Puedo aunque esté roto

por María Isabel Jaramillo
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Depresión de alto funcionamiento. A nadie se le ocurriría pensar que una persona deprimida puede organizar una fiesta infantil, bailar, cantar y reír con sus niños y pintarles la vida de colores, mientras la suya se siente completamente gris. A nadie se le ocurriría, pero pasa.


Recientemente, una amiga que me trajeron mis hijos, (es mamá de un compañerito), me contó que estuvo atravesando una dura situación. De un momento a otro, se le comenzó a desaparecer la alegría y se sentía desconectada de su vida en general. Sin embargo, por tener tres hijos pequeños, nada parecía cambiar. Sus rutinas siguieron iguales, inventando miles de formas para consentir y divertir a sus niños. Seguía liderando con aparente entusiasmo los proyectos de su trabajo, seguía sirviendo en la iglesia… su vida no se detuvo, pero algo en ella era diferente.

Como es una persona madura en su fe, identificó que algo no estaba bien y buscó ayuda. Primero en consejería y de allí fue remitida a un profesional experto en salud mental. Lo que le diagnosticaron podría entrar en lo que se conoce como Depresión de Alto Funcionamiento, una condición tan silenciosa que parece no existir, pero que cada vez afecta a más personas, especialmente papás y mamás.

¿Qué es la Depresión de Alto Funcionamiento?

De acuerdo con el CHOC (Children´s Hospital of Orange County), la Depresión de Alto Funcionamiento (HFD, por sus siglas en inglés: Highly Functioning Depression) no es un diagnóstico clínico reconocido en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, pero es un término utilizado para describir a personas que, a pesar de experimentar síntomas depresivos, mantienen una apariencia de normalidad en su vida diaria.

Este cuadro se asemeja al Trastorno Depresivo Persistente (TDP), también conocido como distimia, caracterizado por un estado de ánimo depresivo crónico que dura al menos dos años.

Las personas con HFD suelen cumplir con sus responsabilidades laborales y sociales, pero internamente luchan con sentimientos persistentes de tristeza, vacío y desesperanza. Esta discordancia entre el exterior y el interior puede dificultar la identificación y el tratamiento de la depresión.

Cifras alarmantes

Precisamente por esta dificultad para identificar y tratar esta condición, la investigación realizada sobre el tema es relativamente poca. Aun así, Hechos&Crónicas presenta algunos hallazgos destacables sobre el Trastorno Depresivo Persistente (TDP), de acuerdo con cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS):

  • Aproximadamente el 1.5 % de los adultos experimentan TDP cada año, y alrededor del 2.5 % lo experimentarán en algún momento de su vida.
  • Los síntomas del TDP suelen durar un promedio de cinco años en adultos.
  • Solo alrededor del 61 % de las personas con TDP reciben tratamiento clínico.
  • El TDP a menudo coexiste con otros trastornos mentales: el 75 % también experimenta episodios de depresión mayor, el 50 % tiene trastornos de ansiedad y el 50 % presenta trastornos por uso de sustancias.

¿Cómo detectarlo?

De acuerdo con la OMS, algunos de los síntomas más comunes pueden parecer menos intensos en comparación con la depresión mayor. Además, por la naturaleza crónica de los síntomas, puede aumentar la dificultad para que las personas reconozcan que están deprimidas y, por lo tanto, que busquen ayuda. Los síntomas más comunes son:

  • Estado de ánimo depresivo la mayor parte del día.
  • Pérdida de interés o placer en actividades.
  • Fatiga constante o falta de energía.
  • Baja autoestima.
  • Dificultad para concentrarse o tomar decisiones.
  • Cambios en el apetito o el sueño.
  • Sentimientos de desesperanza.

¿Es más común en papás y mamás?

Según los expertos en salud mental, podría pasar desapercibida entre papás y mamás de niños pequeños, pues puede confundirse fácilmente con el desgaste energético que conlleva cuidar de ellos.

Sin embargo, muchos papás y mamás comienzan a vivir en automático, agotados aun después de descansar, con insomnio o ganas de dormir de más, repitiéndose a sí mismos: “No puedo parar, no hay tiempo para sentirme mal”.

¿Qué dice la Biblia?

La Biblia reconoce el sufrimiento emocional y ofrece consuelo a quienes lo experimentan. Personajes bíblicos como Elías (1 Reyes 19:4) y David (Salmo 42:11) expresaron sentimientos de desesperanza y tristeza profunda.

El Salmo 34:18 dice: El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido. Este versículo resalta la cercanía de Dios con aquellos que sufren emocionalmente. Además, la iglesia está llamada a llevar las cargas los unos de los otros (Gálatas 6:2), lo que implica brindar apoyo y comprensión a quienes luchan con la depresión, incluso si no es evidente externamente.

¿Qué hacer?

Si has identificado que tú o alguien cercano a ti puede padecer una Depresión de Alto Funcionamiento, es importante parar y buscar ayuda.

Jamás te auto mediques o creas que pasará solo, pues esto podría desencadenar algo mucho peor. La OMS recomienda los siguientes tratamientos:

  • Psicoterapia: La terapia cognitivo-conductual (TCC) ha demostrado ser eficaz para ayudar a las personas a identificar y cambiar patrones de pensamiento negativos.
  • Medicación: Los antidepresivos, como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), pueden, dependiendo del caso, ser prescritos por un especialista para aliviar los síntomas.
  • Cambios en el estilo de vida: El ejercicio regular, una dieta equilibrada y un sueño adecuado pueden mejorar el bienestar general.
  • Apoyo espiritual: Aunque no está indicada explícitamente por la OMS, la consejería cristiana puede integrar principios bíblicos con técnicas terapéuticas para abordar la depresión desde una perspectiva profunda. Aunque no reemplaza los tratamientos anteriores, puede actuar como coayudante en la mayoría de casos, pues brinda una mirada esperanzadora basándose en el amor de Dios y en la sanidad interior que solo Él puede darnos.

La Depresión de Alto Funcionamiento es una lucha silenciosa que puede afectar a cualquier persona, aunque externamente parezca ser feliz o tener éxito. Por eso, es fundamental estar atentos, no solo de nuestros propios síntomas, sino de quienes nos rodean, para brindarles el apoyo que necesitan. Dios nos ha llamado a ser instrumentos de consuelo y fuentes de esperanza, como brazos extendidos de Su amor.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com
Foto: Shakar Fazel – Pexels (Usada bajo licencia Creative Commons) 

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