Las personas en distintos momentos de su vida tienen en mente un propósito para realizar nuevas metas. Estos momentos se usan para plantear objetivos, redireccionar rumbos, cerrar círculos y otras cosas más. Estos retos que se pueden plantear en el diario vivir o año tras año siempre llevan a pensar que deberíamos estar mejor preparados para alcanzarlas. La pasividad y el exceso de comodidad es el mayor obstáculo a vencer, no solo en lo personal sino en lo colectivo.
Al ser miembros de una iglesia deberíamos estar comprometidos y en línea con los objetivos planteados a nivel colectivo, con el fin de llevar el mensaje de salvación y profundizar en nuestra vida espiritual. Sin embargo, a veces solo nos conformamos con asistir a alguna reunión en el templo, escuchar algo de música cristiana, una pequeña oración en la cotidianidad y un versículo de vez en cuando.
Esto me recuerda la historia de las cinco vírgenes insensatas que no estaban preparadas con aceite suficiente y pretendían, aun así, entrar a las bodas. En Mateo 25: 3 nos narra que Las insensatas llevaron sus lámparas, pero no se abastecieron de aceite. Al no tomar acción al reconocer que no tenían suficiente preparación pretendían usar del aceite de las demás para corregir su error Las insensatas dijeron a las prudentes: “Dennos un poco de su aceite porque nuestras lámparas se están apagando”. Mateo 25:8.
Al intentar arreglarlo, fue demasiado tarde para ellas Mientras iban a comprar el aceite, llegó el novio. Las jóvenes que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Y se cerró la puerta. Mateo 25:10.
Esta situación es muy similar a lo que vivió la iglesia primitiva. Se veía fuerte en los primeros siglos y fue generadora de cambios fundamentales en la época, pero en la actualidad y tal como las vírgenes insensatas, ha pasado a ser un simple espectador que está siendo destruido por la pasividad.
Desde las tribunas de la iglesia, los creyentes se están conformando con ver como el mundo y su agenda pone las reglas, marca las pautas y regula el que creer y cómo hacerlo. El secularismo está dictando la forma de ver y hacer cultura. Relegando a la iglesia y a las familias cristianas a no dar importancia a los principios bíblicos. Al creerse estas mentiras, la sal pierde su sabor y la luz deja de alumbrar desde los corazones y el espíritu.
La iglesia y los creyentes nos hemos convertido, ni siquiera en el patito feo, sino más bien en el hombre invisible. Un hombre que no es visible ni quiere ser visible, porque no le interesa afectar el mundo que lo rodea, por no dañar su comodidad o por el simple hecho de no incomodar a nadie. En pocas palabras, un creyente que no quiere trastornar su mundo.
Cuando pensamos en afectar el mundo, por lo general vamos al concepto de “impactar”, pero como diría Charles Spurgeon: “no pretendas ser reconocido en un mundo donde nuestro Señor Jesucristo fue crucificado”.
Gálatas 1:10 señala Entonces, ¿busco ganarme la aprobación humana o la de Dios? ¿Piensan que procuro agradar a los demás? Si yo buscara agradar a otros, no sería siervo de Cristo. Dejemos de buscar el aplauso del mundo y preparémonos mejor para trastornarlo, tal como hacían los creyentes del primer siglo, tal como la narra Hechos 17:6: Pero como no los encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos otros hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: “¡Estos que han trastornado el mundo entero han venido también acá!”.
Era evidente para todos los pueblos que el movimiento religioso que había comenzado en Jerusalén, ya había trastornado para ese momento “toda la tierra”, a tal grado, que generó persecución, muerte y dolor a la mayoría de cristianos.
Cada uno de estos mártires entregó su vida con la fuerte convicción que cada momento de dolor y sangre valdría la pena en el propósito de expandir el reino de los Cielos.
La gran falencia de los cristianos actuales es que tiene mucho conocimiento, pero carecen de la convicción necesaria para trastocar al mundo, que hoy se está ahogando en su propia opinión y por fuera de Dios. Muy parecido a lo que se enfrentaron los primeros creyentes al llevar el Evangelio en un imperio lleno de falsas doctrinas y enseñanzas.
Ahora es más “cool” mezclarse, pasar desapercibido y camuflarse entre una multitud de testigos que ya no logra reconocer a los seguidores de aquel que murió en la cruz.
La iglesia ya no quiere ser cabeza y no le interesa ser punta de lanza, ni mucho menos prepararse de manera intencional para llevar a cabo la gran comisión. Hoy cualquier voz que actúa como atalaya y avisa del peligro inminente, es silenciada rápidamente por la misma iglesia que está interesada en lo bonito de sus ramas más que en la profundidad de su raíz.
Al rechazar las advertencias de peligro, hemos dejado que los afanes del día a día vuelvan borrosas las líneas que antes dividían de manera clara la relación con Cristo y el deber de llevar las buenas nuevas a un mundo perdido.
Como hoy todo es relativo, la mente de muchos creyentes está siendo infectada para convertirse en cristianos pasivos, evitando que sus dones y talentos sean usados en el cumplimiento del objetivo de todo creyente: Glorificar a nuestro Señor siempre y en donde sea. Un ejemplo claro de esto es la vida de Sansón y todo lo que vivió para volver a los brazos del Señor.
Como creyentes deberíamos tener, casi como una obligación, el firme propósito de prepararnos para trastornar el mundo, usar cada don y talento entregado por nuestro Señor para hacerlo brillar.
No hay talento, por humilde que sea, que no pueda exaltar a aquel que nos salvó y que nos extendió su mano para sacarnos de la oscuridad y avergonzar a los sabios y poderosos.
Cristianos y la cultura

Nuestra interacción como creyentes frente a la cultura, por lo general no está llena de reflexión teológica, sino más bien es una colección de retazos derivados de filosofías impuestas, experiencias personales, comentarios de redes sociales, y desconocimiento. Al confiar en estas ‘banas filosofías’, el creyente se vuelve débil y vulnerable en los lugares para los que fueron llamados a transformar.
Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que está de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo. Colosenses 2:8.
¿Por qué nosotros despreciamos y pensamos que esta responsabilidad espiritual no es importante para el propósito divino?, ¿Por qué demeritamos la posibilidad de administrar la influencia que tenemos como creyentes? ¿Cómo logramos cambiar este panorama?
Deberíamos comenzar por ayudar a las personas que nos rodean, de la misma forma que Cristo lo hizo con nosotros y nos marcó el camino del ejemplo y esperanza. Como creyentes debemos estar dispuestos a dar una razón oportuna de nuestra fe haciéndolo con reverencia y humildad (1 Pedro 3:15-16).
Deberíamos permitir que las Escrituras guíen cada paso que damos al plantearnos objetivos que nos ayuden a cumplir nuestra misión espiritual. Cada una de estas metas debería buscar declarar la verdad de Jesucristo y legitimarlo como Rey del universo, incluso si esto nos deja en posiciones difíciles.
Es necesario ser valientes para abordar y cuestionar los temas culturales de esta sociedad desde la perspectiva espiritual, en este mundo lleno de idolatría, narcicismo y esperanzas inciertas. Las personas no necesitan más charlatanes de feria y ni reconocimientos vacíos, requieren creyentes fieles que sean capaces de exponer la verdad y sobre todo de vivirla.
Investigaciones evangélicas señalan que uno de cada cinco creyentes está abandonando la iglesia por distintas y variadas razones, gran mayoría de ellos han buscado opciones para su entretenimiento eclesial y han abandonado las responsabilidades que se asumen al momento de creer.
Este comportamiento se relaciona más con pertenecer a un club social que experimentar una relación firme y profunda con Jesús, reflejando una clara falta de carácter que, por lo general, busca beneficios específicos, oportunidades, recursos o actividades que se alineen con sus intereses.
Hay batallas que se deben luchar, pero hay otras que no. En aquellas que sí, se exige nuestra presencia y todo nuestro esfuerzo, sobre todo en las cuestiones culturales que buscan desviarnos.
Pelea la buena batalla de la fe; haz tuya la vida eterna, a la que fuiste llamado y por la cual hiciste aquella admirable declaración de fe delante de muchos testigos. 1 Timoteo 6:12.
La mejor arma que tenemos para esta batalla es ser testimonio. Trastornemos el mundo viviendo como si Cristo pudiera vivir su vida a través de nosotros.
Para trastornar el mundo debemos ser astutos, tal como lo enseña la Escritura en Mateo 10:16: ¡Presten atención! Yo los envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean astutos como serpientes y sencillos como palomas.
Es hora de retarnos a nosotros mismos y a nuestros talentos. Es necesario que pongamos en marcha proyectos, calculemos la torre y nunca dejemos de orar y pedir guía del Creador, para lograr ser herramientas útiles en sus manos.
Nuestra convicción e identidad en Cristo debe ser tal, que los no creyentes vean a la iglesia como un lugar donde las personas quieran estar y al cristianismo como la creencia a la cual se quieran arraigar.
No busquemos simplemente ser buenos, seamos los mejores. No buscando el aplauso pasajero porque seriamos siervos inútiles, por hacer los que nos corresponde. Nuestra meta es ser siempre los mejores y en cada proyecto procurar exaltar a Jesús. Nuestra capacidad de colaborar como comunidad debe ser puesta a prueba siempre: Emprender planes que incomoden, buscar compartir las Buenas Nuevas, ser ejemplo en cualquier situación o en frente de cualquier persona… Es hora de trastornar el mundo, ¿qué estás haciendo para lograrlo?

