Consejos para matrimonios jóvenes

por María Isabel Jaramillo
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Casarse es uno de los momentos más felices de la vida. Es la segunda decisión más importante que tomamos, después de decidirnos por Cristo, y por lo tanto nos trae un cambio de vida tan drástico que puede desencadenar conflictos insospechados.


Cuando mi esposo y yo nos casamos éramos muy jóvenes y estábamos realmente enamorados. Sin embargo, tuvimos un primer año muy difícil. A pesar de estar tan enamorados, vivíamos en un conflicto constante que más parecía una disputa por quién iba a establecer las reglas del juego para el resto de nuestras vidas. Todo el mundo nos decía que era nuestro momento “color de rosa”, pero a veces no se sentía así. Con el tiempo me di cuenta que muchas parejas pasaron por lo mismo. Por eso, hemos recopilado algunos consejos sencillos para esas parejas de recién casados que se enfrentan al cambio drástico de vivir en pareja. Aunque cada hogar es diferente, muchos de estas situaciones se repiten en los matrimonios jóvenes y aunque es verdad que están en una etapa en la que tal vez es más fácil resolver los conflictos, nunca sobra analizar que todo esto es natural y se puede superar.

1 – Entiende el duelo

¿Duelo? ¿De qué me están hablando? ¿Duelo porque me casé? Parece, pero no es absurdo. Cuando nos casamos vivimos una etapa de duelo de la familia a la que pertenecimos y a la cual no regresaremos. Aunque siempre seremos hijos, nietos o hermanos, no volveremos a vivir en esa casa. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, dice Génesis 2:24. Las cosas ahora son diferentes. Aunque a veces nos inviten y podamos compartir, ya no vamos a estar en todos los almuerzos familiares, ni en todos los paseos, ni haremos parte de las decisiones. Y aunque somos felices de formar nuestra propia familia, también nos cuesta dejar de formar parte del hogar del que venimos.

Es normal sentir un poco de tristeza por ese cambio, ¡no tiene nada de malo! Es normal extrañar los mimos de mamá, las conversaciones con papá, los juegos con los hermanos y todo lo demás. Sobre todo, si como yo, vienes de una familia numerosa que disfruta reunirse y compartir.

Es sano hacer ese duelo y no sentirte culpable por no estar todo el tiempo feliz. No significa que estás mal o que no amas lo suficiente a tu pareja, solo significa que el cambio te afecta. ¡Y está bien!

2 – La forma en qué comienzas no es la que será por siempre

La manera en que se va generando la dinámica familiar en tu nuevo hogar, se va equilibrando poco a poco cuando los dos se conocen y complementan en este nuevo entorno. No es necesario correr a imponerse para que las cosas se hagan a tu manera. La manera en que se manejaban las cosas en tu casa o la forma en que tú las hacías no es la única y puede no ser la mejor. Aprendan a negociar y, sobre todo, a ceder. No creas que si cedes mucho “te las estás dejando montar”, al contrario, si ambos son capaces de hacer renuncias, esa nueva armonía llegará más rápido.

Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús. Romanos 15:5.

3 – Son un equipo

Ustedes no son dos enemigos que se enfrentan por tener la razón, ni son dos competidores buscando llegar a la meta por separado. Son un equipo que necesita combinar fuerzas para salir adelante. Así que no separen sus recursos (dinero, tiempo, dones), ni trabajen por separado. Mantengan un fondo común del que ambos puedan retirar sin que esto genere conflictos y ayúdense mutuamente para conseguir lo que quieren alcanzar, como equipo, como familia. Jamás peleen por dinero. Es un recurso que no puede volverse más valioso que su relación, mejor luchen juntos para encontrar el equilibrio que necesitan y confíen en que Dios es su proveedor y de Él depende su hogar, no de los ingresos que reciban.

Además, como son un equipo, todo aporte que el otro hace es para beneficio mutuo. No invalides lo que el otro hace, diciendo que no sabe o que lo hace mal, así solo conseguirás que te deje remando solo mejor son dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Eclesiastés 4:9.

4 – Olviden las matemáticas

En el matrimonio, las matemáticas no son sus aliadas, son sus enemigas. Si te la pasas contando cuántas veces lavaste los platos y tu pareja no, cuántas veces hiciste cosas en la casa o pagaste cuentas y tu pareja no, estás en problemas. El matrimonio no se trata de que cada uno aporte el 50 %, sino de que cada uno dé el 100 % de lo que tiene por el otro. Si ambos lo hacen, habrán encontrado la fórmula de la felicidad. Si en algunos casos uno solo puede el 10% (del dinero, o del esfuerzo), el 100 % del otro debe ser suficiente para suplir lo que falta. Debes dar todo de ti para que tu matrimonio funcione, sin esperar recibir lo mismo. El don de servicio es el que más debes emplear en tu relación, pues recuerda que te casaste para hacer feliz a tu pareja, no buscando tu propia felicidad.

5 – Peleas privadas y oportunas

Un n sabio consejo que recibí cuando me casé vino de mi abuelita. “Cuando peleen, no nos cuenten porque ustedes pueden reconciliarse, pero nosotros quedamos heridos”. Es una sabia manera de decirlo. No se trata de no buscar consejo, se trata de que lo que ocurre en el hogar es privado y se resuelve en el hogar. No estamos hablando por su puesto de casos de maltrato o violencia, en ese caso se debe correr a denunciar. Se trata de las discusiones naturales y hasta saludables que todos tenemos. No hay necesidad de correr a contarle a la mamá, a la hermana o a la mejor amiga. Dios es el único que debe saberlo para que los guíe a resolver sus conflictos. Si no lo logran, busquen ayuda en consejería o de una persona madura espiritualmente que los pueda aconsejar acertada[1]mente. Sean sabios a la hora de comentar sus problemas, para no terminar agrandándolos.

Además, sean oportunos. Mi esposo y yo cumplíamos al pie de la letra el versículo de Efesios 4:6 y no nos íbamos a dormir has[1]ta “resolver” los conflictos. Como resultado teníamos una pelea grandísima producto del cansancio que se podía evitar con solo ir a dormir. Busquen el mejor momento para hablar del conflicto. Después de orar y cuando ambos estén tranquilos, sin hambre y sin cansancio. Se darán cuenta que la mayoría de las discusiones no son tan graves como parecen.

6 – Nunca dejen de reír

La risa es el alimento del alma, dicen por ahí. Cuando todo pase, y lleguen a la vejez, solo les quedará la complicidad del tiempo vivido y las risas que todavía sean capaces de sacarse. No pierdan la alegría del matrimonio, la felicidad de compartirse y la intimidad que genera el buen humor. Eso es algo que enamora más que cualquier cosa.

Tal vez ahora sus vidas son ajetreadas y están llenos de ocupaciones, pero nunca dejen de buscar un espacio para compartir solos, en pareja y para reír de todo, de nada, de lo cotidiano y de lo especial. Esa alegría se convertirá en contagiosa para los demás y les permitirá disfrutarse mucho más y tener una relación más especial.

El corazón alegre es un buen remedio, pero el ánimo decaído seca los huesos. Proverbios 17:22.

Para María Camila y Felipe Moreno, líderes del segmento de recién casados en el ministerio de Casa2 Sabana Norte, uno de los consejos más importantes es “comprender que no por ser jóvenes o llevar poco tiempo, debemos pensar que estamos exentos de problemas y por eso no necesitamos aprender desde el principio de nuestra vida como casados sobre el matrimonio.

Si bien no hemos enfrentado retos o situaciones difíciles en la vida matrimonial, aprendemos de forma preventiva para que cuando lleguen esos momentos, que sin duda van a llegar, sepamos cómo enfrentarlos. Para eso está el ministerio de Casa2”.

Por: María Isabel Jaramillo – isabel.jaramillo@revistahyc.com

Ilustración: Freepik (Foto usada bajo licencia Creative Commons)

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