Sea buen cristiano y buen ciudadano en 2023

Por Revista Hechos&Crónicas

Anda entonces y haz tú lo mismo. Lucas 10:37b.

La parábola del buen samaritano es en mi opinión la más importante de las narradas por Jesús en su ministerio terrenal. Lo es porque marca un antes y un después de la Ley de Moisés. En el relato, un pretensioso experto en la ley se acerca para preguntarle qué debe hacer para ganar la vida eterna, seguro de que la respuesta le será favorable porque él ha cumplido con todo lo que la ley de mosaica ordena. Jesús le responde, “haces bien”. Pero el hombre, esperando quedar todavía mejor ante el maestro pregunta, “¿quién es mi prójimo?”

Esta pregunta le da pie a Jesús para desplegar en una sola historia una magnífica lección de teología social. A primera vista, la historia es simplemente una de las formas en que Jesús les echaba pullas elegantemente a los fariseos. Pero si nos detenemos a leerla con cuidado, es una invitación palabra por palabra, para que dejemos nuestra zona de confort y cumplamos con nuestra responsabilidad como cristianos hacia la sociedad.

Extraigo de los 12 versículos que componen esta parábola, un decálogo ético para aplicar la responsabilidad ciudadana que todo cristiano debería practicar en este 2023 y a lo largo de su vida:

Jamás creer que he hecho lo suficiente

El experto en la ley no solamente quería poner a prueba a Jesús con su pregunta, sino demostrar que él había hecho lo suficiente para ganar la vida eterna. Con su respuesta Jesús demuestra cuán equivocado está, pues se necesita mucho más que cumplir la Ley a pie juntillas para hacer lo que agrada al Dios del Nuevo Testamento.

No seguir de largo cuando alguien necesite de mi ayuda

Los ladrones le quitaron ropa y dinero al hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. Lo vieron medio muerto un sacerdote y un levita. El menos pensado, un samaritano, fue quien se detuvo. Y no se detuvo como lo hacemos los colombianos cuando vemos un accidente en carretera, solo por curiosidad y morbo. Este hombre se bajó de su caballo y se interesó verdaderamente por el malherido.

No excusarme en mis ocupaciones para dejar de hacer el bien

Seguramente el sacerdote y el levita tenían compromisos importantes que cumplir en Jericó. Predicar, dar clase, presentar un sacrificio… No lo sé. Pero me imagino que lo primero que pensaron al ver al hombre tendido en el suelo fue en cuánto los retrasaría el detenerse a ayudarlo. No digo que el samaritano no estuviera ocupado también. Pero él dejó a un lado su afán personal y le dio el primer lugar al llamado a la solidaridad que lo impulsó a hacer el bien en ese momento.

Evitar que mis prejuicios me impidan actuar

No debió haber sido fácil para el samaritano ayudar a este hombre malherido. Pudo haber pensado que se trataba de una trampa de otros ladrones al acecho. Con seguridad también pensó que el hombre que yacía ahí medio muerto era un judío, como la mayoría de personas de la región. ¿Para qué detenerse a ayudarlo si no era un samaritano como él? Pero fue más fuerte el llamado del deber que sus prejuicios, y decidió actuar sin importar el origen, la cultura o los riesgos que pudieran significar.

Hacer con mis manos lo que esté a mi alcance

No en vano Jesús nos cuenta que el samaritano le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó él mismo. Una tentación común que tenemos cuando vemos que alguien necesita ayuda es pedirle a un tercero que lo haga. El samaritano pudo haber buscado a otra persona que pasara por el camino, dar algún dinero a cambio de que lo ayudara, y seguir de largo sintiendo algo de satisfacción personal por haber socorrido a la víctima del robo a través de otra persona. Pero no. Jesús nos invita a ensuciarnos las manos, untarnos de sangre y de barro, bajarnos de nuestro caballo y limpiar nosotros mismos las heridas del adolorido.

Caminar la milla extra

Curar las heridas habría sido suficiente para que el samaritano sintiera que había hecho lo bueno. Sin embargo, no se conformó con vendar al herido. Lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Asegurándose así de que el hombre tuviera las condiciones óptimas para recuperarse por completo de la agresión.

Utilizar mi propio dinero cuando sea necesario

Las dos de plata (denarios) que el samaritano pagó al dueño del alojamiento eran una cantidad significativa de dinero. Eran el equivalente al pago de una semana de trabajo en ese entonces. El samaritano no solo utilizó su propio vino, aceite y caballo para ayudar al hombre herido, sino que se metió la mano al bolsillo para garantizar que se le diera una atención digna.

Usar los recursos que tengo a la mano

El samaritano pudo haber utilizado como excusa el hecho de que solo tenía un caballo y que no podía llevar entonces al hombre lejos del lugar donde fue asaltado. En lugar de hacerlo, gastó de su propio vino y aceite para sanar al herido, y luego se bajó de su propio corcel para montar en él al hombre que seguramente no podía ni caminar. Entre Jerusalén y Jericó hay 24 kilómetros. A pie es una caminata de ocho horas. No sabemos en qué punto del camino sucedió el encuentro, pero sea cual fuere la distancia, significó un sacrificio para el hombre que planeaba hacerlo todo a caballo y al final tuvo que hacer gran parte a pie.

Hacer seguimiento a la obra que he apoyado

El samaritano pudo haberse marchado sintiéndose satisfecho por haber dejado sano y salvo al hombre herido en una posada. Pero Jesús nos invita a ir más allá. Por eso resalta cuando el samaritano le pide al dueño del alojamiento “cuídemelo, lo que gaste usted de más se lo pagaré cuando vuelva”. Es una lección para no olvidar. No dejarnos engañar por la sensación de haber hecho el bien, sino asegurarnos de que nuestra obra de caridad quede completamente hecha.

Mostrar compasión

La parábola de Jesús termina, como muchas de las suyas, con una pregunta que es al mismo tiempo un reto a su audiencia. ¿Cuál de los tres demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?… “El que se compadeció de él”, contesta acertadamente el experto en la ley. Esa es la palabra que marca la diferencia: compasión. Cuando estamos dispuestos a bajar de nuestro lugar de comodidad, dejar a un lado nuestras ocupaciones, utilizar nuestros propios recursos y acompañar al necesitado hasta que logre superar la adversidad, entonces estaremos demostrando verdadera compasión.

En resumen, ser cristiano no significa solo creer en Jesús. Hay que demostrar que creemos en Él. Esto no se demuestra solamente yendo a la iglesia o hablándole a los demás acerca de su plan de salvación. Es necesario que atendamos el llamado a convertirnos en las manos de Jesús para consolar al que llora, alimentar al hambriento y vestir al desnudo. Solo así demostraremos ser verdaderos discípulos de Cristo.

Por: Hernán Restrepo. Twitter: @HRestrepo

Foto: Freepik (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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