La fe de Van Gogh

por María Isabel Jaramillo
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¿Alguna vez escuchaste hablar de la fe silenciosa del famoso pintor?

H&C desempolvó su historia para comprender la influencia en sus obras y si realmente se apartó al final de su vida.

La obra del pintor neerlandés marcó un punto de inflexión en la historia del arte moderno. A pesar de morir a sus escasos 37 años, alcanzó a pintar unos 900 cuadros y más de 1.600 dibujos en escasos 10 años, pues solo comenzó a dedicarse al arte luego de cumplir 27.

Su vida estuvo cargada de vibrantes emociones, que fueron destacadas alrededor de sus obras, siendo reconocido por sus girasoles y cielos turbulentos. Sin embargo, poco se habla de su relación con la fe cristiana y la época en la que tuvo un profundo deseo de dedicarse a servir a Dios. Su historia espiritual, así como su vida, estuvo llena de luchas personales y emocionales.

El joven Van Gogh

Vincent Willem Van Gogh nació en 1853 en una familia protestante neerlandesa. Su padre, Theodorus Van Gogh, era pastor de la Iglesia Reformada Holandesa, lo que hizo que el artista estuviera rodeado de la Biblia y la fe cristiana desde muy pequeño. Es algo que se puede evidenciar en sus cartas, especialmente en las dirigidas a su hermano Theo, en las que se nota su conocimiento de las Sagradas Escrituras, pues las citaba constantemente y hasta pareciera que sabía los versículos bíblicos de memoria.

Durante un tiempo, mucho antes de convertirse en pintor, sintió un llamado de Dios al ministerio. Intentó estudiar teología, pero no pasó los exámenes de ingreso. Sin embargo, más adelante inició sus estudios como evangelista laico y fue enviado a la región minera de Borinage, una de las zonas más pobres de Bélgica, donde dejó de lado los lujos para acomodarse con los mineros en una choza, compartir con ellos su comida, su ropa, cuidar a los enfermos y necesitados y predicarles el Evangelio.

Irónicamente, fue su radical estilo de vida, con el que buscaba parecerse a Jesús siguiendo su ejemplo de despojo y servicio, lo que lo llevó a la expulsión de su cargo por parte de las autoridades eclesiales, que consideraban exagerado su modo de vivir ya que un ministro del evangelio debía tener buenas apariencias y dignidad.

La expulsión trajo una profunda crisis para Vincent de la que le costó recuperarse. Sin embargo, gracias a esto comenzó a preguntarse si su llamado no era predicar la Palabra de Dios de otra manera, quizás mediante el arte.

En varias de sus cartas deja clara esta intención. Por ejemplo, en la carta 673 (A Theo, agosto de 1888), describe directamente su deseo de pintar la espiritualidad eterna. Explica que quiere «pintar hombres o mujeres con ese no sé qué de lo eterno, del cual el halo solía ser el símbolo». En lugar de predicar de forma teológica, busca usar el resplandor y la vitalidad del color para conmover y elevar las almas, asegura el historiador de arte francés, Pascal Bonafoux.

En la carta a Émile Bernard (junio de 1888), define a Jesucristo como el más grande de los artistas, argumentando que su obra de arte no eran pinturas ni esculturas, sino hacer a las personas vivas e inmortales.

Vincent adoptó este enfoque para su propia pintura y dejó de pensar que a través de ella podía comunicar esperanza, compasión y dignidad.

La evidencia de fe en sus obras

A diferencia de muchos artistas, Van Gohg no pintó escenas bíblicas tradicionales. Sin embargo, expertos como Pascal Bonafoux (Historiador del arte francés), Kathleen Powers Erickson (autora del libro At Eternity’s Gate: The Spiritual Vision of Vincent van Gogh), Judy Sund (Historiadora de arte que ha explorado la simbología bíblica en el autor), Jared Baxter (Investigador independiente) y Bruce Lockerbie (Teólogo y erudito en arte), han encontrado que su fe está presente en sus obras de manera constante. Estos son algunos ejemplos:

Los comedores de patatas

En esta pintura, los campesinos aparecen con manos ásperas y rostros cansados. Van Gogh dijo que quería mostrar que esas personas habían ganado honestamente el pan “con las mismas manos que metían en el plato”. Según los analistas y expertos, la obra transmite una dignidad profundamente cristiana hacia los humildes y que el obrero es digno de su salario.

En la puerta de la eternidad

En esta pintura aparece un anciano con la cabeza entre las manos, que, según los expertos, simboliza el consuelo. Van Gogh la concebía como una imagen del sufrimiento humano frente a la esperanza eterna.

El sembrador

Pintó varias versiones inspiradas en Jean-François Millet del sembrador. Aunque parecen escenas agrícolas, muchos historiadores del arte consideran que remiten a la parábola del sembrador de Jesús: la semilla que representa la Palabra de Dios.

Naturaleza muerta con Biblia

Esta es una de sus obras más explícitas, pues pintó sobre una mesa la gran Biblia de su padre, abierta en Isaías y una pequeña novela de Émile Zola. Muchos interpretan esta pintura como una reflexión sobre la tensión entre la fe heredada y el pensamiento moderno que él estaba explorando.

¿Perdió la fe?

Aunque sin duda Van Gogh perdió su confianza en la iglesia como institución luego de su expulsión como misionero, sus cartas posteriores siguen incluyendo referencias a Jesús, la Biblia, el amor al prójimo y la evidencia espiritual de Dios en la naturaleza.

En una de sus cartas a su hermano Theo escribió: «Cuanto más envejezco, más siento la necesidad de la religión; entonces salgo por la noche a pintar las estrellas». Según Lockerbie, “no quería decir que sustituyera a Dios por la naturaleza, sino que encontraba en la creación un camino para encontrarlo y experimentar lo trascendente”. Probablemente, su fe se transformó, pero nunca se apagó.

¿Qué pasó antes de morir?

Los historiadores del Museo Van Gogh aseguran que sus crisis mentales comenzaron a ser cada vez más frecuentes, e incluso se pueden evidenciar en sus obras.

El 23 de diciembre de 1888, en la ciudad de Arles, en el sur de Francia, y luego de una fuerte pelea con el pintor Paul Gauguin, (quien amenazó con abandonarlo), Vincent Van Gogh se cortó la oreja izquierda. Este hecho, presumen los historiadores, se debió al temor al abandono de Gauguin y a enterarse que su hermano Theo se iba a casar. Un año y medio más tarde, en julio de 1890 recibió un disparo. Murió dos días después acompañado por Theo.

La primera hipótesis sobre su muerte (y la más aceptada), aseguraba que, debido a sus crisis emocionales, se había suicidado de un disparo. Sin embargo, investigaciones recientes (2011) planteadas por los biógrafos Steven Naifeh y Gregory White Smith, tras una extensa investigación, aseguran que el disparo pudo ser causado accidentalmente por un tercero, debido a que la bala entró en un ángulo oblicuo muy inusual para un intento de suicidio. Además, no se encontraron rastros de pólvora en las manos de Van Gogh, lo que indica que el arma no se disparó a corta distancia y tampoco se encontraron sus utensilios de pintura del día del incidente, el arma utilizada, ni la supuesta carta de despedida.

No hay evidencia histórica confiable de que Van Gogh renegara de Dios o hubiera abandonado su fe, a pesar de su profunda angustia. Según Theo, sus últimas palabras registradas fueron: «La tristeza durará para siempre».

Tampoco hay certeza de que continuara siendo creyente al momento de morir. Sin embargo, sus cartas, aun las más cercanas a su muerte, muestran que nunca dejó de estar profundamente influido por el Evangelio, conservó una gran admiración por la figura de Jesucristo y mantuvo un lenguaje espiritual hasta el final de su vida. Su obra puede entenderse como un intento de expresar, con color y luz, aquello que antes había intentado comunicar desde el púlpito.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com
Fotos: Pinturas de Vincent Willem Van Gogh – National Gallery of Art.

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