Una Inteligencia Artificial puede ser una gran herramienta y asistente digital pero un pésimo consejero espiritual.
Mucho hemos comenzado a hablar sobre la irrupción de la IA en la sociedad actual, sus efectos en la economía, productividad, la forma en la que tomamos decisiones, pero, ¿Qué efecto está teniendo en nuestra relación con Dios?
La llegada de la inteligencia artificial a nuestra vida diaria es uno de los factores más disruptivos de los últimos años que está transformando la manera en la que nos relacionamos, trabajamos, estudiamos y vivimos día a día. Es prácticamente una revolución tecnológica, no que se avecina, sino que ya estamos viviendo.
Desde lo económico, el impacto de la IA está siendo revolucionario. La productividad ha crecido, pero también la desigualdad. Ya numerosos estudios están comenzando a analizar y encontrar los impactos que la evolución de la Inteligencia Artificial está teniendo en varios ámbitos de la economía. Por ejemplo, está analizando si la IA puede profundizar la brecha de desigualdad en la sociedad o si, por el contrario, puede llegar a ser una herramienta útil para que muchos puedan encontrar un camino de crecimiento profesional y económico. Hay quienes apuntan a ésta como una herramienta que democratiza el acceso a oportunidades de nuevos negocios y nichos de mercado antes inexistentes, como hay otros a que apuntan a que, por el contrario, ha levantado barreras de acceso y es una amenaza para millones de empleos.
En este aspecto hay todavía mucho para estudiar y analizar. Un estudio de la Universidad de Stanford titulado “Canaries in the Coal Mine? Six Facts about the Recent Employment Effects of Artificial Intelligence” muestra que la IA ha sido una barrera de entrada al mercado laboral para los jóvenes o personas que entran en posiciones junior dentro de las compañías mientras que ha sido un factor de aumento de productividad en trabajadores con mayor experiencia y posiciones más senior.
¿Qué quiere decir esto? Que, para posiciones de tareas más sencillas, donde se necesita menos experiencia, capacidad de análisis y toma de decisiones la IA ha venido siendo un gran apoyo para las empresas, pero una gran amenaza para los nuevos trabajadores. Por el contrario, las personas con mayor experiencia han logrado encontrar en la IA un asistente digital que les ha ayudado a mejorar su productividad al simplificar tareas, liberándoles tiempo y permitiéndoles enfocarse en tareas más estratégicas.
De otro lado, el estudio How generative AI can boost highly skilled workers’ productivity, realizado por un grupo de analistas del MIT Sloan School of Management, mostró que, en un grupo de trabajadores que tenían a su cargo escribir emails, el acceso a herramientas de IA mejoró significativamente el rendimiento en un 40 % de quienes las usaron en comparación de quienes no lo hicieron; pero lo más revelador del estudio fue que quienes tuvieron una mayor mejoría no fueron los que venían con un rendimiento destacado sino que quienes tuvieron un mayor crecimiento fueron los que antes eran menos rápidos y cometían más errores antes de utilizar las herramientas IA. Esto es un contraste con lo visto en el mercado laboral en donde parece ser algo que limita el acceso de muchos nuevos trabajadores jóvenes.
Algo interesante que se ha encontrado es que, en áreas como programación, los programadores con más experiencia son los que menos están usando IA pero son los que la usan con mayor eficiencia. Mientras que un programador junior la usa con mayor frecuencia, el impacto de la IA en su productividad es menor que en el de los programadores con mayor experiencia, esto nos permite ver que el problema de la IA no es su uso si no cómo lo usamos. La IA es una gran herramienta que puede aumentar nuestra productividad y abrir nuevas posibilidades, pero necesita que quien la usa sepa cómo usarla, entienda el campo en el que la está usando y pueda direccionar correctamente para tener mejores resultados y aumentar la productividad.

Ahora, cuando vamos al uso diario encontramos un gran problema: la IA no entiende nuestras emociones, circunstancias ni espiritualidad. La IA no es un buen consejero porque es una herramienta digital y en manos de inexpertos es más propensa a cometer errores en sus análisis. La capacidad de dar resultados o respuestas adecuadas depende mucho de la forma en la que interactuamos con estas herramientas. Por ejemplo, un caso aterrador sacudió a California y ha llevado a los padres de una adolescente a demandar a OpenAI, creador de ChatGPT, pues al encontrar las interacciones con ChatGPT de su hijo, los padres alegan que la IA animó al adolescente a quitarse la vida. Las conversaciones mostraban que la IA respondía a las frases de desahogo que el joven escribía alimentada por todo lo que él mismo ya venía escribiendo.
Una IA puede ser una gran herramienta y asistente digital pero un pésimo consejero. El problema al que nos enfrentamos es que nadie le está enseñando a nadie esto y cada vez más las personas están usando la IA como una herramienta de guía, consuelo, dirección y toma de decisiones en su día a día.
La pregunta que nos surge a todos como cristianos es: ¿Dónde está quedando entonces el Espíritu Santo y la Palabra de Dios? Con lo que hemos venido analizando, no podemos satanizar a la IA pero sí tenemos que ser conscientes del riesgo que significa un exceso de su uso en nuestra vida, sobre todo, en nuestra cotidianidad. Es un riesgo cada vez mayor el que estamos viendo al momento de usar la IA como una herramienta de análisis y toma de decisiones que estamos teniendo más conversaciones con estas herramientas que con Dios. Hoy corremos el riesgo de pasar más tiempo chateando con una IA que orando con Dios.
La IA puede ser una gran herramienta para análisis de textos bíblicos, por ejemplo, pero no puede reemplazar nuestra meditación de la Palabra de día y de noche para que el Espíritu Santo revele su Voluntad a través de su Palabra. El riesgo está en esto: en que veamos un análisis de un texto bíblico o de nuestro devocional hecho por IA como la respuesta de Dios que muestra su Voluntad. La IA puede ser una herramienta de estudio o trabajo que no puede reemplazar al Espíritu Santo porque entonces corremos el riesgo de comenzar a seguir a una IA en vez de servir a Dios y vivir Su voluntad. No sea que, como en los comics de Marvel, la IA deje de ser un Jarvis que apoya a Ironman y termine siendo un Ultrón que quiera controlarlo.
La IA puede ser un gran asistente digital pero no puede volverse un guía espiritual. Nada ni nadie puede ni debe reemplazar al Espíritu Santo de Dios en nuestra toma de decisiones, en nuestra interpretación de la Palabra ni en nuestro caminar diario.

