La niñez está dejando de ser valorada para ser despreciada por muchos.
Hace unos días tuve que ir al banco. Al ingresar, noté que había dos filas, una normal y otra preferencial. La fila normal se movía rápidamente, pero la preferencial permanecía igual. Una mujer en un evidente y avanzado estado de embarazo, preguntó por qué no llamaban a nadie de la fila preferencial, pues ya llevaba de pie por lo menos 20 minutos sin ningún movimiento y estaba agotada.
Los funcionarios del banco se disculparon y la hicieron seguir, pero la gente de la fila comenzó a quejarse. “Estar embarazada es SU decisión, no nuestra. No tenemos que esperar por su culpa”, gritaron algunos. Fue tan fuerte la escena que la mujer rompió en llanto. Me acerqué a ella junto a algunos funcionarios del banco que buscaban tranquilizarla y pude escuchar que esta ha sido una constante en su embarazo: “parece que ya no quieren que vengan niños al mundo”, aseguró.
Eso me hizo reflexionar en mi propia experiencia, en mis hijos, en las veces que he visto a niños en lugares públicos en los que parece que molestaran por el simple hecho de existir. He estado en restaurantes, aviones y salas de espera donde la gente se incomoda porque hay niños, sin que ellos estén haciendo nada inapropiado, nada diferente a reírse, hablar o jugar. De hecho, he visto cómo la gente se incomoda con las voces de los niños, pero no con el sonido fuerte del celular de quienes no usan audífonos en lugares públicos.
Es claro que un niño gritón, berrinchudo, sin límites y modales, aunque sea solo un niño aprendiendo a regularse, puede incomodar, pero estoy hablando de cómo la gente cada vez tolera menos sus voces, sus juegos, su manera de ver la vida… todo lo que implica ser niño.
Sabemos que gran parte de la población ya no quiere tener hijos y que los nacimientos han descendido.
La ONU estima que la tasa global de fecundidad cayó de cerca de cinco hijos por mujer en 1950 a 2,3 en 2025, y que uno de cada cuatro habitantes del planeta vive en un país cuya población ya alcanzó su punto máximo y ha comenzado a disminuir. Más de la mitad de los países del mundo ya se encuentran por debajo del nivel de reemplazo poblacional (2,1 hijos por mujer).
Sin embargo, el tema no se queda solo en no querer tener hijos, sino en la casi inexistente tolerancia hacia los más pequeños. Diversas investigaciones muestran que cada vez es mayor la aceptación social de no tener hijos por decisión propia y que proliferan espacios exclusivos para adultos.
En Francia, por ejemplo, una encuesta encontró que el 54 % de la población apoya la existencia de zonas “childfree”, mientras que en Corea del Sur se han documentado más de 500 establecimientos que restringen el ingreso de menores, dando origen a un intenso debate sobre la exclusión de los niños del espacio público.
No se trata únicamente de una estadística demográfica. Es un cambio profundo en la manera como la sociedad entiende la familia, la maternidad, la paternidad y el valor de la infancia. Se está dando más valor a las mascotas que a los niños, basta con ir a un parque para percatarse de cómo los perros son mejor recibidos que los pequeños. Además, se está normalizando cada vez más el adultocentrismo, un sistema de dominación y jerarquía social que sitúa a los adultos en una posición de superioridad y privilegio frente a los niños, minimizando así sus necesidades y derechos.
Más que una crisis demográfica
Los niños son un tesoro para Dios. Jesús mismo dijo: «Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos». (Mateo 19:14). Por eso, para el creyente, no hay manera de ver estos datos sin una perspectiva espiritual.
La Biblia nos ilustra sobre la lucha espiritual ¡y real! que existe y enseña contra los propósitos de Dios (Efesios 6:12; Juan 10:10). Desde esa cosmovisión, podemos interpretar que algunas corrientes culturales que devalúan el matrimonio, la familia o la maternidad forman parte de un conflicto espiritual más amplio.
El pastor de Casa Sobre la Roca, Mario Andrés Santa, explica un poco más este tema: “Desde el comienzo Satanás ha atacado a la creación de Dios. Odia todo lo que Dios ama, la creación de Dios la detesta y dentro de ello, obvio, está la familia. El propósito de la familia de crecer, multiplicarse. Siempre ha atacado la familia, atacó a Adán y Eva y sabemos que a lo largo de la historia ha atacado a la niñez.
Cuando Satanás logra dañar a un niño, (abusos, maltratos, etcétera), pues llega a ser un adulto con un corazón destruido que normalmente no aporta a la sociedad, tiene familias disfuncionales, pero no sólo los daña, también busca adoctrinarlos y viene todo lo que pasa con las ideologías, la educación y, finalmente, pues quiere destruirlos, acabarlos, así como quiso hacer con Moisés y con Jesús.
La Biblia comenta que en los últimos tiempos (y sabemos que estamos cerca), el amor se enfriará. Hoy vemos un amor egoísta y la gente ve a los niños como una carga que les quita la libertad, se convierten en compromisos económicos y el rol que tenemos de instruir, enseñar, disciplinar a los hijos para la gente es molesto, entonces solo buscan entretenerlos.
Satanás logra que se vean como una carga, pero la Biblia muestra a la familia como una institución creada por Dios (Génesis 1:27-28; 2:24) y a los hijos como una bendición: Los hijos son una herencia del Señor. Salmo 127:3 y así quiere Dios que los disfrutemos”.
¿Se puede combatir la niñofobia?
Para Karina Bautista, coordinadora de la Licenciatura en Educación Infantil del Politécnico Grancolombiano quien habló recientemente sobre el tema para el periódico El Tiempo, “Si queremos una sociedad democrática, debemos incluir a los niños como ciudadanos con voz, necesidades y derecho a existir sin pedir permiso. Combatir la niñofobia exige revisar nuestras prácticas y crear espacios donde jugar no sea delito ni reírse sea falta de respeto. En Colombia se han dado pasos para reconocer los derechos de la infancia, pero aún falta participación real, inversión concreta y, sobre todo, un cambio cultural que cuestione el adultocentrismo. No se trata de ‘tolerar’ a los niños. Se trata de convivir con ellos, de respetarlos por lo que son, no por lo que serán”.
La respuesta consiste en volver al propósito de Dios, fortalecer las familias, los matrimonios, apoyar a los padres, valorar la infancia, acompañar a quienes desean formar una familia y proclamar que cada niño posee una dignidad única por haber sido creado a imagen de Dios.

