Nos adentramos en los zapatos de las voluntarias del Fundación Misericordia, Amor y Servicio (M.A.S).
La primera vez que la vi, estaba parada esperándome frente a la puerta del hospital con el celular en la mano, esperando mi llamada. Mientras me acercaba, tuve un segundo para observarla sin que me viera. Vestía de uniforme, un buzo azul claro grisáceo que, según me contó más adelante, representaba la nube que traía la lluvia de bendición en la historia de Elías, justamente lo que ella quería ser para los necesitados. Usaba un delantal como parte de su uniforme y un carné que la acreditaba como “voluntaria hospitalaria”. Antes de saludarla me pregunté, ¿cómo es que una mujer como ella, tan delgadita y aparentemente frágil, puede tener un corazón tan grande?
“María Elena, aquí estoy, mucho gusto”, me presenté. Su rostro dibujó inmediatamente una sonrisa. Se apuró para hacerme seguir y presentarme como una voluntaria más del hospital. Me mostró brevemente las instalaciones donde trabajaríamos y me instó a elevar una oración para pedir la guía de Dios en lo que estábamos por comenzar. Su fe me impactó, pero ¿cómo podría no ser una mujer de fe después de todo lo que ha experimentado?
María Elena Castro González ha comprendido en carne propia lo que significa la dependencia de Dios. Ha entregado su vida a servirle, cuando, después de una Navidad en 1988 lo recibió como Señor y Salvador. Fue así como comenzó a trabajar por un tiempo en la iglesia y se convirtió en voluntaria hospitalaria una vez por semana. “Yo iba en mi día libre, que era el más feliz para mí, por eso pasé dos años orando para poder visitar a los enfermos de tiempo completo, pero no contaba con los recursos, porque hacer esto significaría dejar de recibir un salario”, cuenta.
Una noche, al terminar un ayuno en la iglesia, se dirigió a Dios y le dijo: “Señor, tu Palabra dice que si buscamos tu reino y tu justicia, tú nos darás todo por añadidura; así que yo decido creerte; me voy a buscar tu reino en los hospitales visitando a los enfermos y tú te encargarás de suplir todas mis necesidades”. Al día siguiente, a las seis de la mañana, la llamó el pastor con quien trabajaba y le dijo: “María Elena, sé que has estado orando por esto y Dios te ha escuchado; hay un hermano en la iglesia que quiere ayudarte con una ofrenda para que puedas estar de tiempo completo en los hospitales”. Desde 1993 no ha dejado de ofrendarle mensualmente una suma de dinero para que ella no tenga que preocuparse por nada y pueda servir de domingo a domingo en los hospitales de Bogotá. Si algo falta, Dios lo suple en el camino.
Hoy el voluntariado del que María Elena hace parte, cuenta con 32 personas que rotan en cinco hospitales de Bogotá, todos debidamente autorizados, orando por los enfermos, necesitados de una palabra de aliento, pero además, evangelizando a través del programa “Madres lactantes y gestantes”, que brinda alimento físico y espiritual a las mamás acompañantes de bebés hospitalizados.
La labor del día comenzó sirviendo el chocolate. Había que repartir más de 20 vasos por las habitaciones y otro tanto en urgencias. La labor parecía sencilla. Entregar chocolate y pan a todas las madres gestantes o lactantes que quisieran y pudieran recibir el refrigerio y orar con las dispuestas a recibir a Cristo. Además, se repartía un volante con un texto que invitaba a las mamás a entregar sus vidas y las de sus hijos al Dios eterno. Así que yo creí que sería bastante sencillo, y en parte lo fue, pero nada me había preparado para lo que vería más adelante.
Al iniciar el recorrido por las habitaciones, tuve que detenerme a observar tantos bebés enfermos. El refrigerio era para sus mamitas, mujeres que debían permanecer 24 horas junto a sus pequeñitos porque no podían estar solos, pero al no ser ellas las pacientes, el hospital no podía darles alimento. Muchas de ellas no cuentan con un desayuno, tienen que pasar hambre en el hospital durante días mientras sus bebés mejoran, pero, además, muchos de ellos dependen de la leche materna. Una madre lactante debe alimentarse bien para que su leche produzca los nutrientes necesarios para que su hijo esté sano. Para que el niño mejore, hay que alimentar a la madre.

Me impactó ver tantos niños hospitalizados. Al acercarme a ellos, al preguntar por su cuadro clínico y conversar con las madres, solo podía pensar en mi hijo y en lo sano que Dios me lo había entregado. Es difícil recorrer las habitaciones y encontrar a estos chiquitos delicados, débiles y decaídos, cuando deberían estar jugando y riendo en casa.
Sin embargo, esto no fue lo que más me conmovió, al fin y al cabo, estaba en el área pediátrica de un hospital, así que no podría encontrar nada distinto. Lo que más llamó mi atención fue la edad de las mamitas. Gran parte de ellas no superaba los 18 años, y ya tenía uno o varios pequeños.
Y es que el panorama que María Elena y las demás voluntarias encuentran todos los días es alarmante. Colombia cuenta con uno de los índices más altos en embarazo adolescente del mundo, ya que cerca del 20% de las madres gestantes son menores de 19 años, según la ONU y cada año nacen siete mil bebés de madres con edades que oscilan entre 10 y 14 años.
Estas niñas generalmente no cuentan con gran educación, sus parejas las han abandonado y son en su mayoría muy pobres. Es una imagen que me conmueve hasta lo más profundo, porque sé cuánto apoyo se necesita cuando se tiene un bebé.
Al salir de una de las habitaciones, María Elena me miró fijamente y me dijo: “Me encanta que te sientas así, eso quiere decir que te conmueves ante la necesidad y eso es lo que hace falta para este ministerio”. Luego, me contó una historia que impactó aún más mi corazón. “Un día encontré a una mamita de 17 años llorando desconsoladamente y colocando una de sus manos en la colita de su bebé a manera de pañal, pues no tenía con qué comprarle uno. Llevaba mucho tiempo sin comer, su familia la había rechazado por su embarazo y el padre del bebé se lo había negado. El cuadro no podía ser más dramático. Al ofrecerle el refrigerio, esta mamita me cuestionó: «¿Por qué no estaba usted la semana pasada cuando tuve que pedir la salida de mi niño porque yo llevaba varios días sin comer y ya sentía que me estaba muriendo de hambre? Por eso es que mi bebé se agravó y tuve que volver con él». Esta escena me marcó y fue cuando empecé a preguntarme: ¿Dónde estamos los cristianos y qué clase de cristianismo es, si no hacemos nada ante tanta necesidad?”.
La frase «Dios permite que ocurran ciertas cosas para glorificarse en su milagro» daba vueltas en mi cabeza. El suceso con esta mamita logró que se diera un nuevo impulso al voluntariado, que pertenece y es financiado por la Fundación Misericordia Amor y Servicio (M. A. S.) de Casa Sobre la Roca. De allí recibe el chocolate, la leche y el pan para ofrecer a las madres, además, reúne a las voluntarias, las capacita, las guía y les brinda el apoyo necesario para continuar con su labor. Esta fundación se financia con el 15 % de los diezmos de la iglesia y con las donaciones de los corazones generosos. Es por esto que Glorita de Vega, directora del M.A.S. les recalca continuamente a las voluntarias: “El objetivo principal es para la eternidad. El chocolate dura muy poco, pero el mensaje es eterno. Recuerden siempre que ustedes no son proveedoras de chocolate sino evangelistas para el Reino de Dios”.
Después de ofrecer el refrigerio, orar con algunas mamás y entregar las Biblias que usualmente donan los Gedeones, salimos con la satisfacción de haber aportado algo a sus estómagos y a sus corazones. Pasamos a una improvisada salita en las que las directivas del hospital, siempre muy dispuestas a colaborar, citan a las madres que tienen a sus hijos en cuidados intensivos, muchos de ellos de extrema gravedad.
Fue en este momento cuando realmente sentí la presencia de Dios. Todas las mamitas recibieron un refrigerio y fueron invitadas a entregar sus vidas a Cristo, a orar por sanidad para sus hijos, a perdonar y a perdonarse. Todas, muy receptivas, compartieron este espacio con nosotras. Sin embargo, una de ellas, en medio de la oración, comenzó a llorar de manera desconsolada. María Elena hizo un ademán para que me acercara mientras ella continuaba guiando la oración para las demás. Sin saber qué decir, me acerqué y le pregunté la razón de su llanto. Tuve que pedirle a Dios que iluminara mis palabras, para que esta mujer recibiera Su respuesta al escuchar lo que le ocurría. Su hijita de solo un mes de nacida había comenzado a perder tanto peso, que ahora tenía el tamaño de un bebé en gestación. La madre estaba desesperada. Comencé a orar con la mujer y poco a poco se fue tranquilizando. Durante este tiempo, María Elena se unió a nosotras y le preguntó directamente qué tenía que perdonar. La mamita comenzó a llorar nuevamente y le confesó que esta era su cuarta hija y que cuando se enteró del embarazo sintió odio por sí misma y por su esposo por no haberse cuidado, ya que su situación era muy difícil y no podían mantener otro hijo. Sin embargo, y según me enteré más adelante, el perdón de esta mamita hacia su esposo y hacia ella misma, trajo la sanidad de su bebita, que comenzó a crecer saludablemente.
Muchas de las enfermedades que padecen estos niños, son el resultado de la falta de perdón de sus padres, de consagraciones a ídolos o a imágenes, o del rechazo que sienten en un primer momento cuando se enteran de un embarazo no deseado. Todo esto, es lo que María Elena y las demás voluntarias se esfuerzan por romper cada día en los hospitales, buscando sanidad para los niños, pero, sobre todo, almas para Cristo. No es una tarea fácil, pero es algo que realizan con el corazón, seguras de que su labor llegará a la eternidad.
Continuamos la jornada visitando enfermos. Pero en la tarde, al salir de este hospital tuve el deseo de continuar acompañando esta labor. El programa de “Madres lactantes y gestantes” y aún la Fundación M.A.S. necesitan voluntarios y corazones dispuestos a brindar amor más allá de las fronteras.
Si usted está interesado en apoyar lo que hace la Fundación M.A.S., por favor comuníquese al teléfono 601 6346100 ext. 1050 o en cualquier sede de Casa Sobre la Roca a nivel nacional.

Nota: Este artículo, publicado originalmente en nuestra edición 43, busca honrar a María Elena Castro, voluntaria de la fundación Misericordia, Amor y Servicio quien partió a la presencia del Señor este lunes 1 de junio de 2026. Casa Sobre la Roca honró la vida de esta sierva de Dios, que se congregaba en esta iglesia, y quien sirvió durante muchos años con fe, amor y una completa dedicación de servicio.

