La ceniza se convirtió en belleza

Por Revista Hechos&Crónicas

Este es el testimonio de Johana Murcia, una mujer que vivió situaciones muy duras, pero que a través del internado de niñas de Casa Sobre la Roca, conoció el amor y la restauración de Dios.

Llegué al hogar a los seis años. Este internado cambió mi vida, pues a esa edad yo había vivido situaciones muy difíciles que endurecieron mi corazón.

Vivía con mis papás y mis hermanos en una habitación donde teníamos todo, cocina y cama, en un viejo, oscuro y mal oliente edificio, del sector que se llamaba “la calle del cartucho”. Este lugar estaba lleno de miseria y muerte pues al recorrer las calles, uno encontraba basura, veía personas durmiendo en casas de cartón y la ropa que usaban era sucia y mal oliente. Me imagino que yo también tenía ese aspecto.

Mi mamá solía pedir limosna y en ocasiones nos llevaba con ella. Este era su medio para sustentarnos y cuando no nos llevaba, nos dejaba encerrados y solos todo el día. Muchas veces teníamos que acostarnos sin verla. Mis papás consumían mucho alcohol, drogas, fumaban y por ende mi papá duraba días sin llegar a la casa y cuando llegaba, estaba borracho y golpeaba a mi mamá. En varias ocasiones la mandó de urgencias para el hospital, ya que la dejaba muy grave.

Yo tenía una infección en los riñones y me orinaba mucho en la cama donde dormíamos, que era una sola para todos. Este era motivo para que mi mamá me maltratara y me golpeara con lo que encontraba. Viví años de violencia en mi casa y fui expuesta a la droga. Gracias a Dios nunca me gustó, pero estuve expuesta a eso, y a que otras personas me tocaran y me manosearan.

Mi vida cambió

Un día, mi mamá nos dejó a cargo de una de mis hermanas, que era mayor, fruto de una unión previa, pero ella se escapó. Una persona la encontró en un andén y le preguntó si quería ir a un hogar de niños. Mi hermana no dudó en aceptar.

Cuando del hogar se comunicaron con el papá y él fue a visitarla, se dio cuenta que ella estaba muy bien y empezó a hacer el proceso para que mi hermanita y yo pudiéramos vivir también allí.

Así llegó el día de ir al hogar, una experiencia muy bonita. Yo anhelaba llegar allá. Recuerdo que él nos dejó en la iglesia y de allí nos recogieron en una camioneta y nos llevaron al hogar, que en ese tiempo quedaba en Tabio. Apenas llegamos nos metieron a la ducha, me imagino porque olíamos muy rico (risas), nos dieron ropa limpia y algo de comer.

Le doy gracias a Dios porque a través de este lugar, Él empezó a restaurarme supliendo mis necesidades básicas: alimento y un techo tranquilo donde dormir, ya que cuando vivía en la calle del cartucho, era normal escuchar gritos en la noche, peleas, discusiones y por la general, cuando amanecía, siempre había un cadáver que recoger. En el hogar Dios me permitió dormir tranquila y tener una cama solo para mí, rompa limpia a diario y en buen estado.

Johana Murcia durante su grado como Licenciada en Educación Preescolar.

Recuperando la identidad

Recuerdo que tuve muchos problemas con mi identidad sexual. Mi papá siempre quiso que fuera niño y yo me comportaba como uno. Además, tenía mucho rencor, odiaba a las personas. Tenía el corazón duro y recuerdo que de tantos golpes que recibí en la vida, ya nada me importaba. Si alguien me hacía algo o me lastimaba, yo quería hacerle algo peor. Pero a través del hogar, Dios me permitió sanar todo eso, mi vida y mi identidad sexual.

Como yo sufría de los riñones, estando en el hogar se me desarrolló una infección que casi me mata. Pasé varios días en el hospital y luego continuó el tratamiento en el hogar. Debían envolverme en sábanas porque me subía mucha fiebre y cada tanto debían inyectarme para combatir la infección. A través de esta situación, Dios me mostró su amor porque pude ver personas preocupadas por mí y mi salud, que me animaban a comer, me llevaban un dulcecito y me decían: “dale, ánimo, tu puedes”. Dios me sanó, limpió mis riñones y no volví a tener infecciones. Lo mismo pasó con mis dientes. Los pocos que me habían salido, ya estaban consumidos por la caries, pero en el internado, Dios puso personas que se preocupaban hasta por mi dentadura. Recuerdo que iban voluntarias a enseñarnos a lavar los dientes, pude tener un tratamiento de ortodoncia y poner mi boca hermosa. Fue conmovedor ver tantas personas en el hogar que se preocupaban por mi salud emocional, espiritual y física.

Empecé a tener consejería y pude renunciar a toda maldición generacional que había sobre mi vida. Dios convirtió esa maldición en bendición. Me acuerdo que la primera petición que le hice al Señor, fue que me diera un corazón de carne y que quitara ese corazón de piedra y así lo hizo. Él transformó mi corazón, me enseñó a amar, a perdonar y a sentir empatía por el sufrimiento de mi prójimo. También quitó de mi mente la mentira que tenía sobre mi identidad sexual, Dios me limpió tanto por dentro como por fuera y la ceniza que había en mi vida, Él la convirtió en belleza.

Hoy agradezco a Dios porque a través de mis papás del internado, (los tutores, a quienes amo como a mis papás), de Glorita (de Vega), de mamá Esther Lucía (de Silva-Silva), Dios me mostró su amor. Él permitió que ellos siempre declararan bendición sobre mi vida y me animaron a seguir adelante, porque cuando cometía un error siempre me confrontaban con la Palabra de Dios. De esta manera, Dios me iba moldeando mostrando lo que a Él le agradaba y quitando de mi vida esa mentira de actitudes que yo tenía; porque yo robaba, mentía y hacía muchas cosas que a Él no le agradaban.

Así, Él sanó mi corazón y aprendí la importancia de la obediencia. Le doy gracias porque a través de estas personas que Él puso en mi camino, aprendí a amarlo y respetarlo.

Una vida maravillosa

A través del hogar, Dios también me permitió estudiar, primero el colegio y luego una carrera profesional y salir como Licenciada en Educación Preescolar. También me dio el privilegio de trabajar en el colegio Nuevo Gimnasio Cristiano, donde seguí creciendo como persona, mujer y profesional. Conocí personas maravillosas que aportaron muchas cosas positivas a mi vida.

Con el tiempo, Dios puso en mi vida un hombre maravilloso con quien ahora tengo un matrimonio hermoso. Salí del internado a los 24 años, casada, con un vestido blanco como de cuento de hadas. Dios me ha premiado con Óscar, un hombre que tiene un corazón hermoso, y nos bendijo con tres bellos hijos: Ana Lucía, de 10 años; María Camila, de ocho y Emmanuel, el bebé, de casi dos años.

No me canso de agradecer a Dios porque ha permitido que la infancia de mis hijos sea diferente a la que yo tuve. Hace cinco años vivimos en Quebec, Canadá, y Dios nos ha bendecido de gran manera. Le ha dado a mi esposo un muy buen trabajo y a mí me ha permitido estar en casa, con mis hijos dedicándoles tiempo y enseñándoles lo que yo aprendí.

El hogar sigue siendo mi casa, sigo teniendo contacto con mis papás, los bendigo, oro mucho por ellos y por Glorita y mamá Esther Lucía, instrumentos de grandes bendiciones para mi vida. También agradezco a Dios porque Él usó nuestra restauración, para que mi mamá pudiera salir de las drogas. Hoy día ella está muy bien y Dios nos ha permitido restituir esa relación que estaba rota, llena de odio y resentimiento. Todos los días le pido a Dios que lleguen más niños al hogar de Casa Sobre la Roca para que puedan experimentar el amor de Dios, la restauración y la paz que yo pude encontrar.

Fotos: Archivo particular.

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