¡El timer del Espíritu Santo!

Por Revista Hechos&Crónicas

El tiempo es, en muchos aspectos, un tesoro perdido: solo existe para cumplir el horario laboral. No hay tiempo para el cónyuge, los hijos, los amigos, el reposo, la lectura, la sana diversión. Tampoco, muchísimo menos, hay tiempo para la iglesia. Dicho más crudamente: no hay tiempo para Dios. Los servicios eclesiásticos han sido enclaustrados en el tic–tac implacable. Yo he predicado en púlpitos al frente de los cuales el objeto que llama la atención no es una cruz sino un reloj: ¡el timer del Espíritu Santo!

Algunos pastores que me han invitado a compartir en sus templos, me entregan por antelación, muy previsivamente, el orden del día: Alabanza, tantos minutos; adoración, oración, cena del Señor, diezmos y ofrendas, todo está cronometrado hasta en fracciones de segundos. Así que, al sermón solo le queda tanto con tanto y tanto. ¿Debemos ser organizados? Sí.  ¿Es conveniente llevar orden en las reuniones? Claro que sí. Pablo mismo lo aconseja. Lo que no debe hacerse es colocarle a lo espiritual camisas de fuerza.

La mayor dificultad a la que el hombre posmoderno se enfrenta es a las prioridades de los tiempos: pasado – presente – futuro. ¿Dónde termina un pasado y comienza un presente? ¿En qué frontera un presente se hace futuro? ¿Por qué resquicio el futuro pasa por el presente para hacerse pasado? Ayer el pasado era futuro, hoy el futuro es presente, mañana el presente será pasado.

Salomón no era latino ni anglosajón, sino sabio. El sabio no tiene raza, solo sabiduría. Fue este rey antiguo quien discernió mejor la oportunidad de los eventos humanos:

Todo tiene su momento oportuno;

hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

Un tiempo para nacer,

y un tiempo para morir;

un tiempo para plantar,

y un tiempo para cosechar;

un tiempo para matar,

y un tiempo para sanar;

un tiempo para destruir,

y un tiempo para construir;

un tiempo para llorar,

y un tiempo para reír;

un tiempo para estar de luto,

y un tiempo para saltar de gusto;

un tiempo para esparcir piedras

y un tiempo para recogerlas;

un tiempo para abrazarse

un tiempo para despedirse;

un tiempo para intentar,

y un tiempo para desistir; un tiempo para guardar

y un tiempo para desechar;

un tiempo para rasgar

y un tiempo para coser;

un tiempo para callar y

un tiempo para hablar;

un tiempo para amar,

y un tiempo para odiar;

un tiempo para la guerra,

y un tiempo para la paz.

Eclesiastés 3: 1- 8.

La trinidad temporal: pasado – presente – futuro encuentra así su razón de ser: hay un tiempo para todo lo que se debe hacer bajo el cielo, no en el cielo. En nuestra dimensión terrenal, Dios quiere que tengamos sabiduría en el manejo de los tiempos. Muchos de nuestros problemas nacen de no entender las definidas funciones del ayer, el hoy y el mañana. Debemos retomar el camino correcto y hacer nuestra vida más productiva y agradable.

Por: Rev. Darío Silva–Silva. Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral.

Foto: Morgan Housel – Unsplash (Foto usada bajo Licencia Creative Commons)

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