Aborrecer y odiar, son sentimientos altamente dañinos y negativos, que se manifiestan en el alma y causan conflicto interno en el ser humano.
“Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro antes ha realizado, no serían culpables de pecado. Pero ahora las han visto, y sin embargo a mí y a mi Padre nos han aborrecido. Pero esto sucede para que se cumpla lo que está escrito en la ley de ellos: “Me odiaron sin motivo”. Juan 15:24-25.
Ustedes odian el bien y aman el mal; a mi pueblo le arrancan la piel del cuerpo y la carne de los huesos. Miqueas 3:2. Aborrecer y odiar, son sentimientos altamente dañinos y negativos, que se manifiestan en el alma y causan conflicto interno en el ser humano. Desde el punto de vista del Word Refrence Online Language Dictionaries: “Están estrechamente relacionados, ya que aborrecer, es una forma de sentir o expresar odio, sin llegar al nivel de odio profundo hacia una persona. Implica un fuerte sentimiento de aversión o disgusto, mientras que el odio es un sentimiento de antipatía más persistente y destructor, que puede llevar a desear el mal a otros”.
¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. Santiago 4:1-2.
“Las páginas de la historia están salpicadas de sangre. En lugares como Bosnia, Rusia Camboya e Irak, Gaza, Ucrania, han asesinado a millones de personas en campañas de limpieza étnica, de odio o venganza. ¿Cómo pueden las naciones cometer esta clase de abominaciones? Por haber vuelto la espalda a Dios y haber permitido que Satanás inflame viejas heridas de temor, odio, codicia, orgullo y amargura”. Biblia NVI de Estudio Misionera.
En el libro “El fruto Eterno”, el reverendo Darío Silva-Silva, fundador y presidente de Casa Sobre la Roca Iglesia Cristiana Integral, afirma que: “El odio es un resultado de la ignorancia espiritual, de no conocer a Dios, cuya esencia es amor. Odiar es amar a Satanás. El odio es pecado, y pecar es odiar a Dios”.
Odio sin motivo
El Señor Jesús, no fue la excepción de ser víctima de este sentimiento. En su último discurso a sus discípulos, asegura: y sin embargo a mí y a mi Padre nos han aborrecido. Pero esto sucede para que se cumpla lo que está escrito en la ley de ellos: “Me odiaron sin motivo”, de acuerdo con estas palabras del Señor, en el sermón: “Odio sin causa”, el escritor y pastor bautista inglés, Charles Spurgeon, explica:
“Generalmente se entiende que la cita a la que se refiere nuestro Salvador, se encuentra en el Salmo 35:19, donde David dice, hablando de sí mismo y del Salvador proféticamente: “Que no se alegren de mí mis enemigos, ni guiñen el ojo los que me aborrecen sin causa”.
Ningún ser fue jamás más hermoso que el Salvador; parecería casi imposible no sentir afecto por él. “Ciertamente, a primera vista, parecería mucho más difícil odiarlo que amarlo. Y, sin embargo, a pesar de lo adorable que era, sí, «completamente encantador», ningún ser fue tan pronto odiado, ni ninguna criatura sufrió jamás una persecución tan continua como la que él tuvo que sufrir. Desde su primer momento hasta la cruz, salvo la calma temporal de su infancia, parecía como si todo el mundo se hubiera aliado contra él y todos los hombres buscaran destruirlo”.
Divergencia
La discrepancia entre lo que aborrece Dios y el hombre es que, el ser humano tolera la perversidad y practica actos que van en contra de los principios divinos, tales como: el odio, orgullo, la mentira, violencia, maldad, asesinato, discordia, idolatría, sigue un camino diferente y una vida desligada de su dirección. Su Palabra, es muy clara cuando dice:
“Hay seis cosas que el SEÑOR aborrece y siete que le son detestables: los ojos que se enaltecen, la lengua que miente, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que trama planes perversos, los pies que corren a hacer lo malo, el testigo falso que propaga mentiras y el que siembra discordia entre hermanos”. Proverbios 6:16-19.
La película Los juegos del hambre (The Hunger Games, G. Ross, 2012) se sitúa en una sociedad futura. Siendo aparentemente un fi lm sin religión ni Dios, muestra adónde puede ir a parar una sociedad sin el Dios verdadero: a sacrificar vidas humanas para quitarse de encima las propias culpas o pecados, y así tranquilizar la conciencia. Sin embargo, también plantea la posibilidad de que haya quienes −casualmente una pareja, chico y chica− se rebelen contra esa situación asumiendo voluntariamente el lugar de las víctimas, como modo de terminar con ese terrible sistema.
Converger en un solo sentir
El compromiso, como hijos de Dios, es dirigirnos hacia un mismo punto con el Señor, juntos en amor y unidad. Teniendo en cuenta este coincidir y sentir, es necesario recordar lo que el reverendo Darío Silva-Silva, señala sobre la práctica del amor entre los creyentes:
– Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. 1 Juan 4:7.
“El amor viene de Dios y el que ama conoce a Dios porque ha nacido de nuevo. Sin amor no hay regeneración. El nuevo nacimiento es obra del amor, y por eso la nueva criatura ama”.
– El amor de Dios por nosotros debe inspirarnos, para amarnos los unos a los otros. Si todo hombre es imagen y semejanza de Dios, debe amar a todo hombre: Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. 1 Juan 4:11.
– No es posible amar a Dios y odiar al hermano. Si no amamos al hermano, que es visible y palpable para nosotros, ¿Cómo pretendemos amar al Dios invisible e implacable? Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto”. 1 Juan 4:19.
– El amor tiene carácter de mandamiento, no se trata de algo opcional. Dios ordena que amemos a nuestros hermanos, si es que verdaderamente pretendemos amarlo a Él”:
Y él nos ha dado este mandamiento: el que ama a Dios, ame también a su hermano. 1 Juan 4:20.

