El cristianismo requiere que en el creyente se despierte el anhelo de convertirse en una suerte de investigador de lo que Dios ha dicho.
El hecho de que Dios haya decidido revelarse a la humanidad en Su Palabra escrita implica en el creyente el compromiso de cultivar la disciplina de leer las Escrituras, haciéndolo con devoción, como se nos ilustra en el Nuevo Testamento: Fue a Nazaret, donde se había criado, y un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre. Se levantó para hacer la lectura. Lucas 4:16.
No basta con que se convierta en un lector asiduo de las Sagradas Escrituras, sino que debe entenderlas y practicarlas como lo invita el Señor mediante su frecuente proclamación “el que tenga oídos que oiga y que entienda” o con la exhortación de llevar a la práctica la palabra cuando afirma:
Por tanto, todo el que me oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Mateo 7:24.
Teniendo en cuenta lo anterior, el cristianismo que se rige por las enseñanzas del Señor exhibe un estilo de vida razonable que requiere que en el creyente se despierte el anhelo de convertirse en una suerte de investigador de lo que Dios ha dicho. Además, debe cultivar una serie de disciplinas espirituales que le permitan estar alerta a la revelación del Espíritu Santo quien habita en el interior del creyente y le recuerda a este lo que el Señor enseñó.
Conocer las Escrituras es crucial para identificar y denunciar herejías, errores y falacias como la teología de la prosperidad o las ideas emanadas del mestizaje religioso. Incluso, es clave para evitar confusiones sobre el mensaje del evangelio y la justificación de nuestras malas acciones sacando de contexto porciones bíblicas, problemas que se vienen dando desde el cristianismo primitivo como lo dice el apóstol Pedro en 2 Pedro 3:16-18.
La teología es la ciencia que nos permite acercarnos a las ideas sobre Dios y en el caso particular de la teología cristiana, se trata de una ciencia experimental en la que se pone en práctica la verdad del evangelio.
La experiencia de múltiples personas que han estado en contacto con Dios no solo nos ha dejado un mapa doctrinal, sino la enseñanza de que es necesario navegar las aguas profundas del Maestro y permanecer en ellas para que se desarrolle una suerte de metamorfosis espiritual. Sin embargo, antes de buscar permanecer con el Maestro y que por Su misericordia se de esa transformación, el creyente debe calcular el costo de su decisión porque se trata de una labor ni fácil ni efímera. (Leer Lucas 14:28).
Dar el paso hacia esa transición implica el deseo de buscar de manera intencional oír, leer, entender y practicar lo enseñado por el Señor Jesús y en algún momento dejará de ser un simpatizante más y cuando acepte el llamado del Señor se convertirá en uno de Sus discípulos.
Entonces dejará de usar un ropaje espiritual convencional y pasará a usar la armadura de Dios. Ahora, el discípulo usa la Palabra para defenderse de las falsas enseñanzas o de las tentaciones, tal y como el Maestro lo enseña cuando fue tentado en el desierto. El discípulo pone en práctica bajo la dirección del Espíritu Santo diversos hábitos, como la oración y el ayuno, enseña lo aprendido y discípula, todo esto siguiendo los principios establecidos por el Maestro y consignados en el Nuevo Testamento.
Similarmente como los deportistas o artistas se trazan objetivos y poseen motivos que los impulsan a permanecer en sus diciplinas, los objetivos del discípulo del Señor deben ser: saber el evangelio, saber hacer el evangelio y saber ser el evangelio.
Sus prácticas espirituales deben estar motivadas por aprender a vivir una vida de amor a Dios, al prójimo y a ellos mismos. Como ocurre en los deportes o en el arte, el conocimiento que emerge de practicar el evangelio no se puede obtener solo con la teoría porque la letra sin la vida del Espíritu Santo es letra muerta. En otras palabras, el discípulo debe interiorizar las enseñanzas del Señor a través de su aplicación, por ejemplo, como cuando un escalador de muro interioriza la técnica correcta de sus movimientos a través del ensayo y error.
En la escalada el escalador está equipado con unos zapatos de goma, si es necesario de cuerdas y arneses. Tiene en frente un muro artificial o en roca natural que debe subir por rutas predefinidas.
Esto lo hace normalmente con la ayuda de otros escaladores, exigiendo al máximo su cuerpo y su mente para no sucumbir ante la atracción de la gravedad. Semejante a la batalla de los escaladores contra algo natural, la gravedad, los discípulos batallan contra la naturaleza humana que reside en ellos, herencia del pecado original que los quiere esclavizados a los deseos de la carne teniendo vidas mediocres y arruinadas. Mientras los escaladores suben un muro enfocando su atención en cada movimiento ya que cada decisión hacia la meta cuenta, los discípulos de Cristo enfocan su vida y luchan para evitar las distracciones del mundo que los incitan a disiparse a cambio de nada. Mientras los escaladores estudian minuciosamente las rutas con el objeto de ser eficientes a la hora de subirlas, los discípulos estudian con detalle y gozo la hoja de ruta que le muestra el Espíritu Santo para vivir un día a la vez.
En la práctica de la escalada en muro es recomendable no subestimar pequeños progresos y tener consciencia plena de la dificultad y las condiciones de la ruta ¿Tiene el discípulo plena consciencia de la dificultad del camino al lado del Maestro y que es Él quien lo fortalece?
El escalador usa la fricción a su favor, a veces debe colgar de rocas diminutas que le generan dolor y cuando se cae por más esfuerzos que haga siente frustración, pero sabe que el sufrimiento y el fracaso hacen parte del entrenamiento ¿Son el dolor y la frustración usados por el discípulo para aumentar su resiliencia y constancia como lo hace el escalador? El fracaso es solo el comienzo de un camino de aprendizaje. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. Porque, ¿qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Hebreos 12:7.
Cuando se reúnen a practicar juntos el escalador se alegra de los avances de sus compañeros, les grita ¡vamos, ya van a llegar! Anima al que lucha con las mismas rutas y a quien aparentemente se estanca, apoya y cuida al que sufre caídas y se lastima, aconseja recordando con claridad a quien se puede caer y lastimar los principios de la escalada. En ocasiones el escalador logra cosas que no esperaba y se anima, en otras no logra nada y se autorregula, unas veces debe esperar a que otros escaladores tomen la iniciativa intentando una ruta, otras veces les marca el camino a otros. Algunas veces observa en silencio, muestra empatía y respeto por el que se lastima al tomar malas decisiones al no reconocer sus circunstancias particulares, pero no lo juzga, en cambio le da la mano y lo ayuda a levantarse.
Algunas veces motiva a que otros escaladores lo intenten y a los que desisten de entrenar los espera con paciencia y cuando regresan los recibe con alegría. También aprende que el reposo es crucial entre entrenamientos, que la excesiva confianza puede jugarle muy malas pasadas y puede caer y lastimarse como otros.
Así como el discípulo, el escalador se cae una y otra vez y vuelve a intentarlo de nuevo, mientras su perseverancia y constancia aumentan.
Pero es el Señor quien toma al discípulo por la mano derecha, lo ayuda a levantarse y sus pies y tobillos son sanados y fortalecidos como el apóstol Pedro lo hizo con quien lo necesitaba. …Y tomándolo por la mano derecha, lo levantó. Al instante los pies y los tobillos del hombre cobraron fuerza. De un salto se puso en pie y comenzó a caminar. Luego entró con ellos en el Templo con sus propios pies, saltando y alabando a Dios. Hechos 3:7-8.


1 comentario
excelente estudio y de gran ayuda para el crecimiento espiritual, por ejeplo eso de tomar la mano derecha para levantar a una persona es de mucha importancia voy a leer más