¡Celebremos a nuestro Dios!

Por Revista Hechos&Crónicas

Como fervientes seguidores de Jesús, Dios Padre y el Espíritu Santo, celebramos la asombrosa obra del Señor. Y mientras lo hacemos, nuestras propias vidas se convierten en el fruto de la celebración, trayendo más y aún más celebración.

Dentro de la cultura latinoamericana, celebrar y conmemorar son sinónimos. Los llevamos a cabo con el mismo espíritu agradecido y colorido de un pueblo que, a pesar de la opresión, elige siempre centrarse en las alegrías de la vida.

Cuando los pueblos de América Latina se vuelven al Evangelio de Jesucristo, lo hacen admirablemente, tomando conciencia de lo que significa estar agradecido y feliz por las bendiciones de Dios. Nuestras celebraciones son una parte rutinaria de la vida y ocurren todos los días. Sin embargo, nunca dejan de ser especiales. Como hombres y mujeres cristianos, celebramos la Salvación que viene solo por la sangre preciosa de Jesús. Esta Salvación es algo que no merecemos, pero la acogemos como propia. Es un tesoro invaluable. Abrazamos la cruz donde el Hijo de Dios se sacrificó por la humanidad y todo pecado. ¿¡Cómo no celebrar a Jesús, si somos salvos por él para siempre!?

Hoy, dos mil años después la venida de Cristo, seguimos celebrando. ¡Su venida lo cambió todo! ¡Su muerte rasgó el velo en el templo! Hasta entonces, hombres y mujeres habían estado separados del Lugar Santísimo, donde moraba Dios. Solo el Sumo Sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo, y solo en ocasiones especiales. Que este velo se rasgara y partiera en dos significó que obtuvimos acceso a Dios; Jesús se convirtió en el puente entre Dios y los hombres. ¡Quiero pasar toda mi vida celebrando un hecho tan grande! Celebro y agradezco infinitamente a Dios por el sacrificio hecho por Su Hijo.

Gracias a Jesús, nosotros también dejamos de ser extraños para Dios. Fuimos adoptados como sus hijos. Dios es nuestro Padre, y Jesús nuestro hermano. Entramos en otra dimensión, que es la dimensión de ser familia de Dios.

En nuestras celebraciones latinas, la familia nunca falta, nos da un refugio especial donde sabemos que hay amor incondicional. Aunque el enemigo quiera quitarnos esta felicidad, Dios nos ayuda a mantener a nuestra familia unida en el vínculo del amor y la paz. Esto es, a menudo, una tarea difícil, pero esta virtud es la razón por la que nos gusta tener a todos los miembros de nuestra familia sentados juntos alrededor de una mesa.

No es casualidad que, antes de su muerte, Jesús reuniera a su familia (sus discípulos y seguidores) para contarles lo que se avecinaba y celebrar con ellos una gran fiesta judía. La celebración que nos rodea también los rodeó a ellos.

Celebrar para nosotros significa poder recordar las bendiciones en nuestras vidas. Celebramos las victorias después de difíciles pruebas espirituales. Celebramos con un apretón de manos, un asado compartido, un encuentro de personas que conocen a Jesús. Conmemoramos momentos históricos en nuestras comunidades de fe.

Me gusta pensar en Jesús reuniendo a su familia de discípulos para celebrar la Última Cena. Muchos años después, seguimos reuniéndonos para celebrar Su cumplimiento de la tarea que Dios le encomendó: Su muerte, resurrección y ascensión.

Como fervientes seguidores de Jesús, Dios Padre y Espíritu Santo, celebramos la asombrosa obra del Señor. Y mientras lo hacemos, nuestras propias vidas se convierten en el fruto de la celebración, trayendo más y aún más celebración.

Por: Esteban Fernández. Director del Ministerio Latino de Bíblica, y presidente del ministerio de capacitación a líderes “Nuestra Fortaleza.

Foto: Edward Cisneros – Unsplash (Foto usada bajo Licencia Creative Commons)

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