El regalo más extraordinario: Jesús

por Revista Hechos&Crónicas
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Él, fue, es y será el regalo más extraordinario enviado a nosotros y a toda la humanidad.

Una mañana, después de recorrer el campo, me senté en un quiosco que, de manera ingeniosa, reemplazaba su techo con las ramas de un frondoso árbol de cedro, a través del cual se podía vislumbrar el cielo y el radiante sol. Mirando el panorama, de repente recordé mi infancia y las celebraciones de Navidad que compartíamos en familia con papá, mamá y mis dos hermanas.

“Mechitas”, la mayor, con hermosas pecas que le adornaban su carita redonda, siempre, llevaba margaritas de adorno en la cabeza, callada, tímida, centrada y práctica.

“Cominito”, como le decía cariñosamente mi padre, un poco más pequeña, de enormes ojos cafés, le encantaba saltar piedras en el río. Alegre, proactiva, parlanchina y muy sociable.

Yo, el más pequeño, me decían Cantinflas, porque siempre estaba con los pantalones escurridos. Normalmente me gustaba arrastrarme en el piso cuando jugaba con los perros, con sonrisa picarona, inquieto y despreocupado.

Con mucha ilusión y entusiasmo celebrábamos esta fecha tan especial. Habitualmente, mamá era la que armaba el pesebre con gran esmero. Papá, por su parte, se encargaba de conseguir el árbol de pino y decorarlo. Los tres usualmente éramos inseparables, sobre todo cuando de jugar y diversión se trataba, siempre le hacíamos pilatunas, desordenábamos las luces y escondíamos las bolitas de colores.

Recuerdo, que en una Nochebuena, nuestros padres, estaban terminando los preparativos para el festejo, nosotros, intrigados, nos preguntábamos entre sí ¿Qué regalos nos traerá este año el niño Jesús?

Mechitas exclamó tímidamente —yo, deseo, unos zapatos de charol amarillo, con una hermosa carterita que hagan juego.

Cominito miraba con curiosidad en el árbol y dijo_ —yo quiero un vestido rosado muy vistoso y una hermosa muñeca de trapo.

A mí me gustaría —dije con emoción— un enorme carro de bomberos y un balón de voleibol, pero se me ocurre que podríamos darle un regalo también a él ¿Será que le gustarán?

Pregunté con inocencia, mirando al cielo en busca de una estrella.

En la casa había un gran alboroto, más que de costumbre. Nosotros, agotados y con sueño, nos quedamos dormidos antes de la media noche. De pronto, un gran murmullo y el “bum” de la pólvora, nos despertó.

Bajamos sigilosamente las escaleras y corrimos hacia el árbol a destapar los regalos. Al verlos, ¡Oh, sorpresa! Eran tal cual como lo habíamos imaginado.

¡No lo puedo creer! –Exclamó Mechitas – ¿Se dan cuenta, de que no es un sueño? Jesús, cumplió todos nuestros deseos. Atónitos, sin salir del asombro, Cominito y yo, como cosa rara, nos quedamos muy callados.

Hoy solo somos Cominito, mamá y yo, en contraste con nuestra niñez. En realidad, tengo la seguridad y la certeza de que mi amado Jesús no necesita de nuestros regalos, porque Él, fue, es y será el regalo más extraordinario enviado a nosotros y a toda la humanidad como muestra del gran amor del Padre.

Por: Hilda Cristina López – forjatalentos@gmail.com
Foto: Freepik. 

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