Recibid este pensamiento, queridos amigos, los que amáis al Señor, y aquellos que le miráis por vez primera, como un texto de Año Nuevo. ¡Cristiano!, en tus preocupaciones a lo largo de este año, mira a Dios y sé salvo.
En todas tus agonías, en todos tus arrepentimientos por tus culpas, pobre alma, mira a Cristo y encontrarás el perdón. Acuérdate en este año de dirigir tu mirada y también tu corazón hacia el cielo. Mira a Cristo y no temas. No hay tropiezo cuando un hombre camina con los ojos puestos en Jesús.
El que mira las estrellas cae en la zanja; pero el que mira a Cristo camina con seguridad. Mantén tus ojos arriba todo el año. “Míralo a Él y sé salvo”, y recuerda que “Él es Dios y que aparte de Él no hay ningún otro”. ¿Qué harás, pobre alma?, empezarás el año mirándole?
Tú sabes cuán lleno de pecados estás hoy; tú conoces cuánta es tu corrupción; pero recuerda que antes de salir de aquí puedes estar tan justificado como los mismos apóstoles ante el trono de Dios. Es posible que antes de que tus pies pisen el umbral de tu casa, hayas perdido la carga que has tenido sobre tus hombros, y vayas por el camino cantando: “Estoy Perdonado, estoy perdonado; soy un milagro de la gracia. Este es el día de mi nacimiento espiritual”. ¡Quiera Dios que así sea para muchos de vosotros, para que aquel día pueda yo decir: “Heme aquí, y conmigo los hijos que me has dado” ¡Oye esto, pecador convencido! “Este pobre lloró y el Señor le libró de su aflicción”.
¡Oh, gusta y prueba que el Señor es bueno! Cree ahora en Él. Echa tu alma culpable sobre su justicia; sumérgela y quita su negrura en el baño de Su sangre; vístela con las ropas de la justicia de Cristo, y siéntala al festín de la abundancia. Este “mira”, ¡tan sencillo como parece!, es lo más difícil de conseguir de los hombres.
No mirarán jamás, hasta que les obligue la gracia. Marchad con este pensamiento: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra; porque yo soy Dios, y no hay más”.
El gran mandamiento del Evangelio es: “Creed”. “Oh”, pero dice uno, “¿he de decir que sé que Cristo murió por mí?”. Ah, yo no he dicho eso, eso lo aprenderás muy pronto. No tienes nada que ver con esa pregunta ahora, tu asunto es creer en Cristo y confiar en Él, arrojarte en Sus manos. Y que Dios el Espíritu te obliga dulcemente a hacerlo. Ahora, pecador, suelta tu propia justicia. Abandona toda idea de ser mejor por tus propias fuerzas. Arrójate de lleno en la promesa.
Oh, Espíritu del Dios vivo, abre el entendimiento para recibir, y el corazón para obedecer, y que muchas almas aquí presentes se entreguen a Cristo. Sobre todos ellos, como sobre todos los creyentes, pronuncio de nueva la bendición, con la que os despido. Que el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna por Cristo Jesús, después de que hayáis padecido un poco de tiempo, os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. 1 Pedro 5:10 (RVR1960).
Por: Charles Spurgeon, Pastor bautista británico conocido como el «Príncipe de los Predicadores». A lo largo de su vida, evangelizó alrededor de 10 millones de personas.
Foto: Archivo particular.

