Cuando somos creyentes de mucho tiempo, conocemos la palabra de Dios y tenemos una relación con él, sentimos que lo hemos encontrado todo, el problema es que nos volvemos confiados, cómodos y dejamos de esforzarnos.
Frente a esto, el apóstol Pablo dice: Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús. Filipenses 3:13-14.
Muchos, creyendo que ya alcanzaron la meta, comienzan a enfriarse. La relación con Dios deja de ser cercana para convertirse en una lista de cosas por hacer para agradar a Dios. El principio es sencillo: debemos obedecerlo para agradarle.
Servimos a otros, leemos su Palabra, asistimos a la iglesia cada que abre y estamos en cuanta reunión de oración a la que se nos llama. Pero algo pasa… no somos felices, ni vivimos en el gozo que Dios nos ha prometido.
Lo que ocurre es que a veces convertimos las cosas que Dios nos ha mandado a hacer en deberes que hacemos por obligación y no por amor, por obediencia, pero sin amor en el medio.
Y comenzamos un proceso de enfriamiento en el que sentimos desgano por las cosas de Dios e inevitablemente la relación se enfría. Leemos la Palabra de afán, nos congregamos solo cuando debemos servir, ayudamos a la gente por obligación, oramos para que otros escuchen, pero en medio de esto, nos hemos apartado del amor de Dios.
Conozco tus obras, tu duro trabajo y tu perseverancia. Sé que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que dicen ser apóstoles, pero no lo son; has descubierto que son falsos. Has perseverado y sufrido por mi nombre sin desanimarte. Sin embargo, tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor. Apocalipsis 2:2-4.
¿Qué podemos hacer?
Lo primero es comprender que, aunque la obediencia es importante, lo que nos mueve es el amor. No podemos llegar a orar con un listado de peticiones a Dios y no adorarlo y honrarlo. No se trata de una transacción, de una relación comercial entre Dios y nosotros en la que le mostramos cuánto lo obedecemos, para que Él derrame sus bendiciones sobre nosotros. Podría parecer que así funciona, pero no.
Porque lo primero y más importante es amarlo. Así lo dijo Jesús en Marcos 12:29-30: El primer mandamiento de todos es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”.
Y es que la fe, el cristianismo y todo nuestro sistema de creencias solo se hace real y tangible cuando estamos enamorados. Verdaderamente enamorados.
Lo que necesitamos es revivir el amor que sentimos por Dios y vivirlo realmente. ¿Cuántas historias románticas hemos escuchado en las que los personajes hacen verdaderas locuras por amor? Muchos tenemos una historia así para contar. Hacemos todo por amor, aun lo que no disfrutamos. Por amor soportamos mucho más de lo que merecemos. Por amor nos esforzamos, hacemos más de lo que se espera de nosotros, damos la milla extra y no nos cuesta ni nos duele.
Si nuestro ser amado nos pide un favor incómodo, lo hacemos con gusto sin importar nada, solo por ver su cara sonriente. Cambiamos pañales porque amamos al pequeño bebé que los ensucia. El amor mueve nuestras acciones. Y así debe ser con Dios.
Juan 14:15 dice: Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y lo que dice este pasaje no es que si amamos a Dios vamos a vivir una lucha diaria por demostrarlo. No es una competencia ni una muestra de nuestro afecto por Dios. ¡No! Lo que significa este pasaje es que, si amamos a Dios, nos nacerá voluntariamente obedecerlo. Aunque sea difícil o nos cueste, el amor hará que la obediencia fluya.
Y es aquí donde el pasaje de 1 de Corintios 13:1-8 toma un mayor significado: Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios; si poseo todo conocimiento, si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, si entrego mi cuerpo para tener de qué presumir, pero no tengo amor, nada gano con eso. El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue.
Si no amamos a Dios, realmente invadidos de amor por Él, nada somos y lo que hagamos carecerá de sentido. Pero, ¿qué es lo más hermoso de esto? Que, como dice 1 Juan 4:19: Nosotros amamos porque Él nos amó primero. El sacrificio de Jesús en la cruz es una clara demostración de su amor hacia nosotros. No hay amor más grande, pues gracias a esto pasaremos la eternidad disfrutando de un amor inagotable.
Pero a Dios no les basta con esto y nos deja una declaración diaria y personal en cada pasaje de la Biblia, pues dice que entre todas las personas que habitan esta tierra, nos ha llamado a cada uno por nuestro nombre:
Pero ahora, así dice el SEÑOR, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas. Yo soy el SEÑOR tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador; yo he entregado a Egipto como precio por tu rescate, a Cus y a Seba en tu lugar. Porque eres precioso a mis ojos y digno de honra, yo te amo. A cambio de ti entregaré pueblos; a cambio de tu vida entregaré naciones. Isaías 43:1-4.
Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com
Foto: Freepik (Foto usada bajo licencia Creative Commons)


1 comentario
Gracias por este artículo. Considero que el amor y la obediencia son dos caras de la misma moneda ya que es importante recordar que cuando le preguntaron a Jesús sobre cuál era el mandamiento más importante él respondió: ‘el más importante es: Oye Israel, el SEÑOR nuestro Dios es el único SEÑOR. Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con toda tu alma y con todas tus fuerzas’ (Marcos 12.29-30); Jesús no dijo que a partir de su venida esto era una opción, ni que era una mera respuesta humana al Nuevo Pacto establecido por Dios, no. Jesús señaló que ‘es’ el mandamiento más importante, y un mandamiento se obedece o no se obedece, no hay más opciones. Parece que el ser humano no ama sin que haya algo de por medio, sin que algo pase primero; Juan dice: ‘Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.’ (1 Juan 4.19) Si Jesús no hubiese venido primero, por amor, ninguno lo amaríamos a él porque sí, y además confirma que amar a Dios es un acto de obediencia, de lo que se puede desprender que obedecerlo es amarlo así como amarlo es obedecerlo, teniendo presente que pretender amar a Dios sin obedecerlo, tiende al libertinaje, y afirmar obedecer a Dios sin amarlo, se parece al legalismo.
‘Él contestó:
—Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes, hipócritas, según está escrito:
»“Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me adoran;
sus enseñanzas no son más que reglas humanas”.’ (Marcos 7.6-7)
Gracias, bendiciones.