Los pasos de mamá

por Revista Hechos&Crónicas
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Tuve un papá estupendo y una mamá maravillosa, y disfruté una niñez, dentro de lo posible, muy bonita. Los primeros tesoros que Dios me dio fueron mis padres, abuelos y tíos. Los segundos, mis hermanos. Ellos iban naciendo muy seguido, once en trece años y, a pesar de ello, nunca oí que mi mamá se quejara.


En medio de un ambiente tan hermoso, yo era una niña insoportable; o al menos, mi mamá no me soportaba. La inclinación a ayudar a los pobres, aprendida en forma natural dentro de mi familia, me trajo problemas con mi mamá.

Cuando apenas tenía cinco años me escapaba, acompañada por la empleada del servicio, con una canastilla llena de comida para unas ancianitas pobres que había en la ciudad donde nací. Me encantaba hacer eso, y recuerdo que una de ellas comentó:

–Increíble que una niña tan chiquita pueda pensar en nosotras.

Mamá solía decir:

–“¿Qué voy a hacer con Esther Lucía que se vive siempre involucrando donde haya problemas? Si un día de estos se produce un incendio, allá estará metida de cabeza”. Con toda franqueza, yo saqueaba las despensas de mi mamá, y todo lo que allí había se lo daba a los niños de la calle. Frecuentemente los invitaba a comer dentro de mi casa.

Cuando tenía como nueve años, me asomé a la ventana de mi casa; y, al ver pasar por la calle a unos niños con los pantalones rotos, les regalé todas las pijamas que mamá les había comprado a mis hermanos el día anterior. Eran muchas pijamas porque eran muchos niños. ¡Ay, Dios mío! Cuando mi madre llegó a la casa, me dijo: –Esther Lucía, ven para acá. ¿Dónde están las pijamas nuevas de tus hermanos? ¡Elemental! Ella no le preguntó a nadie más, sabía quién era la culpable de lo que había pasado. ¡Pobre mi mamá!, todo lo que compraba para mí y mis hermanos, yo lo regalaba.

Pero, en medio del regaño, me alegraba al pensar que aquellos niños de la calle sentirían calor al ponerse pijamas con pantaloncito largo forrado. Eso era lo único que me importaba. Con el paso del tiempo entendí que, cuando uno quiere hacer las obras de caridad, tiene que pensar también en lo propio, que no puede darlo todo dejando a sus seres queridos sin nada, porque El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. 1 Timoteo 5:8.

Con frecuencia me he imaginado a mi pobre madre yendo a comprar, por segunda vez, pijamas nuevas para mis hermanos.

Con el paso de los años, fue impresionante para mí saber, por el testimonio de muchas personas, sobre las caridades que mi madre hacía secretamente. Pasó el tiempo y para mí fue impactante el servicio fúnebre de mamá.

Toda la casa funeraria, que es de las grandes en Bogotá, estaba llena de gente. Ese día me enteré, por varias personas, de las obras de misericordia que ella había hecho en completo silencio. Yo estaba siguiendo de manera natural, los pasos de misericordia, amor y servicio que mamá daba en secreto.

Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. Mateo 6:3-4.

Extracto del libro “Los tesoros que Dios me dio”, escrito por Esther Lucía Ángel de Silva.
Foto: Freepik (Imagen usada bajo licencia Creative Commons)  

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