El Evangelio nos relata el extraño milagro de aquel ciego a quien Jesús toca dos veces para que pueda ver.
¿Por qué dos veces? ¿No podía acaso el Señor hacer esta sanidad de un solo toque? El episodio tiene contenido simbólico: Los ojos, no acostumbrados a la luz, se lesionan bajo el primer toque. Todo se ve confusamente, como árboles. El neófito se halla bajo ese primer toque; todo lo que ve son árboles: El pastor es un árbol, los ancianos y diáconos son árboles, los hermanos de la iglesia árboles también.
Algunos siguen en el primer toque denominacional: tristemente somos árboles los unos para los otros, hasta convertir a la iglesia en una nueva Babel, donde ya nadie entiende el habla de su compañero.
Todos necesitamos un segundo toque del Señor para ver claramente y de lejos, como el invidente de Betsaida. No nos rodean árboles, sino hombres por los cuales Jesús derramó su sangre desde el madero.
A veces los árboles nos impiden ver el bosque, la enorme variedad del Cuerpo del Señor. Yo entiendo el primer toque como la iglesia sembradora, y el segundo, como la iglesia segadora. Uno es el que siembra, otro es el que siega. El Señor al llamarme me dijo: «Tú no sembraste, otros sembraron, pero yo te permito entrar en sus labores». Por lo tanto, sinceramente, no soy experto en siembras, sino más bien en cosechas.
Meto la hoz y recojo el producto de lo que fue sembrado durante largos años por otros. Y todos los días en mis devociones doy gracias a mi Señor y Salvador por los misioneros, que abonaron con sudor y lágrimas el surco y sembraron en él su propia sangre para que hoy Latinoamérica tenga la gloriosa vendimia que estamos almacenando en los depósitos del reino.
Hay un pueblo bajo Moisés en el desierto. Hay otro pueblo bajo Josué en Canaán. Moisés es el primer toque, Josué es el segundo. Y aun cuando algunos siguen con nostalgia del desierto, es hora de dar las vueltas reglamentarias, clamar el grito de victoria, derribar la muralla y tomar la tierra prometida. Hay un David y un Salomón. David es sembrador, Salomón es segador.
El padre es el primer toque, el hijo el segundo toque. Es hora de asentarse y establecerse, pactar la paz con los vecinos y construir el templo.
En este orden de ideas, la ley es el primer toque, el Evangelio el segundo toque. Bajo el primero, Pablo solo era un fariseo como cualquier otro; el segundo, que le llega camino a Damasco, lo ciega con el resplandor celestial, pero ese trauma es el que le permite ver después con claridad al mundo entero como un campo apto para sembrar la civilización cristiana.

