Una colombiana radicada en Canadá contó su testimonio de cómo Dios actuó en su vida para transformarla por completo.
Valeria Uribe Ramírez, una colombiana radicada en Canadá, habló con Hechos&Crónicas y contó su testimonio de cómo Dios acomodó todo en su vida para llegar a estar en el lugar al que realmente pertenece.
Desde que tengo memoria, siempre me había sentido excluida de la sociedad, y no me refiero a la soledad; más bien a no sentir la necesidad de hacer lo que todos los demás hacían, y esto siempre me llevaba a confrontaciones conmigo misma. Yo veía cómo los demás querían hacer cosas malas y, gracias a la educación y los valores que mis padres me inculcaron desde muy pequeña, podía tener un mínimo discernimiento de qué es correcto y qué no.
Esto me llevaba a negar ciertas cosas que mis amigos de ese entonces me proponían e incluso llegar a perderlos. Siempre sentía ese vacío de mi identidad; no tenía ni la más mínima idea de si ser todo lo contrario a lo que los demás eran era algo correcto o si, en realidad, tenía que ser como ellos, a pesar de que no me gustara y fuera en contra de mis valores.
Sin embargo, cuando Dios llegó a mi vida, descubrí que yo no era llamada a ser del mundo, sino de algo mucho más grande.
Un Dios presente, aunque lejano
Mi relación con Dios, desde muy pequeña, nunca fue algo muy cercano, puesto que por parte de papá no había ninguna religión promovida y, por parte de mamá estaba el catolicismo, pero no era algo que se viera que practicara muy a menudo, más allá de rezar a las vírgenes y poco más. Yo crecí en un ambiente libre en el ámbito religioso, puesto que ninguno de mis papás me impuso practicar estas religiones, más allá de mi mamá, que me pedía a mí y a mi hermano que siguiéramos los demás sacramentos del catolicismo nada más para podernos casar por la iglesia en un futuro.
Sin embargo, nunca me sentí realmente identificada con esta religión; más bien, creía en un Dios al que de vez en cuando acudía cuando me sentía atrapada o sola.
La pijamada que transformó mi fe
Años después, cuando tenía 14 años, mi prima se convirtió al cristianismo debido a que una de sus amigas en su colegio le empezó a hablar de Jesús, puesto que ella venía de una familia cristiana. Nosotras somos muy apegadas y, en una pijamada que hicimos, ella se tomó el tiempo de predicarme y responder todas las preguntas que tenía al respecto sobre Dios y sobre la religión. No fue de “primerazo” que decidiera convertirme, pero me quedó sonando en la cabeza por unas cuantas semanas, hasta que ella me recomendó leer la Biblia, y de ahí sentí tanto amor y tanta gracia que decidí, a la edad de 14 años, sin el conocimiento de mis papás, ser cristiana.
Por supuesto que fue difícil dar a conocer la noticia a mis papás; ellos no tenían la mejor visión de los cristianos y es algo que todavía me duele. Esto me llevó a pelearme fuertemente con ellos, pero con la fe y la certeza de que no iba a cambiar lo que creía y sentía nada más por una discusión con ellos. Dios es bueno y, al final, la marea se calmó, trayendo reconciliación y aceptación. Así fue como emprendí mi nueva vida como cristiana.
Al inicio fue muy difícil ver a mi alrededor cómo mis amigos o los niños de mi colegio hacían cosas que a Dios no le agradaban y, por supuesto, mantener tu fe en una generación donde, en un abrir y cerrar de ojos, te pueden dejar completamente solo o rechazar por hacer lo opuesto a lo que todos hacen es algo bastante complejo. No obstante, mi fe no tambaleó a pesar de todas las ideologías y movimientos que empezaron a surgir, que se llevaron a tantos jóvenes confundidos y que ni sabían lo que realmente estaban haciendo o defendiendo. Por supuesto que también perdí amigos que consideraba cercanos nada más por defender mis creencias o decirles la verdad cuando necesitaban escucharla, y a pesar de que me sentí confrontada al no querer quedarme “sola”, no me rendí y seguí adelante.
El anhelo de una comunidad
Oré insistentemente por una comunidad cristiana y amigos con quienes crecer en la fe. Sin embargo, al inicio fue un sueño complicado porque a mis papás no les agradaba aún mucho la idea de que yo fuera cristiana y que compartiera con ese “tipo de personas”, porque según ellos, los cristianos son personas malas que han hecho cosas terribles en su vida y que la única manera de “iniciar de nuevo” es regresar a Cristo y creer en Él.

Por supuesto que entendía a mis padres, porque pensar que dejarían a su hija ir a un sitio donde, según ellos, había asesinos y mafiosos sin remedio, pues tampoco diría que sí. Por tanto, lo más cercano que tuve a la iglesia fue congregarme virtualmente. Esta idea llegó a través de mi prima, que me dijo que había muchísimas iglesias que transmitían todo en vivo, y me puse manos a la obra.
Me tomé muchísimo tiempo en buscar iglesias; veía opciones y nada me llamaba la atención, hasta que me rendí y dejé esa idea apartada. Días después volví a entrar a YouTube y en primera plana salió una prédica del pastor Darío Silva, de la iglesia Casa Sobre la Roca, y desde el momento uno me enganché y la escuché toda. Esa prédica me llevó a amar a la iglesia y a romper tantos estigmas que traía en mente del cristianismo y de lo que podía ser una iglesia, con base en mi experiencia con la iglesia católica.
Lo único que pude encontrar en esa iglesia fue una comunidad y la certeza de que no estaba sola en esto que creía, sino que éramos muchos. Pasaron casi tres años orando constantemente por poder asistir a una iglesia, e incluso había empezado a congregarme virtualmente en Casa Sobre la Roca Sabana Norte, que era la más cercana a mi casa, para así convencer a mis papás de que, como era cerca, no habría tanto problema para ir. Sin embargo, no fue así. Después de esto llegó mi graduación y mi sueño de ir a estudiar en Canadá se aproximaba más y más, esta es otra promesa que con certeza puedo decir que Dios fue fiel.
Una promesa cumplida en otro país
Al inicio pensaba que, como iba a viajar sola, por fin podría ir a congregarme a una iglesia sin que mis papás me pusieran un pero, porque no tendrían cómo detenerme, pero a medida que la fecha llegó y yo ya estaba en Ottawa, Canadá, esta idea se fue desvaneciendo. No era correcto que escondiera de mis padres el ir a la iglesia, puesto que podrían pensar algo peor, por lo que continué congregándome virtualmente en Casa Sobre la Roca. En alguna de estas prédicas se mencionó el hecho de que había sedes de la iglesia aún fuera de Colombia, y esto me indujo a la tarea de investigar si por alguna razón encontraría una iglesia en Canadá.
Como Dios es fiel y tiene una manera tan increíble de obrar, resultó que en la única ciudad donde se me dio para ir a estudiar en Canadá fue en la única ciudad donde Casa Sobre la Roca había abierto una de sus sedes.
Inmediatamente me contacté con Casa Sobre la Roca Ottawa y ellos estuvieron muy felices de recibirme en su iglesia. Puedo decir con certeza que Dios cumplió todas sus promesas y fue fiel en cada paso de mi caminar desde mi llegada a Canadá hasta lograr congregarme en una iglesia finalmente.
En esta iglesia pude encontrar todo lo que a Dios le pedí en oración: amigos en Cristo, eventos con jóvenes cristianos, poder hacer los cursos de crecimiento en la iglesia, la asistencia de mis padres a la iglesia, una comunidad y mi bautizo. Todas y cada una de ellas valieron la pena la espera, y de verdad me siento como ese campesino que esperó meses para que la cosecha diera fruto y finalmente lo pudo ver. Cada oración, cada palabra y cada lágrima que salió de un corazón con esperanza de ver lo que más anhelaba es la que hoy en día se regocija al ver lo fiel que ha sido su Dios.

