La disonancia cognitiva y el Espíritu Santo

por Revista Hechos&Crónicas
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De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Romanos 7:19.


¿Cuántas veces le ha pasado que hace algo que sabe que no debe hacer o que no le hace bien, pero aun así vuelve a caer o siente que no puede parar? A todos nos pasa. Comer algo que nos hace daño solo por el placer de hacerlo o acostarnos tarde viendo una serie, cuando sabemos que afectará nuestra calidad de sueño e incluso nuestro desempeño al día siguiente.

Es aun peor cuando se trata de un pecado o de una “lucha”, como solemos llamarlo. A veces son temas que consideramos “graves” y a veces, temas que creemos poder manejar como la ira o la mentira, aunque para Dios no hay un pecado pequeño.

Queremos hacer algo, pero hacemos lo opuesto. ¿Por qué? El comentario del apóstol Pablo, en su carta a los romanos, tiene también una explicación psicológica, publicada como “la teoría de la disonancia cognitiva”, en un libro con el mismo nombre y escrito por el psicólogo Leon Festinger en 1957.

Festinger aseguraba que las personas experimentan molestias cuando tienen creencias contradictorias o cuando sus acciones contradicen sus creencias. Desde ese momento y hasta nuestros días, la disonancia cognitiva se ha convertido en una de las teorías más influyentes e investigadas de la psicología social.

“Cuando una persona tiene una creencia muy arraigada, se genera un ruido en su interior debido a la inconsistencia e incertidumbre que se produce al actuar en contra de ella”, asegura la psicóloga Diana Hernández. De acuerdo con Festinger y según explica Hernández, otros factores que afectan el nivel de disonancia cognitiva que una persona experimenta incluyen: el tipo de creencias (Las creencias que son más personales llevan a una disonancia más significativa); el valor de las creencias (Las creencias a las que las personas les tienen alto respeto tienden a causar mayor disonancia) y el tamaño de la desigualdad (Una disparidad sustancial entre las creencias contradictorias y armoniosas causará más disonancia).

Para eliminar ese “ruido”, conocido como disonancia, las personas tienden a generar un impulso conocido como “principio de la consistencia cognitiva” y es regresar a la actuación en la que sus creencias están equilibradas con sus acciones. Es decir, necesitamos que nuestras acciones y creencias tengan coherencia unas con otras.

El apóstol Pablo lo denomina “conflicto con el pecado” en su carta a los Romanos: Sabemos, en efecto, que la Ley es espiritual. Pero yo soy meramente humano y estoy vendido como esclavo al pecado. No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. Ahora bien, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo en que la Ley es buena; pero en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo, sino el pecado que habita en mí. Yo sé que, en mí, es decir, en mi carne, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.

 Así que descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal. Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la Ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra lo que considero bueno, y me tiene cautivo. ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo sujeto a la muerte? ¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! En conclusión, con la mente yo mismo me someto a la Ley de Dios, pero mi carne está sujeta a la ley del pecado. Romanos 7:14-25.

Lo que en psicología se llama “disonancia cognitiva”, para un cristiano no es otra cosa que la lucha entre nuestra carne o naturaleza pecaminosa y el Espíritu de Dios que habita en nosotros.

Somos seres humanos santificados, pero ocasionalmente pecamos, aunque no queramos hacerlo. La diferencia es que sentimos en nuestro interior la convicción de estar haciendo algo que no agrada a Dios y la necesidad de dejar de hacerlo. Se trata de un dolor profundo por fallarle a nuestro Padre, quien tanto nos ama, el que genera en nosotros esa disparidad que nos lleva al genuino arrepentimiento.

Juan 16:7-15 dice: El Espíritu Santo convence a las personas de sus propios pecados y de la realidad de que enfrentarán el juicio final, para que se vuelvan a Cristo y sean salvas.

Disonancia cognitiva y autoengaño

De acuerdo con el pastor y misionero argentino, Héctor Luisi, “La disonancia cognitiva es la incomodidad, tensión o ansiedad que experimentan los individuos cuando sus creencias o actitudes entran en conflicto con lo que hacen. Algunos estudios demostraron que el auto-engaño reduce dicho malestar. La relación entre la disonancia cognitiva y la mentira es una de las cosas que más ha llamado la atención de los investigadores; ya que, de manera natural, el ser humano busca aliviar lo antes posible cualquier cosa que considere dolorosa, dañina o incómoda. Es posible que, debido a la disonancia cognitiva, poseamos una inclinación natural al auto-engaño. No por nada la Biblia se expresa en los siguientes términos: Ten mucho cuidado de cómo vives y de lo que enseñas. Mantente firme en lo que es correcto por el bien de tu propia salvación y la de quienes te oyen. 1 Timoteo 4:16. (NTV)”. Entonces, Luisi formula esta interesante pregunta: ¿Qué prefieres, comodidad en la mentira, o discordia en la verdad?

¿Cómo resolverla?

La mala noticia es que mientras habitemos este mundo caído, volveremos a caer en pecado y, por ende, en esa disonancia cognitiva que queremos resolver. La buena noticia es que entre más cerca estemos de Dios, más pronto llegaremos a arrepentirnos y ser perdonados.

Dios nos ha dado todos los lineamientos para la vida en su Palabra. Un estudio sistemático de ella nos permitirá conocerlos, comprenderlos e interiorizarlos para que se conviertan en parte de nuestras creencias más profundas. Pero para encontrar esa anhelada coherencia entre nuestras creencias y nuestras acciones, lo que necesitamos va mucho más allá de un conocimiento vacío. Se trata de una estrecha y profunda relación con Dios, buscando una constate intimidad con Él a través de la oración, la lectura de su Palabra y otras disciplinas espirituales que nos permitirán conectarnos con Él.

No nos convertiremos en seres perfectos, pero sí se cumplirá en nosotros la promesa que Dios nos regala en Jeremías 32:39: Haré que haya coherencia entre su pensamiento y su conducta, a fin de que siempre me teman, para su propio bien y el de sus hijos.

Foto: Josh Eckstein – Unsplash (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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