De la oscuridad a la luz

por Revista Hechos&Crónicas
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Laura Chaparro nos cuenta su testimonio de cómo Dios transformó todo su dolor y la llevó a vivir en la luz de su gran amor.

Laura Chaparro es una joven alegre, con un corazón noble y hermoso y una sonrisa profunda. Sin embargo, no siempre fue así. Por mucho tiempo, su mente y su corazón estuvieron sumidos en la más profunda oscuridad.

Hoy nos cuenta su testimonio de cómo Dios transformó todo su dolor y la llevó a vivir en la luz de su gran amor.

Todo comenzó cuando tenía apenas cuatro años. Mis papás estaban pasando por una crisis matrimonial muy fuerte. Mi mamá tenía un trabajo estable y bien remunerado, mientras que mi papá trabajaba con un tío. Sus mundos eran tan distintos que casi no se veían. En medio de esa tensión, tomaron la decisión de irse a vivir a Estados Unidos, con la esperanza de comenzar de cero. Así empezó una vida completamente diferente para mí, en una cultura que no conocía, lejos de todo lo familiar.

En cuarto de primaria me metieron en clases avanzadas; a los 10 años ya veía materias de sexto. Me invitaron a un colegio para niños sobresalientes. Pero al llegar a sexto, comencé a enfrentarme con realidades que mi mente infantil no comprendía: compañeros envueltos en temas sexuales, sustancias, autolesiones… Yo tenía principios cristianos y me sentía diferente, pero también vulnerable.

Una amiga cercana comenzó a cortarse, a escribir en su cuerpo los nombres de quienes la habían herido. Eso me expuso a una oscuridad que comenzó a contaminarme emocionalmente. Empecé a consumir música oscura, rock pesado, metal, canciones que hablaban de suicidio y odio a la vida. También empecé a leer libros densos, negativos, sin darme cuenta de cómo eso afectaba mi mente y mi corazón.

Además, en la iglesia teníamos un grupo de familias muy unidas. Pero ahí también comencé a endurecerme. Me volví la líder del grupo de niñas, decidía quién entraba o no al círculo social, me acostumbré a ser la que mandaba. Y en medio de esa dinámica, una mujer de la iglesia que me regañaba constantemente me empezó a confrontar.

Nadie me hablaba así. Yo, que estaba acostumbrada a ser tratada con cariño, no entendía lo que pasaba. Eso me generó una raíz de rebeldía hacia la autoridad, que luego traería consecuencias profundas.

Camino hacia la oscuridad

A los 12 años, después de ocho años en EE. UU., llegó el día que cambiaría mi vida. El 26 de enero de 2009, agentes de inmigración llegaron a nuestra casa. Nos estábamos quedando sin opciones legales para permanecer en el país. Recuerdo que mi mamá tocó mi puerta diciendo: “Tranquila, tranquila”. En ese instante supe que había llegado el momento que tanto temíamos.

Esposaron a mi papá, aunque él no era ningún criminal. Antes de que se lo llevaran, pudimos orar juntos como familia, y yo sentí que debía actuar como adulta: cuidé a mi hermanita, llamé a familiares para que nos recogieran, traté de mantener la calma. Mis papás fueron detenidos. Mi papá estuvo 21 días preso. Recuerdo la visita que hicimos y cómo mi hermanita gritaba: “¡Mi papito!”. Verlo en traje naranja fue desgarrador. Alguien nos propuso irnos a Canadá, pero mis papás decidieron que debíamos permanecer juntos. Y así, regresamos a Colombia. Yo no quería porque pensaba que Colombia era solo selva y pobreza. No entendía por qué Dios permitía eso.

Llegamos el 21 de febrero de 2009 directamente a la casa de mi abuela, a un entorno que yo solo conocía por fotos. Allí me encerré tres semanas en mi cuarto, llena de rabia, de odio. Escuchaba música oscura todo el día. Ese fue el inicio de una intensa batalla espiritual. Empecé a tener pesadillas terribles, con demonios que me atormentaban. Me sentía ahogada, con miedo, pero mi orgullo era más grande que mi temor. Pensaba que merecía todo lo malo que me pasaba.

Entré al Nuevo Gimnasio Cristiano, pero fue otro golpe. Me bajaron dos grados por temas de calendario y pensum. Pasé de ser la mejor estudiante a sentirme la peor. Me hacían bullying por mi acento americano, me costaba entender algunas materias, sentía que había perdido todo lo que me hacía especial. Comenzó mi primer desorden alimenticio: empecé a comer sin control, a tener atracones. Llegué a estar más de 20 kilos por encima de mi peso. Me odiaba. Empecé a autolesionarme. Me tapaba todo el tiempo para ocultar mis heridas. Mi autoestima estaba destruida.

Después de haber sido la niña alegre y chistosa, me volví oscuridad pura. No me reía ni lloraba. Peleaba con todo el mundo. En medio de esa rabia, llegaron las redes sociales. Me metí en plataformas sin filtro, comencé a navegar la deep web, a ver basura espiritual. Aprendí a hackear para no ser rastreada. Ahí sentía que pertenecía, que era aceptada con mi dolor. Aunque seguía yendo a la iglesia, me escapaba, insultaba a quienes querían acercarse a mí. Y, sin embargo, el amor de Dios me perseguía.

Hubo una persona en el colegio con quien peleaba mucho. En un viaje misionero, ella me pidió perdón y me abrazó. Ese gesto rompió algo en mi corazón. Fue una grieta en ese muro de piedra. Sentí algo que no entendía, pero era el inicio de la sanidad.

Laura Chaparro en un viaje con toda su familia.

Mis papás comenzaron a darse cuenta de muchas cosas. Aunque no eran tan hábiles con la tecnología como yo, Dios les revelaba las conversaciones y cosas que yo hacía. ¡Era impresionante! Como dice la Palabra: Todo sale a la luz. (Lucas 8:17). Y no es para avergonzarnos, sino para traernos libertad. Aunque nunca forniqué ni usé sustancias, mi mente estaba llena de basura. Y desde allí, el enemigo tenía autoridad para destruirme.

Entré a la universidad a estudiar Negocios Internacionales, aunque en realidad quería estudiar gastronomía. Allí me sentí invisible. No tenía amigos. Lloraba mucho. Pero fue también el tiempo donde empecé a buscar más al Señor, poco a poco.

Me invitaron a servir en Rocakids, el ministerio de niños. Al principio me resistí. ¡Ni siquiera soportaba a mi hermanita, la persona más tierna del mundo! Pero acepté, solo para que me dejaran en paz. El primer día, los niños cantaban “Cristo es mi superhéroe”, una canción que yo había cantado de niña. Al verlos, comencé a llorar sin parar. Pensé: “No quiero que estos niños vivan lo que yo viví”. Y así comenzó un proceso profundo de sanidad interior.

Duré un año y medio en sanidad, reprendiendo, cortando con prácticas que yo no sabía que eran espiritualmente peligrosas. Limpié mi mente. Dejé la música secular, series, películas. Fui radical. La oscuridad me había dañado tanto que decidí no darle más lugar.

Un nuevo engaño

Sin embargo, luego de ese proceso, entregué mi corazón a una persona que me destruyó. Nunca fuimos novios oficialmente, pero durante seis años viví una relación tóxica que dañó profundamente mi autoestima. Sentía que no valía nada si él no me aprobaba. Me enfrentaba a mis papás, a mis amigos y a mis líderes por defenderlo.

Entonces, por lo profundamente dañada que estaba mi autoestima, caí nuevamente en un desorden alimenticio, pero esta vez, dejé de comer. Llegué a pesar 46 kilos, perdí vitaminas, se me caía el pelo, tenía frío y sueño todo el tiempo.

Una amiga me confrontó y me dijo: “Tienes que contarle todo a tu mamá”. ¡Y lo hice! Le dije: “Mami, el diablo se apoderó de mí”. Ella respondió: “¡No! acabas de cortar con todo, porque hablaste”. Fue como respirar después de años bajo el agua. Empecé otro proceso de sanidad y corté todo contacto con esa persona.

Y el Señor me restauró. Me devolvió la alegría. Me reconcilié con mis papás, con mi hermanita. Volví a sonreír, a servir con manos limpias. Comencé a hablar de Dios en todo lugar. No fue un proceso fácil o rápido, pero Él llenó mi corazón y mi mente de amor, identidad, gozo y sanidad.

Y fue en ese punto, cuando mi corazón ya estaba sano, que conocí a Juan Camilo Amado, hoy mi esposo. Nuestra relación comenzó con amistad, estudios bíblicos y conversaciones profundas. Dios nos unió en un momento de madurez espiritual. Después de un año y medio de noviazgo, me propuso matrimonio frente al mar, al atardecer —mi momento favorito del día—. Nos casamos el 6 de octubre de 2024, día de mi cumpleaños. Una boda hermosa, soñada… aun cuando dos semanas antes, Juan Camilo había perdido su trabajo. Pero Dios suplió y suple todo, no solo lo material.

Fue una señal de que Su favor estaba con nosotros. Como dice Filipenses 4:19, Mi Dios suplirá todo lo que les falte, conforme a sus gloriosas riquezas en Cristo Jesús.

Hoy le servimos con mi esposo en el ministerio de Casa2 (parejas) y también en tMt, donde coordinamos el grupo de eco (jóvenes de 9° a 11°). Sabemos que, si el Señor nos ha permitido llegar hasta aquí, es porque seguirá con nosotros, porque Él es fiel, no cambia, ni falla.

La luz que da vida

Ha sido un proceso duro mientras me desarraigaba de tanta oscuridad, pero estar en la luz lo cambia todo y estar en la luz es estar con Cristo. Hoy disfruto mucho mi vida, soy muy feliz porque tengo al Señor y entendiendo que, si lo tengo a Él, lo tengo todo.

Quiero terminar con un Salmo que para mí es demasiado importante y me acompañará durante toda mi vida, el Salmo 116:1-9: Yo amo al Señor porque él escucha mi voz de súplica. Por cuanto él inclina a mí su oído, lo invocaré toda mi vida. Los lazos de la muerte me enredaron; me sorprendió la angustia del sepulcro y caí en la ansiedad y la aflicción. Entonces clamé al Señor: «¡Te ruego, Señor, que me salves la vida!». El Señor es misericordioso y justo; nuestro Dios es compasivo. El Señor protege a la gente sencilla; estaba yo muy débil, y él me salvó. ¡Ya puedes, alma mía, estar tranquila, porque el Señor ha sido bueno contigo! Tú, Señor, me has librado de la muerte, has enjugado mis lágrimas, no me has dejado tropezar. Por eso andaré siempre delante del Señor en esta tierra de los vivientes.

Fotos: Archivo particular. 

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