El enemigo despliega ante nuestros ojos una gran variedad de puertas, como en los distritos rojos de las grandes ciudades se anuncian con efectos de neón las atracciones: casinos, burdeles, bares gay, expendios de drogas, cine rojo, striptease; y, también, quiromancia, tarot, carta astral, regresiones, etc.
Las puertas de la tentación nunca se cierran: permanecen entreabiertas cuando no desplegadas de par en par.
En la entraña siniestra de tales establecimientos comerciales hay un ambiente enrarecido, tanto físico como moral: las tinieblas lo rigen todo, interrumpidas por música fuerte y luces fluorescentes; la nube tóxica está cargada por humo, olor a alcohol y alucinógenos; Eros y Baco, tomados de la mano, serpentean entre las mesas y las parejas de bailarines sin tapujos ni máscaras.
Hay otras puertas peligrosas, aunque no lo parezcan tanto: el adulterio es una que suele estar camuflada, como las portezuelas de escape escondidas tras anaqueles de libros, y que hacen de estos, cómplices inocentes de salidas hacia galerías que desembocan en escondrijos insospechados.
Pese al franco descaro con que actúa la gente postmoderna, el adulterio sigue siendo, sigiloso y secreto, pero siempre letal. Por eso Salomón le encarece a su hijo: Aléjate de la adúltera; no te acerques a la puerta de su casa. Proverbios 5:8.
Enamorarse de alguien que no es el propio cónyuge, o del cónyuge ajeno, es la tentación más terrible por la que puede atravesar un hijo de Dios y nadie está exento de esa prueba de fuego que consume las entrañas. Muchos buenos ministros del evangelio vieron arrasadas sus familias y destruidas sus iglesias por cruzar las puertas del adulterio al caer en los brazos de alguna beata de alma insaciable, como hay tantas por ahí como podemos leer en Proverbios 9:13-18.
La Biblia vincula este pecado con la muerte. El adúltero, aun cuando no fallezca físicamente -cosa que también suele ocurrir- experimenta varias formas de deceso: ve morir el amor, la paz del corazón, el equilibrio de la mente, la solidez social, la sonrisa de los labios; mata la confianza, asesina la seguridad de otra persona, y la de terceros; y muere un poco él mismo. Su relación con Dios se llena de sobresaltos y temores: si es un creyente, se observa sucio en el implacable espejo de la conciencia; si no lo es, sufre la impresión de que su distancia de Dios crece años-luz; incluso si es un ateo, siente que el piso se desintegra bajo sus pies.
Algunos invocan el famoso adulterio de David con Betsabé, como si la inclusión de hecho tan escabroso justificara la comisión de tal pecado; y, si bien es cierto que Dios perdona a cualquier adúltero que se arrepienta de corazón, como lo hicieron los personajes bíblicos mencionados, no deben olvidarse las horribles consecuencias que de tal locura se derivaron: el fallecimiento del niño concebido por el pecado; la violación incestuosa de Tamar por Amnón y la muerte de este a manos de Absalón; la sedición del último y su trágico deceso; y toda una cadena de calamidades a granel.
…el que comete adulterio es falto de juicio; el que así actúa se destruye a sí mismo. Proverbios 6:32.

