El Tío Sam de rodillas

por Revista Hechos&Crónicas
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“El hombre solo es grande cuando está de rodillas” Albert Einstein.


Con motivo de la conmemoración de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, la revista Hechos&Crónicas publica el capítulo «El Tío Sam de rodillas» del libro “El eterno presente: Más allá del terror” del pastor Darío Silva-Silva, con un destacado análisis cristiano contemporáneo sobre el atentado que cambió el mundo por completo. Este análisis fue escrito por el pastor Darío Silva-Silva e incluido como el primer capítulo de este libro que fue publicado en el 2002.

El siglo XXI se inició en el 11 de septiembre del año 2001, a las 9:45 de la mañana, con el derribo de las torres gemelas en Nueva York. Nada más aleatorio que las cuentas del tiempo: en el actual calendario occidental, por ejemplo, septiembre no es el mes séptimo, como su nombre lo indica; ni octubre el octavo, ni noviembre el noveno, ni diciembre el décimo, porque los romanos insertaron a julio, así llamado por Julio César, y a agosto, en homenaje a César Augusto. Chinos y judíos usan almanaques distintos entre los dos, y ambos frente a los occidentales. Un cáustico humorista dijo que el actual año de los judíos es la suma de 2002 más los intereses.

Al descubrirse el error de cálculo de un desocupado monje medieval, hoy sabemos que Jesús de Nazaret, probablemente, nació alrededor de un lustro antes de la era cristiana. Como para Ripley: ¡Cristo antes de Cristo! Los cristianos ortodoxos utilizan las calendas de la antigua Europa Oriental, en las cuales la Revolución de Octubre ocurrió en noviembre y la Navidad se celebra el seis de enero. El siglo XVI comenzó el 12 de octubre de 1492, cuando Colón sembró la cruz en las húmedas arenas de Guahananí. El XIX se inició en 1776, al proclamarse la Constitución de los Estados Unidos de América. El XX, por su parte, nació en 1919, al plantear Albert Einstein, ante una perpleja comunidad científica, la relatividad universal, teoría pronto confirmada como ley, y que nos ha permitido comprender, finalmente, la causa de tantas y tan disímiles medidas: el tiempo en realidad no existe, es solo una medida que le damos al espacio, en relación con la velocidad. Juan Ramón Jiménez descifró este asunto en su poema Miss Rápida:

Si vas de prisa, el tiempo volará ante ti como ágil mariposilla.

Si vas despacio, el tiempo marchará detrás de ti como un buey manso.

Antes del sabio de Ulm, nadie descubrió la relatividad en las Sagradas Escrituras, donde estuvo desde siempre. Allí encontramos ancianos de días, semanas de años, días que son eras, niños de un siglo de edad, relojes que devuelven las horas, sumas de tiempo y tiempos y medio tiempo, pues para Dios mil años son como un día y un día es como mil años, según el relativista Pedro.

El tiempo y la muerte

La convención temporal pasado-presente-futuro es una mera ilusión: el cronos o tiempo humano, sumergido en el kairos, tiempo de Dios. Para el Absolutamente Intemporal no existen los relojes, ingeniosas máquinas ideadas por la criatura en un intento por medir lo inmensurable: la eternidad. Conocido chiste ilustra bien este punto: un campesino sueña que está en el cielo, a los pies del Eterno, con quien sostiene el siguiente diálogo:

—Papá Dios ¿Cuánto es para ti un millón de años?

—Un minuto, hijo.

—¿Y un millón de dólares?

—Un centavo.

—Oye, regálame un centavo…

—Está bien, hijo, solo espérate un minuto.

El tiempo es un producto del pecado. No se registra la edad de Adán antes de la caída, por la sencilla razón de que el tiempo no había sido inventado, pues no era necesario. ¿Para qué tiempo si no había muerte? La esclavitud del tiempo y el temor a la muerte nos nublaron la percepción de Dios. Yo sé que Dios es, pero no se qué o cómo es. Bien dice Pablo que nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Dado que solo él podría definirse a sí mismo, si yo pudiera definir a Dios, yo mismo sería Dios. Por lo tanto, como un instintivo bebé percibe a su padre, percibo a Dios aunque no puedo explicármelo. De hecho, como el bebé, no necesito una explicación sobre la realidad del Padre. Su «ficha técnica» es simple para mí:

Nombre propio: El Gran Quién Sabe.

Edad: eternidades por una vez.

Oficio o profesión: especialista en todo.

Balance financiero: sobregiro sin límite.

Nombre del cónyuge: la Iglesia.

Hijos: un Unigénito y miles de millones adoptivos.

Estatura: infinitos megametros.

Deudas: planeta Tierra hipotecado al hombre.

Pasatiempo favorito: perdonar.

Su mayor frustración: Frankenstein Adán.

Su éxito principal: una cruz sobre un monte.

            El dispensacionalismo acierta en cuanto a la planificación divina, pues sin duda Dios ha trazado un cronograma para la humanidad, pero falla deplorablemente cuando pretende medir en almanaques finitos la agenda del Infinito. Dios es previsible solo para sí mismo; y, por eso, sus profetas nunca dieron cálculos matemáticos sobre el cumplimiento temporal de sus profecías. Su propio lenguaje es relativo.

La caída de las torres gemelas, por lo tanto, no ha sido una catástrofe anunciada sino inesperada, por más que muchos intérpretes traigan de los cabellos, a posteriori, cábalas acomodaticias para encajar esta catástrofe en sus particulares enfoques sobre los desarrollos del plan divino. Pero, por supuesto, lo que ocurre —sobre todo si es extraordinario— debe analizarse a la letra de las Sagradas Escrituras para desentrañar las lecciones adecuadas que permitan corregir el rumbo y ajustarlo a la voluntad de un Dios que no es indiferente a la tragedia humana.

Acertijo mundial

Llorar simplemente sobre los cadáveres y los escombros sin extraer de ellos el lenguaje apropiado no es actitud correcta del cristiano. Dios habla en el alfabeto cifrado de los acontecimientos. Lo hizo en el diluvio, en Sodoma, en Babel y en Hiroshima. También en Manhatann y en los sucesos de allí derivados. Nuestro deber, pues, es desentrañar los signos de los tiempos a la luz de esa lámpara inextinguible que es la Biblia y obtener de ella la correcta orientación que requerimos en esta dramática coyuntura histórica.

Pero si alguien viene de Colombia y, si además, es colombiano; y si, para completar, ejerce como ministro evangélico, todos esperan que hable de tres temas: guerrillas, paramilitares y narcotráfico. No esperen eso de mí. Creo que mi patria tiene muchas otras cosas para compartir con las naciones, y que su situación estratégica dentro del planeta Tierra, como un cruce de rutas terrestres, marítimas y aéreas desde y hacia todos los puntos cardinales, hacen de ella un centro de distribución natural de cualquier cosa: café, esmeraldas, cocaína, ideologías, armas o literatura. Si los hijos de la luz fuéramos más astutos que los de las tinieblas —según el deseo de nuestro Señor—, Colombia sería el mejor expendio mundial del evangelio.

No me detendré, entonces, a analizar el caso colombiano, tan ligado a la suerte de la especie humana en el siglo XXI, pues creo que él puede despacharse en forma expedita mediante una serie de rápidas preguntas y respuestas:

¿Por qué hay paramilitares? Porque hay guerrillas.

  ¿Y por qué hay guerrillas? Porque hay injusticia social.

   ¿Y por qué hay injusticia social? Porque hay corrupción.

Este círculo vicioso se rompería simplemente atendiendo a la voz profética de Juan que clama desde el desierto: Pongan el hacha a la raíz del árbol. Si se desarraiga la corrupción, se corrige la injusticia social. Si se corrige la injusticia social, las guerrillas desaparecen. Si las guerrillas desaparecen, dejan de existir los paramilitares.

El tema, pues, no es la situación colombiana, por más que en ella encuentre el observador perspicaz una pieza del gran acertijo mundial del terrorismo. El terrorismo tampoco es el tema, aunque se haya convertido en el personaje antagónico de la gran farsa humana del siglo XXI. El siglo XXI tampoco es el tema, sino el escenario. El tema es el hombre (más aún, el hombre cristiano) enfrentado a su propia realidad posmoderna, completamente inesperada. La tarifa diferencial de valores religiosos, científicos, políticos y artísticos sufrió un vuelco estrepitoso el 11 de septiembre del año 2001.

Yo también, como muchos, seguía las noticias diarias por la televisión aquella extraña mañana. Yo vi los aviones, como colosales misiles, traspasar las torres gemelas. Yo vi esa estructura de una doble Babel venirse al piso estrepitosamente. Yo vi a quienes saltaron de las nubes al asfalto. Yo vi a la gente huir, horrorizada, perseguida por nubes de fuego que parecían desechos cósmicos vomitados por la boca del infierno.

Y en medio de aquel caos, pensé en el patriarca Abraham cuando, hace ya casi cuatro milenios, alzó sus ojos sobre la llanura de Sodoma y pudo ver también densas columnas de humo que subían al espacio.

Al día siguiente Abraham madrugó y regresó al lugar donde se había encontrado con el Señor. Volvió la mirada hacia Sodoma y Gomorra, y hacia toda la llanura, y vio que de la tierra subía humo, como de un hornoGénesis 19:27-28.

Muchos pensamientos tendría el padre de la fe en aquella hora. El había intercedido ante Dios mismo por las ciudades que ahora frente a sus ojos, se esfumaban bajo el castigo terrible. Pero una lectura cuidadosa de su itinerario inmediato y de su trayectoria posterior, nos permite concluir que él no abrió su corazón a sentimiento negativos. Algunas lágrimas fueron, quizás, inevitables. Sin embargo, para Abraham, la trágica mañana fue solo una nueva oportunidad.

Avisos de tormenta

Volviendo a la actualidad, ha habido variadas interpretaciones de los sucesos que nos ocupan. Para algunos son el comienzo del Apocalipsis, Osama Bin Laden es el Anticristo en persona y, cuando las tropas americanas lo capturen en alguna primitiva caverna de Afganistán, bastará que le retiren el turbante para que aparezca sobre su frente la marca de la Bestia, el temible 666.

Otros, más lógicos y espirituales, han entendido en ello una disciplina de Dios. Dos profetas estadounidenses de alto vuelo habían advertido la proximidad del juicio ante los desmanes de una sociedad cristiana que, poco a poco, fue dando la espalda a sus tradiciones. Billy Graham, en su libro Aviso de tormenta discernió correctamente al huracán Andrews como un colérico mensajero de la advertencia divina.  David Wilkerson, por su parte, vaticinó con precisión hace algunos varios años:

El sueño estadounidense se ha convertido en la pesadilla estadounidense. ocurrirá de repente, sin aviso y nadie será capaz de explicar cómo y por qué pasó. Solo habrá vendedores, no compradores. Dios está a punto de aplastar este abominable modo de pensar estadounidense. Y como el profeta Jeremías, los que creen en los santos y justos juicios de Dios, dirán:

El Señor ha llevado a cabo sus planes; ha cumplido su palabra, que decretó hace mucho tiempo. Sin piedad, te echó por tierra; dejó que el enemigo se burlara de ti, y enalteció el poder de tus oponentes.  Lamentaciones 2:17.

No han faltado quienes, pensando con el deseo, se apresuraron a afirmar que el 11 de septiembre se inició la decadencia definitiva de los Estados Unidos de América. El asunto no es tan simple. Desde el punto de vista lógico, tal ocaso no parece cercano. Fue Servan-Shreriber quien, mediando los años setentas del siglo pasado, ofreció estadísticas escalofriantes: el hombre no podría vivir sin cien productos básicos, de los cuales Estados Unidos es el primer productor mundial de casi cincuenta, y el segundo de alrededor de treinta. El politólogo francés, a la luz de las leyes estadísticas, actuariales y probabilistas, afirmó que hay asegurados algo así como trescientos años más de hegemonía norteamericana sobre la Tierra.

Estructuras espirituales

Desde la perspectiva espiritual es aún más improbable una caída estrepitosa del ‘imperio’. El propio doctor Graham (por cierto el más grande apóstol cristiano de la última centuria), en su sencilla charla profética después de la tragedia en la Catedral Nacional de Washington, expresó: ‘la estructura de esta nación no es material sino espiritual’. En su clamorosa sencillez, esa frase encierra una verdad incontrastable. ¿Qué es lo que ha hecho de los Estados Unidos la más grande potencia de la historia humana? Su raíz espiritual. Basta recordar a aquellos heroicos y piadosos peregrinos que, partiendo de Europa perseguidos por su fe, después de una penosa travesía oceánica, hincaron sus rodillas en las playas del Atlántico Norte y proclamaron:  Esta tierra es para Cristo.

Ellos sembraron el pequeño grano de mostaza que germinó y creció en la gran nación americana. Toda la estructura estadounidense es esencialmente bíblica, desde la Constitución Nacional hasta las normas del tránsito urbano; es la ética protestante el sostén de las relaciones sociales, el inconsciente colectivo es concentricamente cristiano. Puede afirmarse sin hipérbole que esta nación es una gran Casa sobre la Roca; y que, aunque haya soplado el viento huracanado, y los ríos impetuosos y la lluvia torrencial embistieron contra ella, no caerá gracias al fundamento bíblico de su edificación.

Sin embargo, si hemos de ser justos en nuestras apreciaciones, no desconozcamos una realidad inocultable: al iniciarse la segunda mitad del siglo XX, los Estados Unidos cometieron un garrafal error histórico con la elección de John Kennedy, el único presidente no protestante de su historia. A partir de entonces, una cadena de calamidades comienza con la pública inmoralidad de la familia presidencial y, en un proceso lento pero seguro, va erosionando las severas tradiciones y dando paso al libertinaje en todos los órdenes de actividad. Gracias a Dios, en los actuales momentos, la misma oficina presidencial donde antes se practicaba la pornografía, sirve para que se practique la oración. Con razón fue tan difícil elegir a un cristiano nacido de nuevo como rector de los destinos nacionales: Satanás sabía lo que le esperaba.

El 11 de septiembre ocurrió algo muy simple: el Dios eterno reclamó su lugar, usurpado por los ídolos. Veamos: los ataques terroristas de aquel día vulneraron los templos de dos dioses adorados en el mundo actual. El Centro Mundial de comercio era propiamente el santuario de Mercurio. En la mitología greco-romana, este demonio, encargado de los asuntos comerciales, era representado con alas en los tobillos, para simbolizar que es huidizo, inasible, furtivo, difícil de atrapar como el propio metal que lleva su nombre. No olvidemos que Mercurio es, simultáneamente, el dios de la elocuencia, lo cual explica bien a las claras por qué la facilidad de expresión está íntimamente ligada al comercio. Y por eso existe una relación incestuosa entre la publicidad y las ventas.

Por otra parte, el mismo día fue atacado el templo del dios de la Guerra: Marte para los romanos, Ares para los griegos. El pentágono es el areópago, donde se rinde culto a este demonio belicoso. Allí el apóstol Pablo, enfrentado a las filosofías extremas de su tiempo, epicúreos y estoicos, reveló la naturaleza del Dios no conocido y fundó la Civilización Cristiana Occidental. Necesitamos hoy un Pablo que cumpla hazaña parecida en el Pentágono.

Recristinianizacion

El ataque del 11 de septiembre ha producido efectos contrarios a los que buscaba. Cierto que la gran nación enemiga de los terroristas está aterrorizada; cierto que la economía ha sufrido un gran impacto; cierto que el sueño americano ha tenido un rudo despertar. Pero cierto también que los templos se llenan a reventar, se están vendiendo más Biblias que en cualquier otro tiempo, la oración se ha incrementado prodigiosamente y el interés por Dios aumenta de forma exponencial. En una de sus visitas al Oriente Medio, el mandatario cubano Fidel Castro dijo que Irán y Cuba serían capaces de poner de rodillas a los Estados Unidos. Su vaticinio no tardó en cumplirse: el espectáculo más notable derivado de la tragedia septembrina fue ver al Tío Sam postrado humildemente ante su Dios, como cumpliendo la afirmación de Einstein de que el hombre solo es grande cuando está de rodillas. Fue emocionante ver a los congresistas orando en el mismo capitolio donde votaron la prohibición de orar en las escuelas.

Lo que se avizora en el horizonte espiritual es una recristianización de los Estados Unidos para la evangelización mundial. Pero flota en el ambiente una pregunta tremenda: ¿Qué papel jugaremos los latinoamericanos en este contexto?, Hoy Estados Unidos es el quinto país hispanohablante del mundo, después de España misma, Argentina, México y Colombia. Son más de treinta y cinco millones los habitantes de la superpotencia que hablan la lengua de Cervantes, pero casi todos – y esto preocupa de manera seria – no son cristianos nacidos de nuevo, sino religiosos en contexto latinoamericano, con todas las implicaciones que tal realidad conlleva. Muchos de los inmigrantes de los países situados al del sur del Río Grande no se están beneficiando de las bendiciones que hicieron grande a su nueva patria; por el contrario, han importado todos los vicios y resabios que empobrecieron a sus patrias originales.

Y, si las proyecciones estadísticas se cumplen, en el año 2060 habrá mayoría hispana en los Estados Unidos. Sin una auténtica cristianización de esas grandes masas, a la mitad del siglo XXI Estados Unidos será solo una nación católica más. ¿Debemos cruzarnos de brazos y permitirlo?

Como puede verse por las anteriores consideraciones trazadas al desgaire, hay muchas cosas para repensar y recomponer. La voz de Jeremías se levanta desde las ruinas de Jerusalén para advertir:

            Así dice el Señor: Deténganse en los caminos y miren: 

            Pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino

            Y no se aparten de él.  Así hallarán el descanso anhelado.

            Pero ellos dijeron: ‘No lo seguiremos.’

Jeremías 6:16

En vivo y en directo

Este libro quiere ser un aporte a la discusión abierta sobre los antecedentes, desarrollos y consecuencias del 11 de septiembre, fecha clave y punto de partida para una nueva concepción cristiana capaz de dar respuesta a las preguntas del hombre posmoderno que se colocó de espaldas a Dios y ahora pretende regresar a El caminando hacia atrás, en una penosa reconstrucción de los pasos perdidos. Pero este libro no es producto de profundas meditaciones sino de urgentes improvisaciones.

En términos deportivos es un tipo de ejercicio de slaloon sobre una ola que lo mismo se encrespa que se aquieta, para volver a ondularse intempestivamente. En términos musicales, su síncopa varía de página a página como cuando se improvisa en un concierto de jazz; pero hay un leitmotiv invariable: el ritmo del corazón divino que palpita de amor por sus hijos. En términos periodísticos, es propiamente un telenoticiero, transmitido en vivo y en directo, mientras, como decía Alfonso López Pumarejo, ‘se cabalga al ritmo de los acontecimientos’.

Los periodistas se parecen a los panaderos: su producto debe consumirse el día mismo de su cocción; y, por eso, se ha dicho razonablemente que nada hay más viejo que el periódico de ayer. Sin embargo, existe otro tipo de noticia antigua y siempre novedosa al mismo tiempo: el evangelio, la Buena Noticia. Y por lo tanto, en medio de las variables circunstancias del humano acontecer, Dios repite incansablemente su pregón, en un actualismo deslumbrante: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.

No importa si el hombre vive de lo inesperado, entre las rosas de Horacio y los heraldos negros de César Vallejo, la oferta de salvación es invariable, como su Autor. La vida es la continua construcción de una obra sin término posible en nuestras fuerzas: eso que llamamos experiencia; pero con Cristo, los tropiezos nos enriquecen si nuestros oídos son dóciles a la voz de su Espíritu. Por lo tanto, este libro, así sea coyuntural, se hace necesario, porque en Alejandría un viejo reloj de sol tiene esta leyenda: ‘Es más tarde de lo que tú crees’.

Por Darío Silva-Silva, pastor de la iglesia cristiana Casa Sobre la Roca y autor del libro “El eterno presente: Más allá del terror”.  Este texto fue escrito en el 2002 y es publicado con permiso del autor.

Fotos: Portada del libro «El eterno presente: Más allá del terror» // Olga Subach – Unsplash. 

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