¿Quién es Jesús para Jesús?

Por Revista Hechos&Crónicas

Porque nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo; la soberanía reposará sobre sus hombros, y se le darán estos nombres: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Isaías 9:6.

Hay dos expresiones terminantes sobre el niño que nace (naturaleza humana) y el Hijo que es concedido (naturaleza divina y, por ende, preexistente).

La primera es ‘Dios fuerte’, que indica, sin sombra de dudas, que el Niño-Hijo prometido en la profecía es Dios mismo en una persona humana. La segunda es, precisamente, ‘Padre eterno’. Cabría preguntar, haciendo el papel de sofista abogado del diablo: ¿Cómo puede este Niño-Hijo, aún siendo el ‘Dios fuerte’, ser su propio ‘Padre eterno’?

La estupefacción aumenta cuando el apóstol San Pablo, quien ya ha dicho dogmáticamente que el Carpintero de Nazaret es Dios, al referirse al ministerio del Espíritu Santo, no vacila en afirmar, con su estilo tajante, que el Señor es el Espíritu mismo. En código paulino, Señor (kyrios) es Jesucristo.

Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. 2 Corintios 3:17.

Resulta muy perturbador el solo pensar que el Hijo pueda ser el Padre; pero es ya para enloquecerse el imaginar al Hijo como el Espíritu. Aquí viene en nuestro auxilio alguien poco ortodoxo, el pastor Guillermo Federico Hegel, de cuyo sistema dialéctico se han valido tantos para lo bueno y para lo malo.

Esta “perla en la ostra” del re-pensador alemán arroja un haz potente de luz sobre el misterio de la Trinidad: “El Padre es Dios en sí mismo, el Hijo es Dios objetivándose a sí  mismo, el Espíritu Santo es Dios volviendo a sí mismo”.

Ahora las cosas empiezan a aclararse: Dios es uno en esencia (el ser en sí), pero trino en subsistencia (el ser en actividad). De hecho, una observación más o menos minuciosa del universo, las criaturas y sus componentes, tiempos, espacios y estados, nos permite percibir atisbos y proyecciones de la Trinidad en la cual creo radicalmente.

En Jesucristo nadie ve a Dios COMO un hombre, sino EN un hombre,  porque ese Hombre, nacido de una mujer, exhibe un carácter moral, unos atributos y unas obras que solo pueden calificarse de divinos. Esa es la clave. Por eso, con toda autoridad, dialoga con los fariseos sobre temas ordinarios en forma extraordinaria:

Abraham, el padre de ustedes, se regocijó al pensar que vería mi día; y lo vio y se alegró. —Ni a los cincuenta años llegas —le dijeron los judíos—, ¿y has visto a Abraham?

—Ciertamente les aseguro que, antes que Abraham naciera, ¡yo soy! Juan 8:56-58.

Aquí la respuesta de Jesús es estremecedora:

—Bien, muchachos, ciertamente —esto es verdad— les aseguro —no les sugiero— que ANTES de que Abraham naciera, YO SOY. No dice: “Yo era”, en pretérito, para retrotraerse al tiempo de Abraham; sino “Yo Soy”, en un eterno presente.

La Biblia identifica el nombre de Dios con el llamado ‘tetragrámaton’, representado por las letras YHWH, que es impronunciable. Generalmente se lo nombra bajo dos aproximaciones fonéticas: la clásica Yavéh y la variante no muy ortodoxa y, más bien, acomodaticia, Jehová; pero que, en todo caso, significa “Yo Soy”.

¿Quién es Jesús para Jesús?

—Lo que Jesús es: simplemente Dios.

Por: Rev. Darío Silva–Silva. Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.

Foto: Mark Fletcher Brown – Unsplash (Foto usada bajo Licencia Creative Commons)

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