Juventud, un estado del alma

por Revista Hechos&Crónicas

Siendo la juventud una edad alegre por excelencia, la sociedad posmoderna vive el triste espectáculo de jóvenes tristes, sumidos en el alcohol, las drogas, el sexo promiscuo, cuando no las sectas ocultistas y los sistemas satanoides que se hallan en boga. Escuchemos al viejo predicador desde el púlpito de los siglos.


Alégrate, joven, en tu juventud; deja que tu corazón disfrute de la adolescencia. Sigue los impulsos de tu corazón y responde al estímulo de tus ojos, pero toma en cuenta que Dios te juzgará por todo esto. Aleja de tu corazón el enojo, y echa fuera de tu ser la maldad, porque confiar en la juventud y en la flor de la vida es un absurdo. Eclesiastés 11:9-10.

En verdad, la juventud es transitoria, efímera, como la primavera; llega y pasa rápidamente y, por eso, Salomón aconseja aprovecharla, alegrarse mientras se sea joven. Yo no sé de dónde sacaron algunos predicadores la idea de envejecer a los jóvenes, de madurarlos biches, de volverlos raros y anormales.

Jesús gozaba la compañía de los muchachos. Cuando entró al templo, con su perrero en la mano, a sacar a los bandidos que habían hecho un comercio de la religión de ese tiempo -como muchos lo hacen hoy también-, los jóvenes alababan estrepitosamente y los fariseos artríticos se escandalizaron y enfurecieron. El Señor, entonces, los reprendió y les dijo: “Aprendan de los jóvenes, ellos son los que saben alabar a Dios correctamente”.

Sin embargo, la experiencia nos enseña cosas terribles: Elvis Presley era cantante del conjunto de alabanza de su iglesia desde niño, pero -ya joven- los legalismos lo mandaron al rock. Jessie James, el más grande bandido de la historia de los Estados Unidos, cuando ya iba a recibir su condena, confesó: “Me volví tan malo para protestar contra mi padre que era pastor de una iglesia evangélica y desde niño me sometió a exigencias intolerables para mí”. Vincent Van Gogh, el gran genio holandés de la pintura, quería ser misionero, pero, cuando llegó a Indonesia queriendo ejercer funciones eclesiásticas, un ministro de la iglesia lo rechazó porque “la pintura es pecado”. Como si faltara, Hugh Heffner el hombre que creó el imperio pornográfico más grande de la historia universal, Playboy, hijo de un diácono de una iglesia evangélica, y dijo querer liberarse de las cadenas que su padre le impuso cuando era niño y joven.

El ser humano debe alegrarse en su juventud, dejar que su alma disfrute de la adolescencia y seguir los impulsos de su corazón, pero nunca olvidar que Dios le tomará cuenta de lo que hace. Y, sobre todo, recordar siempre que la juventud es pasajera. Uno de los poetas más grandes de la lengua castellana, Rubén Darío, nicaragüense por más señas, concluyó su famosa Canción de “Otoño en primavera” con esa preciosa estrofa que muchos saben de memoria: Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver, cuando quiero llorar no lloro, y a veces lloro sin querer.

Al margen de todo lo anterior, nunca se olvide que la juventud es un estado de alma. A mi edad –más avanzada de lo que quisiera- yo me considero joven. Mi iglesia surgió de grupos de jóvenes en las universidades y ha conservado la frescura juvenil que nunca debe marchitarse. Dicho en buen sentido, todos los cristianos somos -o deberíamos ser- jóvenes.

Por: Rev. Darío Silva – Silva, Fundador y presidente de Casa Sobre la Roca Iglesia Cristiana Integral.

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