Opinión – Ora… y no hagas nada

por Revista Hechos&Crónicas
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Santiago 2:15-17 expresa que, si un hermano tiene necesidad y solo le dices: «Vaya en paz; abríguese y coma hasta saciarse», pero no le da lo necesario para el cuerpo.

¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. Aunque Santiago no está hablando exclusivamente de la oración, el principio aplica perfectamente cuando nuestras palabras piadosas reemplazan el amor práctico.

Tenemos, por ejemplo, a Nehemías. Él oró, pero también pidió permiso al rey, hizo un plan, reunió materiales y reconstruyó el muro. La oración lo impulsó a actuar.

Si seguimos leyendo las Escrituras, encontramos a Moisés frente al Mar Rojo (Éxodo 14:15). Después del clamor del pueblo, Dios le dice: ¿Por qué clamas a mí? ¡Ordena a los israelitas que se pongan en marcha! Hay un momento para clamar y un momento para obedecer.

David consultaba al Señor antes de las batallas, pero después iba a ella. Nunca confundió dependencia de Dios con pasividad. Los apóstoles oraban constantemente, pero también predicaban, viajaban, sufrían persecución, trabajaban y servían a las iglesias.

La Palabra está repleta de oración y acción; de unos para con los otros; de un Jesús vivo y completamente activo. Entonces, ¿por qué nos posee la pereza o la irresponsabilidad y nos quedamos en un simple: “oro por ti”? O peor aún, nos interesa averiguar el chisme completo, pero no hacer absolutamente nada al respecto.

Ser un hermano presente no siempre implica girar cheques. Aunque, por supuesto, de solo aire no vivimos. No se imaginan cuántas veces lo único que alguien necesita es un café y una charla; llorar juntos sin decir mucho más, o simplemente hacer reír a esa persona que está deprimida y exhausta. Eso también es gracia. Eso también es amor inteligente y bien intencionado; así se ve el amor que viene del Padre. Orar juntos de una manera honesta y no necesariamente rimbombante; eso también es ser auténticos seguidores de Jesús.

La próxima vez que digas: “Oraré por ti”, detente un momento. Ora en ese mismo instante, aunque sea durante 30segundos. Y luego pregúntate: ¿Dios me está llamando también a ser parte de la respuesta a esa oración? Porque muchas veces la respuesta que alguien espera del cielo llega a través de las manos de un hermano dispuesto a obedecer.

Un detalle más… el orgullo ha sido la ruina de muchos, y la Biblia nos advierte constantemente sobre él. El orgullo es como el azúcar; se disfraza y se mezcla tan bien que incluso las actitudes más “cristianas” pueden terminar siendo solo eso: orgullo. Si oras, no lo eches en cara. Si ayudas, no lo cuentes. Simplemente hazlo de manera genuina. Al final, el único cuya opinión realmente importa es la del Señor. Él ve todas las cosas. Conoce la intención del corazón, sabe lo que hiciste y también lo que dejaste de hacer.  De Dios nadie se burla, dice Gálatas 6:7. Esa verdad encierra mucho más de lo que solemos pensar. No prometas con ligereza lo que no estás dispuesto a cumplir.

Si le dices a un hermano que vas a orar por él, hazlo. No juegues con el dolor ajeno ni uses un lenguaje espiritual para salir del paso. Eso no agrada al Señor.

Por: Carolina Molano. Escritora, empresaria y apasionada por la verdad de la Palabra de Dios.
Foto: Ben White (Unsplash)

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