De la oscuridad a la luz

Por Revista Hechos&Crónicas

Ana Carolina Jiménez Benkert es una mujer de 37 años enamorada de Dios. Una guerrera incansable que habla cuatro idiomas y un dialecto. Tiene tres carreras terminadas, aunque no trabaja en ninguna de ellas. Le encanta la fotografía, la lectura y hasta hace unos años era una bruja. Sí, una bruja. Esta es la historia de cómo Dios la sacó de la oscuridad para hacerla brillar con Su luz.

Cuando yo era pequeña, digamos de seis o siete años, comencé a ver sombras con ojos rojos que pasaban hacia el cuarto de mi papá. En ese entonces, mis papás vivían juntos, pero peleaban mucho y mi mamá dormía conmigo. Para mí era normal ver esas sombras y todo tipo de cosas extrañas, pues mi mamá también las veía. De hecho, nosotras escuchábamos pasos en la casa, las cosas se movían, etc. Pero siempre molestábamos, nunca nos dio susto, porque venimos de una descendencia de tarotistas, astrólogos, todo eso. Es algo muy arraigado en mi familia materna. Por parte de paterna, tengo primas que son angeólogas. Hay cosas espiritistas por ambos lados, que hacían que para mí fuera normal ver todo esto.

En ese tiempo, mis papás estaban muy mal. Mi papá era muy mujeriego y la gente nos decía que sus “novias” nos estaban haciendo brujería, entonces ces íbamos donde brujos, pitonisas y un montón de cosas. En esa época yo no iba, pero mi primer contacto fue la “hermana algo”, (no recuerdo su nombre) pero era una señora de pelo negro, un poco creepy. Ella le dijo a mi mamá que había brujería en nuestra casa y debía hacernos una limpieza a todos. Fuimos con ella a una casa que quedaba hacia el sur. Ella tenía una cruz en la mano y hablaba raro. Luego se puso la cruz en la espalda, se torció y cuando volvió empezó a hablar como hombre. En cierto modo a mí me dio susto, pero sentí una fascinación por lo desconocido y sobrenatural.

Ella nos dijo que una de las mozas de mi papá nos estaba embrujando, entonces nos llevaron a un pueblo a hacernos un baño con ropa vieja y una sábana blanca, en la que nos envolvían. Recuerdo que había esencias de colores que olían a puro pachulí y nos las echaban en la cabeza.

Después fueron a mi casa. Ese día a mí no me dejaron estar, pero sacaron paquetes envueltos con muñecos de cera, con fotos de mis hermanos, mías y cosas por el estilo y no estaban dentro de una matera, sino dentro de las sillas y colchones.

Camino hacia la oscuridad

Cuando yo tenía más o menos 10 años, mis papás se divorcian. Yo me quedo con mi papá, que era piloto y viajaba mucho y con mi abuela. Mi mamá se va con mi hermano mayor para Suiza (ella es Suiza). En ese momento era muy normal que a esa edad estuviera leyendo revistas como Tú, Eres, Shock o Seventeen, y todas esas revistas al final traían cosas como el baño del amor, de las siete hierbas, de los girasoles, etc. También traían cuarzos o cosas así, entonces empecé a meterme mucho en eso, porque me encantaba y me sentía conectada porque yo veía cosas y me hablaban.

A los 14 años me fui a vivir a Suiza con mi mamá, medio obligada, sin conocer a nadie más que a mi familia y sin hablar bien el idioma. Allá vivía una tía de mi mamá que era tarotista. Un día, ella nos invitó a su casa y estando en la sala, se apareció en una esquina algo con forma de hombre. Yo me quedé mirando la esquina sin decir nada, pero ella me cogió la mano y me dijo: “no te preocupes, yo también los veo. Esto es de familia, es una herencia, un don”. Luego de eso y al ver la fascinación que me producía, empezó a enseñarme tarot, carta astral, etc. Todo eso me parecía súper interesante.

Mi mamá no practicaba nada de esto, pero también veía y sentía estas presencias. Así que yo crecí sintiendo que era parte de mí. Incluso a veces me hablaban y me daban mensajes para las personas que estaban conmigo, pero obviamente yo sabía diferenciar y no les decía de dónde venían esos mensajes.

Después de irme a vivir a Suiza, venía mucho a Colombia a pasar mis vacaciones y compartir tiempo con mi papá, pero también aprovechaba para ir donde todo tipo de brujos. Me leía el tabaco, el tinto, el chocolate, encantamientos de agua, todo. Todo lo que existe, lo hice.

Creo que otra cosa que abrió muchas puertas a este tema fue mi fascinación por las películas de terror. Yo desde los seis años veía feliz películas de Freddy Krueger, Chucky, etc. A mi mamá también le encantaban las películas de miedo. Era un “hobby” que compartíamos las dos, como un guilty pleasure porque ambas éramos felices viendo esas cosas, por eso el tema espiritual no me causaba terror.

Así entré, muy inocentemente con lo de los cuarzos, el baño de la miel y el amor. Luego comencé a hacer cosas yo. Por ejemplo, si una amiga de la universidad me decía que un profe se la tenía “montada”, yo lo “amansaba”. También “endulzaba” a las personas, hacía amarres con hierbas. Iba a donde están los chamanes y salía como si hubiera corrido una maratón porque el ambiente espiritual allá es súper fuerte.

Volví a Colombia cuando tenía 24 años y seguí con este camino. Conocí a una señora que empezó a guiarme y enseñarme el tarot egipcio, a echarme las cartas yo misma, etc. Ella me decía: “¿Ves a ese niño aquí al lado?” Y resulta que era un niño súper juguetón, porque literalmente toman esas personalidades para que uno no los vea como algo malo. Cosas así por el estilo.

Durante ese tiempo, hace como unos 12 o 13 años más o menos, un gran amigo se suicida y se me aparece. Para mí, en ese momento, era él. De hecho, así fue como me enteré que estaba muerto. Para mí fue un momento muy duro, pero me tranquilizaba que se hubiera “despedido” de mí. Ese es el tipo de cosas que uno se mete en la cabeza.

Esta señora empezó a enseñarme a manejar las cartas, los sueños (porque yo tenía —y aún tengo — sueños sobre las cosas que van a pasar), comenzamos a trabajar la numerología y muchas otras cosas, y cuando tenía 26 años, ella me dijo que yo tenía un don muy grande, que tenía una puerta abierta muy grande, que era como un gran canalizador y debería prepararme para ser médium y permitir que entraran en mí para poder hablar. Para mí eso era lo máximo, como llegar a la cumbre. Pero una semana antes de comenzar el curso de médium, conocí a la persona que me presentó al Señor.

Todavía está negra, pero es oveja

En ese tiempo yo tenía problemas de baja autoestima y estaba saliendo con un hombre casado. Sentía que tendría que ser moza toda la vida y que debía conformarme con lo que me había tocado. Odiaba a los cristianos y me burlaba cada vez que pasaba frente a la iglesia. Yo había asistido a la iglesia en una ocasión con una persona con la que estaba saliendo, pero él me terminó porque yo era muy “mundana” y con eso quedé odiando a los cristianos.

Pero un día, durante un evento en el que estaba, se me acercó una señora y me dijo: “tú eres muy feliz de labios para afuera, tienes una sonrisa muy linda, pero tus ojos dicen que estás vacía y dolorida por dentro. Déjame orar por ti”. Yo pensé que estaba loca, pero le dije que orara ella porque Dios se había olvidado de mí y ya no me escuchaba.

Ella comienza a orar y en medio de la oración empieza a hablar en lenguas. ¡Yo pensé que estaba loca! Pero cuando llegué a mi casa comencé a sentir un vacío, una falta de algo. Algo muy raro. Así que llamo a esta mujer y le digo: “yo quiero ir a la iglesia donde tú vas”.

El domingo la recojo a las 8 am y lo primero que pasa es que, vamos por la séptima y ocurre un accidente terrible. Yo soy samaritana de la Cruz Roja, hice un curso en Suiza, entonces sentí que tenía que ayudar. Me bajé del carro, había mucha sangre, el conductor estaba borracho, etc. Pero estando ahí, ella se voltea y me dice: “te subes al carro y en el nombre de Jesús nos vamos ya”. Nos subimos al carro y nos fuimos.

Llegamos a la iglesia, predicaba el pastor Darío y cuando comenzó a hacer el llamado para personas nuevas, yo sentía ganas de ir, pero algo me mantenía en la silla como aprisionada. De un momento a otro sentí que alguien me cogió y me hizo pasar adelante, pero al voltear, no había nadie.

Pasé adelante, recibí al Señor en mi corazón y me quebranté un montón. Mi amiga me llevó a la oficina del pastor Darío y le dijo: “pastor, le traigo una oveja. Todavía está negra, pero es oveja”. Durante el siguiente ayuno, que se hace el primer sábado de cada mes, el pastor comenzó a hacer el llamado para las personas que hacían brujería, y mi amiga me llevó adelante. Yo solo veía al pastor Darío caminando de un lado a otro y me miraba fijamente. Luego se paró enfrente mío, levantó su mano y sin tocarme, yo caí al suelo. A mí siempre me pareció que eso era actuado, pero pude ver que es real. Oraron conmigo y me invitaron a hacer el curso para los nuevos de la iglesia, hoy se llama ADN, en ese entonces se llamaba Vida Nueva.

Comencé el curso con el pastor Franklin Peña. Fue súper chévere los primeros días, pero luego empieza el terror en mi casa. Los cajones se abrían, me tiraban al piso, me agarraban el cuello, mi gato vivía erizado todo el tiempo y miraba al horizonte. A las 3:30 am comenzaba a oler a podrido, sentía que alguien se me sentaba en el pecho y me trataba de ahogar. Entonces llegué un día y le dije al pastor: “no voy a volver, porque desde que comencé este cursito, mi casa parece una película de terror y no duermo”. El pastor me responde: “te voy a contar como es esto. Tú andabas cogida de la mano de un man feo, asqueroso y de repente llegó uno lindo, lindo, lindo y te agarró la mano. Tú soltaste al feo y te fuiste con el lindo. Ahora el feo está haciendo pataleta porque quiere que vuelvas”.

Entonces entendí que tengo que reprender. Ponía alabanza a las 3 am, mis vecinos debían pensar que estaba loca porque comenzaba a cantar y a adorar a Dios y las cosas comenzaron a cesar.

Me bauticé ese mismo año y asistí un campamento de jóvenes que organizó la iglesia. Yo seguía siendo muy nueva y en un momento dado me fui al lugar más recóndito para fumar. Para ese momento estaba comenzando un camino con el Señor, pero seguía bebiendo y fumándome una cajetilla diaria.

Cuando yo prendo el cigarrillo, se me aparece una sombra burlándose de mí: “Ay si, tan cristiana y aquí fumando a escondidas”. Yo solté el cigarrillo y comencé a correr con los ojos cerrados. De pronto me encontré al pastor Franklin. Le conté y él me dijo: “yo sabía que te iba a pasar algo acá, ven oramos”. Esa noche dormí como un bebé y desde ese día, dejé por completo el cigarrillo y mi vida cambió muchísimo.

Hice varios procesos de consejería y sanidad interior. Dios de verdad me sacó, no con la mano del lodo, sino con una retroexcavadora, porque estaba muy metida en ese mundo oscuro. Yo no movía un dedo, si no hablaba con las brujas, incluso las tenía en discado rápido en el celular. Obviamente, al dejar de ir, ellas comenzaron a buscarme y a tratar de atraerme de nuevo, pero, aunque no ha sido fácil, me he mantenido firme en el Señor.

He vivido todo tipo de procesos, altos y bajos en este caminar con Dios, pero Él me regaló la promesa de restauración que se encuentra en Oseas 2:14-17 (TLA): A pesar de todo eso, llevaré a Israel al desierto, y allí, con mucho cariño, haré que se vuelva a enamorar de mí. Le devolveré sus viñas, y convertiré su desgracia en gran bendición. Volverá a responderme como cuando era joven, como cuando salió de Egipto. Ya no volverá a serme infiel adorando a otros dioses, sino que me reconocerá como su único Dios. »Yo soy el Dios de Israel, y les juro que así será.

Además, me ha dado una familia en Cristo increíble, unos amigos que de verdad han levantado mis brazos y no han dejado de luchar. En momentos difíciles, me han apoyado en oración y en todo sentido.

Fotos: Revista Hechos&Crónicas y Archivo particular. 

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