Cuando la tierra tiembla, no solo se derrumban casas: también se sacude el corazón.
El miedo, la angustia y la tristeza son heridas invisibles que acompañan a miles de sobrevivientes. No estamos bien y no tenemos que fingirlo… Estos días han sido difíciles para todos, para los que aun lloran en silencio, para los que siguen trabajando, para los que solo esperan abrazar a los suyos…”, son palabras de un rescatista que estuvo en Pereira, una de las zonas afectadas por el fuerte terremoto de 7.4 que sacudió a Colombia el pasado 10 de agosto.
Luego de un evento catastrófico, mientras unos quedan con miedo, angustia y mucho dolor; otros albergan una fuerte tristeza porque han perdido a sus seres queridos, no encuentran a sus familiares, y sus viviendas han quedado destruidas. Quedan pasmados, hay vacío, muchos entran en shock, pero, ¿realmente todas las víctimas necesitan ayuda psicológica?
Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente seis a ocho de cada 10 personas afectadas por un desastre o emergencia, experimentan crisis y problemas emocionales que requieren primeros auxilios psicológicos (PAP).
Protocolo abcde
Según Catalina Pimiento existen cinco pasos para realizar ayuda psicológica:
Paso a paso para acompañar a una persona ante una emergencia o desastre
“No es necesario ser psicólogo para acompañar a alguien después de una situación de emergencia”, asegura la psicóloga Clínica Catalina Pimiento a la revista H&C, quien subraya que lo clave es reducir el malestar inmediato, “no es que la persona nunca se vuelva a sentir mal, nunca vuelva a sentir ansiedad, pero sí es dar esa primera contención emocional. Decir: estoy para ti, proporcionarle seguridad”, explica la experta, quien además señala: “es clave que tengas cabeza fría, que estés tranquilo si vas a acompañar a alguien. Si estás estresado, angustiado o ansioso, mejor no lo hagas”.
Pasos para actuar oportunamente
Doris de Barreto, consejera de familia de Logos University, explica a H&C que lo primordial es alejar a la persona del peligro y ponerla en un lugar a salvo: “pero debemos tener cuidado. Por ejemplo, en caso de un terremoto, si la persona está atrapada, debemos cerciorarnos si podemos estar ahí o no. En condiciones normales, hay que alejar a la persona del peligro”.
A: Escucha activa
Dejar que la persona hable sin juzgar, o respetar su silencio si prefiere no hablar.
“En este caso podríamos preguntar ¿cómo estás?, cuéntame qué necesitas, no estás sola, aquí te escucho… así la persona puede soltar lo que quiere expresar. Si está llorando, dejar que lo haga”, cuenta Catalina.
Es clave que el otro sienta que hay alguien con quien puede contar en ese momento. “Saber escuchar proporciona a la persona confianza, empatía. Si está furiosa, frustrada, o dice groserías, estemos tranquilos, escuchemos. Ese es un momento de desahogo y debemos estar sensibles a lo que la persona siente”.
B: Ventilación
Ayuda a la persona a calmar su respiración si está muy agitada o ansiosa.
“Cuando la tierra dejó de moverse, yo seguía temblando por dentro. No podía dejar de llorar, sentía que el miedo me ahogaba. Una voluntaria se sentó a mi lado y me dijo: ‘lo que sientes es válido, tu cuerpo está reaccionando al dolor’. Me tomó la mano y me pidió que respirara despacio, lo hice y me ayudó a calmarme. En ese momento entendí que no estaba sola, que había alguien que me acompañaba en medio del caos”, cuenta Carolina Peralta (sobreviviente del terremoto en Pereira).
En estado de angustia normalmente el corazón se acelera, se va la respiración y es importante también abordar la parte física. “Es clave saber respirar. Imagínate que estás inflando un globo: inhalas por tu nariz y sueltas por la boca. Tratas de inflar tu estómago, tu diafragma, como si fuera ese globo y llevas tu aire ahí. En ese caso puedes decir: vas a respirar, vas a contar hasta cinco, mientras vas inhalando, cuenta tres mientras sostienes y luego exhalas despacio hasta cinco. Estos tiempos de respiración ayudan a calmar y a tranquilizar”, aconseja la psicóloga.
C: Categorización de necesidades: Ayudar a ordenar que necesita resolver primero
Una vez que la persona se ha desahogado, y está un poco más tranquila, hay que empezar a identificar qué necesita. “Es normal que después de la emergencia aparezcan preocupaciones. ¿Dónde está mi familia?
¡Quiero llamar a alguien! ¡Tengo sed! ¿A qué hora puedo ir a mi casa? Entonces, es entender qué es lo más urgente en el momento, si lo más apremiante es que la persona tome agua porque está deshidratada, dar agua. Si por ejemplo quiere saber si su mamá está bien, tal vez sea algo que no podamos verificar, por tanto, no podemos dar falsas esperanzas. Pero lo que podemos hacer es decir: te voy a ayudar a llamar a tu mamá, a enviarle un mensaje, a contactar a algún otro familiar y decir que hacemos todo lo posible para encontrar a esa persona.
D: Derivación
Conecta a la persona con familiares, amigos o ayuda profesional si hace falta.
Si la persona se encuentra sola, y además desorientada, su seguridad está en riesgo. Se aconseja estar con ella hasta que llegue algún familiar o su red de apoyo”, explica Pimiento.
E: Psicoeducación
Explica qué es normal sentir tras una crisis y da consejos simples para seguir adelante.
En esta fase se se les dice a las personas que sus reacciones emocionales —ansiedad, miedo, angustia— son normales y esperables, pues el sistema nervioso permanece en alerta durante días después del evento. El acompañamiento incluye ofrecer herramientas prácticas para manejar estas sensaciones, como ejercicios de respiración o técnicas de orientación sensorial: describir cinco objetos alrededor, percibir sus colores, texturas, olores o sabores, lo que ayuda a disminuir la ansiedad.
“En situaciones de emergencia, los facilitadores pueden proveer elementos simples —una botella de agua, por ejemplo— para que la persona practique este ejercicio de conexión con el entorno. Además, se recomienda reorientar los pensamientos: el cerebro no distingue entre peligros reales e imaginarios, por lo que es clave cuestionar ideas catastrofistas: ¿y si vuelve a temblar? y reforzar la percepción de seguridad, estoy en un lugar seguro, tengo un kit preparado”, explica la psicóloga.
Hablar con la verdad es fundamental. Según la consejera Doris de Barreto, hay que poner a la persona en contexto con los acontecimientos. “Entonces podemos decir: Mira, acaba de pasar esta emergencia, pero aquí estoy para ayudarte. Si necesita ayuda profesional por heridas, no movamos a la persona, no suministremos medicamentos. Es clave llamar a emergencias y solicitar ayuda profesional”.
Frases que debemos evitar
“Tienes que estar agradecido” “Hay personas que perdieron mucho más que tú”, “Lo material se recupera”, “Ya pasó, no pienses en eso”, “Tienes que ser fuerte”, “Ya tranquilízate, no pasó nada” y “Cálmate, no llores”.
“No minimicemos el dolor de una persona. Seamos prudentes y pongámonos en sus zapatos. Nadie conoce el dolor tan profundo que puede sentir el niño, joven o adulto en ese momento”, enfatiza Doris de Barreto.
Por otro lado, muchas veces tras una emergencia, lo que hacemos instintivamente es abrazar, pero ¿qué tan presta está la persona para recibirlo? “Hay personas que les ayuda el contacto físico para calmarse, pero siempre es aconsejable preguntar: ¿Puedo darte un abrazo? ¿Puedo darte la mano? Si la persona no quiere, respetemos sus límites”, explica Pimiento.
En el caso de los niños, también hay que preguntarles si quieren un abrazo. “Lo más seguro es que extrañen a sus papás, al peluche, a su mascota y el contacto físico muchas veces es un canal para transmitir seguridad y tranquilidad. Pero siempre hay que hacerlo con prudencia”, añade de Barreto.
Señales de alerta para buscar ayuda profesional
Aunque muchas reacciones emocionales tras un desastre son normales, existen indicadores que muestran la necesidad de atención especializada. “Si el miedo o la ansiedad persisten dos o tres meses después del evento sin mejorar, es una bandera roja. También lo son los problemas de sueño —pesadillas, gritos nocturnos, sobresaltos recurrentes—, el aislamiento social tras ataques de pánico, o cambios drásticos en el comportamiento como irritabilidad, agresividad o tristeza constante. Otros signos incluyen la dificultad para retomar actividades cotidianas (trabajo, estudio, rutinas), descuido del aspecto personal, pérdida de hábitos de alimentación y una sensación permanente de peligro que afecta la calidad de vida. Cuando estos síntomas interfieren con el día a día, es momento de acudir a un profesional de la salud mental”, alerta la consejera de familia.
La importancia de la fe en medio de la tragedia
Hay momentos en que la angustia es tan fuerte que la persona necesitada pide oración, pide una palabra de ánimo y ahí es cuando nosotros como cristianos debemos aprovechar para hablar de Jesús, orar y levantar al prójimo. En este punto, la consejera explica que “la fe en Dios es la única medicina afectiva que puede levantar a alguien en todo tiempo y circunstancias. Aquí es importante que la persona crea que Dios está en medio de esa situación, que Él es soberano, poderoso y es la mejor ayuda en tiempo de crisis. Muchas veces la persona pregunta ¿Y dónde estaba Dios? Es normal que lo haga. No juzguemos. Es válido expresar esas emociones. Por eso tanto pastores, líderes y consejeros, debemos animar. ¿Qué dice la Biblia? Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados. Y en una emergencia ¿cómo vamos? ¡Con miedo! Estamos con temor, con pánico. Por eso debemos llevarlos a la fe, para que aprendan a expresar sus emociones: Señor, no sé qué hacer, pero Tú sí lo sabes.
Algo hermoso es que Jesús invita a las personas cargadas y agobiadas a unirse a él, prometiendo que su yugo es suave y su carga es liviana para el descanso. Déjale a Dios tu carga, entrégale ese dolor emocional, ese dolor físico, esa pérdida, ¿sabes por qué? Porque Él pasó por todo eso y pudo experimentar en la cruz del Calvario lo que es sentir ese dolor.
Como Él ya lo experimentó nos puede entender, porque Jesús es apacible y él es humilde de corazón y por eso solamente en Él, encontraremos descanso para el alma. Jeremías 17:7-8 dice: »Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en él. Será como un árbol plantado junto al agua que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia y nunca deja de dar fruto». Pongamos nuestra fe en Dios y no en las circunstancias. Y en toda época de sequía, terremotos, hambre, enfermedad, guerra, etc., no dejemos de dar fruto, aunque nuestro futuro sea incierto. ¿Por qué razón? Porque nuestra confianza está solamente en esa fuente viva, en Dios, el Autor y el Consumador de nuestra fe”, dice Doris de Barreto.
Recordemos que la oración tiene poder. Oremos por aquellos que están en medio del dolor y expliquemos a las personas que a Dios no se le sale nada de las manos. “Él nos acompaña en la tristeza, en el duelo, con él nos podemos desahogar en libertad, decirle lo que sentimos, lo que pensamos. Como cristianos sabemos que tenemos un Dios que está pendiente hasta de los pajaritos, así que confiemos. Dios lo hará”, indica Pimiento.

