El canto del cisne

por Revista Hechos&Crónicas
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Entregado al capricho del insomnio y soportando la plúmbea carga de la cúpula eclesial que lo obligaba a anular sus polémicas 95 tesis, el astuto y sincero monje alemán reflexionaba en la eterna noche del 17 de abril mientras su húmedo cuerpo recorría el interminable lecho de fría seda.


Retractarse de sus aseveraciones contra los excesos de la iglesia católica le significarían no solo la perdida absoluta de credibilidad como teólogo, sino también una grave falta a su moral cristiana. Un fugaz y silencioso pensamiento le hizo razonar, en profunda brevedad, que abjurar era una opción no tan descabellada y no menos atractiva, máxime si se está ante la excomunión papal.

El imparable oscilar de su borrascosa mente le mantuvo inquieto por varios minutos hasta que pudo distinguir lo que realmente le había impedido negarse con vehemencia frente al retracto de sus sentenciosas denuncias hace apenas algunas horas, solicitando un día más.

No eran realmente las varias amenazas del clero católico aquello que lo rendirían al vergonzante y cómplice silencio de la abjuración, sino el santo temor de estar enfrentándose a la legitima autoridad de Dios en la tierra en la persona del papa León X.

Un gesto de extrañeza le hizo fruncir el ceño a la vez que, con inusual perspectiva, rememoraba los argumentos reales que lo habían inspirado a denunciar con valentía los vicios de la iglesia católica con el fin de que está fuese reformada, al estilo del profeta Isaías contra Acaz o el profeta Jeremías contra Johacim y Sedequias.

Aún podía sentir la indignada y presurosa agitación de su palpitante pecho al enterarse de las heréticas promesas de eternidad mediante la venta de indulgencias a cambio de cuantiosas ofrendas que pregonaba sin el mínimo pudoroso sofoco el dominico Juan Tetzel, quien engrandecido por la aprobación papal recaudaba para el obispo Alberto de Brandemburgo diez mil ducados a fin de que el avaricioso y abultado papa León X le concediera el arzobispado de Mainz en Alemania.

Era curioso, aun pensaba como si tuviera opción alguna. Tal vez la profundidad de la noche oscurecía su realidad. Como si el inclemente poder eclesial le fuera a perdonar su público agravio, al quemar la bula papal exsurge domine en la que se ordenaba la quema de todos los libros del fraile y le concedía un término de setenta días para someterse a la autoridad de Roma.

Nuevamente, el brillo de la sensatez se cruzaba con hábil velocidad en medio de la vorágine de sus pensamientos y hacía resonar con renovado vigor aquellas palabras del apóstol Pablo en el libro de Romanos: “El justo por la fe vivirá”. Para él había sido una experiencia más real que lo auténtico y más profunda que todos sus años rendido al servicio de la erudición. Era claro. La espesura de su grisácea meditación se precipitó hacia las tinieblas. No se trataba de enfrentarse con censurable insolencia ante la autoridad de Dios en la tierra, sino de reconocer la autoridad de Dios en la Biblia por encima de cualquier sucia manipulación humana, tal como lo había hecho el mismo Jesucristo cuando condenó abiertamente las tradiciones humanas que pervertían el verdadero y puro consejo de Dios como acostumbraban a hacer los fariseos y demás líderes religiosos.

A este punto de su noctámbula y solitaria disertación, sus secundarios temores a ser calcinado en la hoguera no contaban con la misma intensidad y escarlata soberbia. La sombra inspiradora del valiente teólogo checo Juan Hus ya no le causaba la extraña y apesadumbrada sensación de ver un espejo hacia el futuro. Era cierto que hacía cien años había sido condenado a la hoguera el respetado rector de la universidad de Praga por el delito de herejía en condiciones muy parecidas, en violación del salvoconducto imperial que le protegería de cualquier condena. Salvoconducto con el que también Lutero contó gracias a Federico el sabio de Sajonia de manos del difunto emperador Maximiliano, no porque Federico simpatizara con sus doctrinas, sino por un profundo y admirable sentido de justicia y respeto al debido proceso.

De todas maneras, ese salvoconducto no era una garantía real para conservar su vida, aunque le había permitido asistir a la hipócrita entrevista con el cardenal Cayetano, el delegado del papa León X, comisionado para persuadir de retractarse al rebelde Lutero, apelando a su seductora retórica y amañada erudición. Virtudes estériles ante el elocuente y aún más erudito fraile.

No pasaron tantos minutos para que Martín fuera fortalecido por la convicción de su espíritu de en verdad estar haciendo un servicio a Dios al confrontar con vehemencia las mercantilistas estrategias del papado en sacrílega manipulación de los saberes espirituales.

La interminable noche había encontrado su fin, y con ella su tiempo para reflexionar sobre su respuesta final. El empedrado camino marcaba los que pudieran ser sus pasos finales, mientras su negra túnica rozaba con sutileza el áspero rastro de su desfile hacia el gran salón y sus cordones atados a la cintura se balanceaban conforme a la cadencia de su desequilibrada cadera. La distancia se acortaba, y podía ver con mayor claridad las imágenes de los circulares vitrales que embellecían las empinadas torres de piedra del gótico palacio de Worms, lugar de arcos apuntados y amplio transepto. ¿Acaso el lugar donde habían quedado sepultados los tesoros de los míticos nibelungos serviría de escondite también de la corrupción de estos encopetados mercenarios del evangelio?

Como extraído de uno de esos exóticos sueños en donde las ventanas se convierten en portales que comunican realidades lejanas, fuera del dominio del tiempo, del espacio, y de la percepción, Lutero se vio por un instante en su acostumbrado salón de clases junto con sus estudiantes, antes de que la iglesia para la que servía se hubiese puesto en su contra. ¿En qué súbito momento había dejado de ser ese brillante profesor universitario en Wittemberg  para ser un hereje, potencial Mártir, y alimento para las encendidas brasas del fuego “purificador”? Pensó que el emperador Carlos V era muy joven, demasiado para comprender con racional hondura lo que su portavoz, Johann Von der Eck pronunciaba con encumbrado léxico, redundantes adornos, exagerado acento alemán y absoluta vaciedad conceptual y teológica.

La elegante silla enmaderada de terciopelo rojo comenzaba a incomodar y sus inquietos ojos recorrían el opulente salón del palacio episcopal de Worms. La alta cúpula le acordaba al ceniciento techo abovedado de su salón de clases y el rojizo tapiz de las cortinas le hizo pensar en la fastuosidad del clero y en los deleznables medios para conseguir tan pletórica riqueza.

Un fugaz momento de consciente propiocepción le indicó que a su derecha estaban los representantes del príncipe Federico el sabio de Sajonia, quienes lo protegerían, y a su siniestra esperaban con crítica perspicacia algunas figuras políticas y humanistas que apoyaban las ideas reformistas.

La irritante actuación de Eck solo fue interrumpida por repetidas acusaciones del airado cardenal opositor de Lutero, Jerónimo Alejandro, apoyado por los gestos amanerados del duque de Sajonia.

Por: Sebastián Joya Báez. Profesor de la Unidad Educativa Ibli – Facter

Foto: Unsplash y RawPixel (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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