El eco de la eternidad

por Revista Hechos&Crónicas
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“¡Eternidad! ¡Eternidad! ¡Quisiera gritar esa palabra por todas las calles de Sídney!”.  Aquellas palabras resonaron en Arthur como un llamado directo de Dios.

En la sociedad se exaltan los triunfos visibles: los premios, la fama y los reconocimientos que reciben quienes están bajo los reflectores. Sin embargo, detrás de cada logro casi siempre existen personas silenciosas que no son vistas ni aclamadas.

Esa realidad terrenal también ilumina una verdad espiritual: la ambición del creyente no debe centrarse únicamente en alcanzar un púlpito o un puesto de honor dentro de la iglesia, aunque predicar desde allí es un privilegio que exige responsabilidad, no es la única forma de anunciar a Cristo. El verdadero “púlpito” puede encontrarse en la vida diaria de cada persona.

Todas las profesiones y oficios pueden convertirse en escenarios para predicar con el testimonio: estudiantes, panaderos, médicos, arquitectos o empleados pueden anunciar la salvación de manera sencilla y silenciosa a través de su comportamiento. La vida misma puede ser un mensaje, y la constancia en el bien, un sermón que impacta a otros. Esta verdad cobra vida en la historia real de Arthur Stace, un hombre australiano cuya existencia aparentemente insignificante terminó dejando una huella espiritual profunda y duradera.

La historia de Stace fue recopilada por el periodista Keith Dunstan en su libro Ratbags (1979). Arthur nació en 1884 en Balmain, Sídney, en un hogar marcado por el alcoholismo, la violencia y la delincuencia. Su padre era agresivo, varios de sus hermanos pasaron años en prisión, y él mismo comenzó a beber a los 12 años. A los 15 ya había sido arrestado. Era un hombre de baja estatura, desnutrido y con pocas oportunidades. Trabajó en una mina de carbón y más tarde sirvió como camillero en  la Primera Guerra Mundial, donde perdió la visión de un ojo.

Después del conflicto, su vida se hundió más en el alcohol y la pobreza. Vagaba por las calles, pedía limosna y visitaba centros psiquiátricos sin lograr dejar la bebida. Estuvo a punto de ser internado por orden judicial.

Todo cambió en 1930. Atraído inicialmente por la oferta de té y pasteles, Arthur asistió junto con cientos de indigentes a un sermón evangélico. Allí empezó su proceso de conversión. Con el tiempo, se vinculó a una iglesia, colaboró en obras de beneficencia, predicó ocasionalmente y, ya mayor, contra todo pronóstico, se casó. Pero lo que realmente transformaría su vida ocurrió una tarde en un servicio dominical donde la prédica del pastor John Ridley llevó como título: “Los ecos de la eternidad”, basado en Isaías 57:15, un verso donde Dios declara que habita con el humilde y el quebrantado de espíritu. Durante el sermón, el pastor exclamó: “¡Eternidad! ¡Eternidad! ¡Quisiera gritar esa palabra por todas las calles de Sídney!”.  Aquellas palabras resonaron en Arthur como un llamado directo de Dios. Conmovido, tomó una tiza y, aunque casi no sabía escribir, se agachó y trazó la palabra Eternity en una hermosa letra cursiva que él mismo consideraba un milagro.

Ese acto espontáneo se convirtió en su misión durante los siguientes 35 años. Arthur se levantaba cada día a las cuatro de la mañana, oraba y salía a escribir Eternity unas 50 veces diarias, siempre de manera anónima. Se calcula que lo hizo más de medio millón de veces. Sus escritos aparecían en calles, entradas de edificios, esquinas y hasta en Melbourne, a cientos de kilómetros de distancia. También escribió “Dios primero”, “Obedecer a Dios” o “Dios o pecado”, pero finalmente volvió a Eternity, convencido de que esa palabra invitaba a otros a pensar en la vida eterna.

Un artículo de periódico Sun Herald de Sydney (Australia) donde se trataba de indagar sobre el escritor con tiza de Eternity en 1963.

Su apariencia impecable —traje, corbata y sombrero— contrastaba con su origen humilde y turbulento. A pesar de su transformación, nunca buscó fama. Vivió en casas para indigentes y mantuvo en secreto su identidad como autor de los misteriosos mensajes hasta que, en 1956, el pastor de su iglesia lo descubrió. La noticia se difundió rápidamente y en 1964 incluso se transmitió por radio. Arthur Stace murió en 1967, pero su legado continuó vivo. Tan profundo fue su impacto que, al iniciar el nuevo milenio, la palabra Eternity fue iluminada sobre el icónico Harbour Bridge de Sídney durante las celebraciones de Año Nuevo del año 2000. Fue un homenaje a aquel hombre sencillo cuya vida se convirtió en un recordatorio constante de la eternidad y del poder transformador de Dios. Para muchos australianos, su letra sigue siendo símbolo de esperanza y reflexión.

La vida de Stace enseña que no se requiere grandeza humana, prestigio ni escenarios visibles para cumplir el propósito de Dios. Se necesitan obediencia, humildad y perseverancia. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. Gálatas 6:9. Dios honra en su momento perfecto a quienes le sirven con sinceridad, aunque el mundo no los vea. En una época en la que la sociedad se enfoca en lo material y en obtener reconocimiento temporal, esta historia nos invita a recuperar la perspectiva de la eternidad y nos anima a ser, como Arthur, un eco sencillo, silencioso, fiel y transformador de la Palabra de Dios en nuestra vida diaria.

Por: Olga Cepeda, fonoaudióloga experta en desarrollo de la retórica oral y escrita, Universidad de Harvard.  
Foto: Archivo particular (Prinicpal) – Australia Government

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