratamiento de fertilidad.
¿Qué es infertilidad? ¿Cuáles son las causas?
La Fundación Colombiana de Parejas Infértiles, define la infertilidad como “ imposibilidad de lograr un embarazo luego de un año de relaciones sexuales regulares, 2 a 3 veces por semana, sin protección». Llama la atención que entre el 25 y el 50 % de las parejas estériles no consultan.
De acuerdo a las estadísticas disponibles, 40 % de casos de infertilidad son de origen femenino, otro 40 % es masculino, y existe además un 20 % donde se combinan causas con origen tanto en el hombre como en la mujer.
Infertilidad femenina
Puede ocurrir cuando:
- Un óvulo fecundado o el embrión no sobrevive una vez que se fija al revestimiento del útero (matriz).
- El óvulo fecundado no se fija al revestimiento del útero.
- Los óvulos no pueden movilizarse desde el ovario hasta el útero.
- Los ovarios tienen problemas para producir óvulos.
Infertilidad masculina
Puede deberse a:
- Una disminución de la cantidad de espermatozoides.
- Espermatozoides que resultan bloqueados y no pueden ser liberados.
- Defectos en los espermatozoides.
En ambos casos puede ser causada por
- Trastornos auto inmunitarios.
- Defectos congénitos que afectan el tracto reproductor.
- Cáncer o tumores.
- Diabetes
- Alcoholismo y cigarrillo.
- Obesidad
- Algunos medicamentos, entre otras.

