Maternidad: un encargo divino

por Revista Hechos&Crónicas

“Estado o cualidad de madre”, es el significado que da el diccionario sobre maternidad, una definición muy seca para mi gusto. Las mujeres que hemos asumido ese papel sabemos que representa mucho más.


Mi nombre es Marisol, tengo 58 años. A los 29, Dios me llamó a servir junto con mi esposo y los hijos biológicos que teníamos en ese momento. José Helmer y yo llevábamos nueve años de matrimonio. Luego de un tiempo como voluntarios en la Fundación MAS, la señora Esther Lucía de Silva, con la pasión que la caracteriza, nos motivó a abrir un espacio en nuestro corazón para vivir con las niñas que habían llegado al hogar de Casa Sobre la Roca, en Chía. Nos mudamos en 1994, y se nos encomendó aquel grupo de niñas para amarlas y formarlas a través de la Palabra de Dios. No se nos pedía que fuésemos meros tutores: seríamos sus padres y ellas, nuestras hijas.

El proceso no fue fácil. Pero Dios aparejó todo para que tanto de un lado como del otro creciéramos juntos. Con el paso de las décadas, se formó una familia, y año tras año llegaron nuevas integrantes. hemos trabajado hombro a hombro con mamá Esther Lucía y Glorita de Vega. En este viaje, varias han dejado marca: la profe Denisse Guevara, Ilse Valencia, Eleonora Einer y todo un equipo que por cuestión de espacio no alcanzo a nombrar, pero Dios sabe quiénes han sido y se los retribuirá.

Apenas tengo palabras para describir el regalo divino este hogar para mí: puedo decir que un día me desperté rodeada de muchas hijas de diferentes edades. Cada una de ellas era, como dice la Biblia, única. Rápidamente me di cuenta, que, para sobrellevar esta dulce carga, la dependencia de Dios era imprescindible, pues me brindaría la sabiduría para saber cómo llegar a cada niña y, de esa manera, mostrarles lo que Dios esperaba de cada una. ¿Y qué espera de cada una? Gran parte de la respuesta está en Tito 2:4, cuando dice: enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a amar a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos.

Digo que es una dulce carga porque, sin duda, hay momentos donde se puede experimentar incomprensión o rechazo. Sin embargo, ahí recordamos el mandamiento en Efesios 5: 1-2, donde ordena a andar en amor. Cuando andamos en amor, las heridas sanan. Mucho he tenido que aprender sobre la marcha… ¡y qué marcha! Pedir ayuda divina nos ayuda a mantener la perspectiva de Dios, nos recuerda que Él tiene un plan perfecto y va adelante, allanando las dificultades. A lo largo de estos años repetí muchas veces en mis oraciones: “Señor, cumple tu plan por encima de todo, incluso por encima de mí misma”. Mirando en retrospectiva, puedo comprobar que Dios lo ha hecho. Sabemos que mi esposo y yo optamos por la mejor decisión. A pesar de los obstáculos, Dios nos permitió ver cómo las niñas progresaban o, para decirlo en términos bíblicos, daban fruto. Ahora bien, en ciertas ocasiones ese fruto no se da con la prontitud que se quisiera, pero confiamos que germinará en su momento así las niñas continúen o no en el hogar.

Somos la familia que Dios formó y se consolidó. Me gusta pensar que nos ha dejado una preciosa herencia, como dice el Salmo 127:3. Seguimos impartiendo la Palabra del Señor “a tiempo y fuera de tiempo” a cada niña, sin cansarnos. Lo hacemos porque Dios es fiel y en algún momento esa semilla brotará. El Señor lo ha dicho y lo creo, y como lo creo, lo espero. La Palabra de Dios no vuelve vacía.

Por: Marisol Villabón.  Tutora, Hogar de niños Casa Sobre la Roca, Chía. 

Foto: James Wheeler – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons) 

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