Y ya para terminar…

por Revista Hechos&Crónicas
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Su frase célebre, su infinito conocimiento y la impresionante historia de su vida en un corto recorrido, a manera de homenaje.

Darío Silva-Silva nació en Tarqui, Huila, el 27 de junio de 1938. Hijo de don Luis Silva Cabrera, abogado, mecanógrafo, electricista, mecánico y homeópata, y de María del Pilar Silva Ochoa, nieta de antioqueños, quienes tuvieron 6 hijos: Herminia, Leonor, Leticia, Jaime, Darío y Humberto. A los 24 meses de edad ya era yo un sobreviviente, pues relatan testigos oculares cómo mi vida fue salvada de forma providencial. Al caer de un taburete al cual me habían encaramado se produjo mi desnucamiento, y mi madre, con increíble agilidad pese a estar embarazada, me izó por los maxilares en vilo, logrando ensamblarme para asombro general. Satanás me odió desde temprano, sabiendo que Jesús planeaba convertirme en instrumento de su gracia”, contó Darío en uno de sus libros.

Al poco tiempo, horas después del nacimiento de su hijo Humberto, María del Pilar falleció debido a una afección cardíaca. Tras la prematura muerte de su esposa, don Luis contrajo nuevas nupcias y los huérfanos fueron encargados al cuidado de sus abuelos y tíos maternos. Darío, de dos años, fue acogido por sus padrinos, Oliverio (hermano de su abuela materna) y María Antonia Cabrera Ciceri, que no tenían hijos y lo criaron como si fuera suyo. Ellos cultivaron en él el amor por Dios, por las letras, la poesía y la objetividad.

“Moralmente, mi tío Oliverio se parecía a Natanael, de quien Jesucristo dijo, con solo verlo a la sombra de la higuera: He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. Juan 1:47.

Él me enseñó más que las aulas y los libros. Era técnico en muchas cosas, primordialmente en la ciencia sencilla de estar en paz con todos los hombres. Sabía renunciar a sus derechos en pro de los demás”, asegura el pastor en sus memorias.

Sin haber cursado la primaria completa, fue admitido en el Seminario, donde lo menos que se le ocurrió fue llegar a ser cura. “Participaba con débil piedad en los oficios religiosos, pero me hastiaban las clases”. Luego fue matriculado en el Instituto Técnico Industrial de Neiva. En 1951 continuó sus estudios en el Colegio Nacional Santa Librada.

Empezó en el periodismo por vocación siendo muy joven. Fue gracias a la generosidad de su hermana Leonor, que Darío llegó este oficio. Ella lo matriculó en Radiar Limitada, la academia radial que dirigía el profesor Manuel Cabral Jiménez, cuando Darío tenía 14 años. Allí comenzó su formación como locutor y periodista, ejercicio que desarrolló en los estudios de Radio Militar durante la dictadura de Rojas Pinilla. A los 17 años, luego de la muerte de su tío Oliverio, viajó nuevamente a Tarqui, y en ese trayecto conoció en Garzón de una emisora que se llamaba Radio Garzón e ingresó como locutor.

Entre 1955 y 1956, decidió ingresar a prestar servicio militar en la Escuela de Artillería de Bogotá. Allí se desempeñó como el escribiente del comando debido a sus habilidades como mecanógrafo empírico o “chuzógrafo”, como él mismo decía.

A su manera, continuó la historia que vinculaba a su apellido con la vida cultural del departamento. A sus 20 años fue uno de los fundadores de “Los Palelípolas”, un grupo de artistas del Departamento del Huila. Sus producciones, en los campos del teatro, la narrativa, el dibujo, el cine, la televisión y especialmente en el de la poesía, han sido ampliamente reconocidas y difundidas, aún, varias décadas después de su finalización. Fue disuelto a mediados de los años 60, aunque sus miembros siguieron escribiendo de manera independiente.

La radio lo llevó primero por el Huila. Fue director de Radio Sur, en Pitalito, y de ahí lo llamaron a la Radio Colosal, en Neiva. Después llegó a Bogotá, donde pasó por medios como el noticiero La Opinión, el Telenoticiero Nacional, Radio Televisión Interamericana (RTI) —donde dirigió El Pulso de la Nación—, la revista Cromos, en su época dorada. Volvió al Huila por unos meses para dirigir Radio Surcolombiana, creada por su amigo Guillermo Plazas Alcid, y regresó a Bogotá en 1979 para trabajar en la campaña de Julio César Turbay Ayala, quien, al ganar la Presidencia, le adjudicó el Noticiero Noticolor, llamado así por ser el primer noticiero a color en Colombia, donde acuñó su famosa frase: “Y ya para terminar”, con la que presentaba su editorial que cerraba guardando su bolígrafo en el bolsillo de la camisa.

“Noticolor fue una experiencia interesante por todos los aspectos, pero me trajo muchísimos inconvenientes porque yo era el que tenía que salir como pararrayo del gobierno a defender la obra oficial. Turbay no tenía prensa amiga. Los medios eran adversos. Entonces, yo aparecía como un tipo que va en contravía a la hora pico o la séptima; todos iban para el norte y yo iba para el sur. El Noticiero registraba toda la actualidad nacional como tal, plano, sin ninguna proclividad, sin ninguna inclinación.

El problema era el punto focal era mi comentario. Porque yo siempre aprendí con don Alberto Galindo, que fue mi maestro de periodismo, que la información es sagrada, pero el comentario es libre”, aseguraba el pastor. Sus críticos resumían esa ‘contravía’ en un sencillo apodo: “lambicolor”.

Las elecciones de 1982 trajeron el fin de Noticolor. Ganó Belisario Betancur, opositor a Turbay, y la publicidad oficial desapareció del noticiero. Silva-Silva insistió en que no había sido el nuevo presidente quien había ordenado perseguirlo. Fueron, según su versión, funcionarios que creyeron que al hacerlo estaban ayudando al nuevo gobierno.

“Me convirtieron en una especie del hueso para el perro. La misma noche que Belisario ganó las elecciones, la gente recorría las calles y curiosamente las consignas eran: muera Darío Silva, abajo Lambicolor”, contó el pastor.

El noticiero intentó resistir. Silva señaló que entre mayo y diciembre de 1982, puso 800.000 pesos diarios para mantenerlo al aire sin los 30 segundos de publicidad. No alcanzó. Las deudas crecieron y llegaron los pagarés, las hipotecas, los cheques devueltos y tres embargos sobre sus bienes. Terminó por cederlo a Darío Restrepo y a Cecilia Orozco. “Mi profesión de toda la vida, el periodismo, me resultaba inservible como un arma sin municiones”, aseguró.

Las deudas económicas, la salida del aire del noticiero, los malos comentarios que se escuchaban por todas partes y afectaban su reputación, y, el resultado del desorden en que vivía, lo llevaron a tomar una dura decisión: terminar con su vida.

“Durante tres años continuos no hubo un solo día en que alguien, en algún medio, no se refiera a mí con cualquier pretexto. El ambiente a mi alrededor llegó a tornarse mefítico, irrespirable, al extremo de que no pude aparecer en público, sino a riesgo de ser atacado verbal y físicamente. Mi tiempo transcurría entre lecturas, escrituras, hechicerías y whiskies. El suicidio, sin estar propiamente planeado, era una idea que toma cuerpo de obsesión dentro de mí, cada día con mayor ahínco. Estaba solo, acorralado, sin una lumbre de esperanza en el corazón”.

Pero fue en ese momento de encierro y desesperación cuando Dios lo alcanzó a través de lo que necesitaba.  Su prima, Cecilia Iriarte, le aseguró que una mujer de su grupo de oración podía prestarle un dinero de manera desinteresada. Era Esther Lucía Ángel, su ángel, quien no solo le hizo el préstamo, sino que le presentó a Jesús y lo acompañó desde ese momento y para siempre en su caminar con Dios. Fue ella quien lo escuchó, resolvió sus primeras dudas teológicas y le mostró la bendición que es dar a otros con generosidad.

Tras meses de hablar siete horas diarias sobre temas cristrocéntricos, empezó un noviazgo difícil pero dependiente de Dios, que los llevó a contraer matrimonio y ser los futuros fundadores de la iglesia Casa Sobre la Roca.

En 1984, Darío Silva-Silva inició sus estudios de formación espiritual y teológica, al tiempo con Esther Lucía, quienes lideraban un grupo de oración. Al terminar sus licenciaturas, Silva-Silva es ordenado y consagrado como Ministro del Evangelio en la iglesia Church on the Rock en Estados Unidos.

Una poderosa revelación en Mateo 7:24 llenó la vida de Darío Silva-Silva, y en el altillo que servía de biblioteca pensó: “El país está descompuesto porque los hogares son casas sobre la arena. Quebrantaron su célula básica, la familia, es lógico que la sociedad toda sufra daño. Es necesario conducir a la gente a la creación de casas sobre la roca, hogares sólidos en la práctica del cristianismo como sistema de vida. El Señor quería que hiciéramos de esta patria una Casa Sobre la Roca”.

En 1985, el pastor Manuel Meneses, poderoso ministro de oración, confirma al pastor Darío Silva-Silva su llamado ministerial con la advertencia de que era necesario esperar el tiempo de Dios, razón que lo llevó a alternar su oficio de periodista con su llamado pastoral.

El 1 de septiembre de 1987, el pastor Darío Silva-Silva y su esposa Esther Lucía inauguran oficialmente Casa Sobre la Roca, Iglesia Cristiana Integral en Bogotá con la asistencia de 72 personas y reconocidos pastores del país. El templo inicia en una casa esquinera ubicada en la calle 102 con avenida 9.ª.

Cuando terminó su paso por Noticolor, Darío Silva-Silva regresó a la radio en RCN Radio, donde trabajó durante tres años con Juan Gossaín en Radiosucesos y posteriormente con Julio Nieto Bernal. Durante esa trayectoria, cubrió con gran éxito la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero en noviembre de 1985. Posteriormente, en 1987, ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por “La otra Colombia en Nueva York”, un trabajo de investigación, que realizó junto con Francisco Tulande.

Durante ese mismo año, cuando ya había comenzado su historia con Dios, sus estudios teológicos, y la creación de Casa Sobre la Roca, hubo una anécdota que lo hizo renunciar definitivamente a los medios seculares.

“Una madrugada estaba en el noticiero en RCN y a las 5:30 de la mañana me llamó de urgencia una señora del grupo de oración. ‘Darío, estoy en el piso 17. Me voy a tirar a la calle porque no aguanto más esta perra vida que me ha tocado’. Ella está ahora en la iglesia. Me dijo claramente el Espíritu Santo: ‘Tienes que escoger: o sigues en los micrófonos dando todos los días malas noticias o te bajas y luego te subes al púlpito a dar buenas noticias para salvar vidas como la de esta mujer’.

El 30 de abril de 1987, a las cuatro de la madrugada, orando con mi esposa antes de ir al trabajo, mi clamor fue nítido: Señor, hoy vence mi contrato laboral. Dime ahora, en Tu Palabra, de forma clara, qué es lo que debo hacer. Tomé en mis manos la Biblia, la abrí sin deliberación y mis ojos cayeron directamente sobre Daniel 9:23: «Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para enseñártela, porque tú eres muy amado; entiende, pues, la orden, y entiende la visión».

Esther Lucía gritó un ¡aleluya! que pudo despertar a todo el vecindario en aquella gloriosa mañana. Y tú, ¿por qué estás tan contenta? Le pregunté y ella respondió: Porque el Señor me prometió un siervo suyo y no un periodista.

En forma natural, al concluir el noticiero matutino de aquel día, fui a la oficina de Ricardo Londoño, presidente en ese entonces de RCN, dejé mi carta sobre su escritorio, todavía desocupado a esa hora, y marché hacia Casa Roca. Pasé de periodista a pastor”.

“El periodismo tiene que ver mucho con la profesión profética, el profeta es el hombre que está en una torre mirando lo que pasa y advirtiéndole a la gente lo que está pasando, eso es exactamente el periodismo”. De esta manera, puso su labor como comunicador en las manos de Dios para servirle desde el púlpito.

El 1 de septiembre de 1995 se crea el programa de televisión Hechos y Crónicas y el 1 de septiembre de 2010 la revista Hechos&Crónicas, ambos con el fin de realizar una efectiva tarea evangelizadora dentro de la sociedad y de presentar una alternativa diferente para que las personas tengan un análisis claro de los sucesos de actualidad, a la luz de la Palabra de Dios.

De ser un periodista reconocido pasó a ser un influyente pastor, amado por muchos gracias a su infinita sabiduría, a su noble corazón y a su capacidad impresionante de llevar a la vida cotidiana la Palabra de Dios. Su comunidad entera ha prometido continuar con su legado de evangelización y sana doctrina para que sean alcanzadas miles y millones de almas para Cristo.

“Nunca en mi vida del mundo recibí tanta honra como ahora en el evangelio. Lo digo sin vanagloria, para bendecir al Señor, quien nos ama por encima de nuestras fallas y nos utiliza más allá de nuestras capacidades”.

Fotos: Archivo particular.

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