Lloramos por dolores físicos, por dolencias del alma, por felicidad, por enojos y, lo más bello, lloramos en la presencia del Señor, ya sea por agradecimiento o porque nuestro corazón está desgarrado por situaciones difíciles.
Una lágrima es una gota segregada por la glándula lagrimal. Dicho líquido permite limpiar y lubricar el ojo, favoreciendo un funcionamiento saludable del globo ocular. La acción de llorar, por otra parte, supone derramar lágrimas como reacción a un estado emocional, sin que se provoque una irritación de las estructuras oculares.
Las glándulas lagrimales se hallan en la parte superior externa de la órbita del ojo, en un espacio conocido como fosa lagrimal.
Un nervio se encarga de estimular esta glándula para producir las lágrimas, compuestas por agua, cloruro de sodio, glucosa y proteínas. La lágrima cumple con funciones lubricantes para que la córnea no se seque; metabólicas, para distribuir oxígeno; y foto absorbentes, para cuidar al ojo de los rayos ultravioleta. También ayuda a combatir las bacterias por la presencia de gammaglobulina y libozima. Si te das cuenta, las lágrimas son una bendición para los ojos porque los protegen y liberan el alma. A nivel espiritual, nuestras lágrimas tocan el corazón de Dios.
El poder de las lágrimas
El reconocido predicador y escritor Charles Spurgeon dijo una vez mientras hacía una oración: “lo que las palabras no alcanzan a decir, las lágrimas lo completan”.
Las lágrimas tienen el poder de tocar el corazón de Dios; tenemos que ser tan sensibles y evitar que nos volvamos apáticos. El rey David después de haber pecado con Betsabé en oración le decía a Dios: El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido. Salmo 51:17.
Nuestras lágrimas pueden mover el cielo. Jesús en su humanidad lloró, como lo menciona Juan 11:35. Las lágrimas también tienen el poder de alcanzar. Llorar es de valientes, no hay un hombre en Dios que no aprenda a utilizar sus lágrimas como un arma de guerra. El infierno las respeta porque hay promesas para esas lágrimas, están en un cáliz. El Salmo 56 es una oración de confianza.
En el versículo 8 leemos: Toma en cuenta mis lamentos; registra mi llanto en tu libro. ¿Acaso no lo tienes anotado? Lo que le da dignidad a una persona que ora son sus mejillas llenas de lágrimas frente a nuestro gran Dios.
En el Sermón del Monte, en las bienaventuranzas, también encontramos una recompensa a nuestras lagrimas: Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Mateo 5:4 (RVR). ¿Has intentado compartir de Dios, y nada que lo consigues? Continúa intentándolo como lo dice Lamentaciones 2: 19a: Levántate y clama por las noches, cuando empiece la vigilancia nocturna. Sigue orando por tu familia, implora con lágrimas, asciende al cielo y derrama en la tierra el poder para dar vida; vas a obtener victoria. Derrama tu corazón hoy, cierra la puerta y ora como lo hizo Ana en 1ª de Samuel 1.
Ella estaba muy triste porque no había podido tener un hijo, me imagino que fue un tiempo desgarrador. Comenzó a orar al Señor con gran angustia y a llorar desconsoladamente. (V. 10). Dios contestó su oración y fue madre del profeta Samuel.

