Donde esté el tesoro de un hombre allí estará también su corazón.
El cantautor brasileño Roberto Carlos se declaró, en los comienzos de su carrera, un ferviente seguidor de Jesús de Nazaret; él compuso algunas canciones de orientación cristiana que tuvieron amplia repercusión entre militantes de la «nueva ola», nombre del movimiento juvenil más popular de los años sesenta. Fue él, precisamente, quien mejor definió lo que es un amigo, en una balada que todavía se oye por ahí, de vez en cuando: «Es tu corazón una casa de puertas abiertas».
Expresión que suena rara, anticuada, en un mundo postmoderno que ha devaluado la amistad como tantos otros valores. Es increíble que, hace unas décadas atrás, los poetas y músicos jóvenes, voceros de su generación, fueran románticos, algo idealistas, en medio de una sociedad que, poco a poco, erosionaba sus fundamentos éticos. Hoy no hay amigos, apenas socios; casi en todos los casos, solo cómplices.
El corazón es un enigma. La Biblia le dedica vibrantes conceptos: el diluvio sobrevino porque el corazón de los cainitas solo abrigaba designios malvados. Moisés encarece a los israelitas que busquen al Señor con todo su corazón. Samuel declara que David será coronado como rey por ser un hombre conforme al corazón de Dios. El salmista advierte que los necios niegan a Dios en su corazón.
Salomón aconseja a su hijo que guarde puro el corazón. El mismo autor advierte que el corazón alegre da salud al cuerpo y el corazón acongojado seca los huesos. ¿No es eso lo que llaman somatización? Ezequiel describe el transplante que el Espíritu Santo realiza en el hombre caído que se arrepiente, al cambiarle el corazón de piedra en un corazón de carne.
Jesucristo agota el tema en el curso de sus sermones: Él vino a sanar a los quebrantados de corazón. Nos invita a ser mansos y humildes de corazón, como él es. Solo los limpios de corazón verán a Dios, pues es él quien escudriña los pensamientos y las intenciones del corazón. El que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
Donde esté el tesoro de un hombre allí estará también su corazón. A Dios debemos amarlo con todo el corazón. De la abundancia del corazón habla la boca. Hay que perdonar de todo corazón las ofensas del prójimo.
Si nos atenemos al relato bíblico, los miembros de la iglesia primitiva, guiados por los apóstoles, eran de un solo corazón, comían juntos con alegría de corazón, mantenían la Palabra de Dios en su boca y en su corazón, el Espíritu Santo había sido derramado en sus corazones, de corazón hacían la voluntad de Dios, su amor fraternal nacía de un corazón limpio, y su corazón estaba afirmado por la gracia, pues habían entendido algo sencillo:
…aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. Queridos hermanos, si el corazón no nos condena, tenemos confianza delante de Dios, y recibimos todo lo que le pedimos porque obedecemos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. 1 Juan 3:20-22.
Los esfuerzos del materialismo y el racionalismo por desvirtuar el verdadero sentido de la palabra corazón en la Biblia fracasaron estrepitosamente. El meollo del ser humano, esa parte intrínseca de su identidad, que lo hace sentirse él mismo y no otro, sigue palpitando dentro del espacio interior no físico, en un diástole-sístole incesante.

