Las mujeres constantemente se sienten desviadas de su propósito. Llegó el momento de impactar.
¿Alguna vez has sentido que por más que te esfuerces, nada de lo que haces importa? Sí, sabemos que Dios ve lo que hacemos y valora nuestros esfuerzos, pero a veces se siente como si no valiera la pena, pues nunca llegaremos a posiciones tan visibles o influyentes que realmente causen un impacto significativo para la humanidad.
Justamente, ahí encontramos el error. El impacto que queremos alcanzar es directamente proporcional con la visibilidad mientras la Biblia nos enseña lo contrario. Muchos personajes valiosos, que se dejaron usar por Dios para las más grandes enseñanzas y los milagros más increíbles, ni siquiera son mencionados con su nombre. Brillaron en secreto, pero su impacto es eterno.
Es el caso de Jocabed, que escondió a Moisés y salvó al libertador de Israel (Éxodo 2:2-3); José de Arimatea, discípulo oculto que ofreció su tumba al Señor (Juan 19:38); Nicodemo, que buscó a Jesús de noche y más tarde lo defendió (Juan 3:1-2; Juan 7:50-51); el muchacho anónimo que entregó su almuerzo y abrió paso a un milagro (Juan 6:9); la viuda de Sarepta, cuya obediencia humilde sostuvo a Elías (1 Reyes 17:9-16); Ananías, casi desconocido, pero esencial en la transformación de Pablo (Hechos 9:10-17); Tabita (Dorcas), cuyas obras ocultas hablaban más que sus palabras (Hechos 9:36); y la viuda pobre, cuyo acto secreto de generosidad sigue inspirando al mundo (Marcos 12:43-44). En fin, todos ellos muestran que Dios usa vidas silenciosas, escondidas y fieles para generar un impacto eterno.
En la actualidad, la visibilidad que brindan las redes sociales son una paradoja de lo que podría ser una persona que impacta. El alcance, los seguidores, el contenido viral… en fin, todo lo que se reconozca con gran visibilidad nos da la sensación de causar impacto, sea o no sea real.
Héroes anónimos
De acuerdo con John C. Maxwell, experto mundial en liderazgo cristiano, “la verdadera influencia no depende de la posición, sino del carácter”. Esto quiere decir algo muy sencillo pero real y es que el liderazgo más poderoso muchas veces ocurre lejos del escenario y cerca del corazón.
Ejemplos de esto podemos encontrar por todas partes. Según la Alianza Evangélica Mundial, más del 80 % del trabajo misionero en el mundo lo realizan personas sin nombre público o reconocimiento mediático. Traductores, intercesores, maestros de niños, mentores, plantadores de iglesias pequeñas… Su impacto permanece en silencio, pero cambia naciones enteras.
Es el caso, por ejemplo, de Lillian Trasher, conocida, aunque poco, como la “madre de los huérfanos de Egipto”. Se trata de una mujer casi desconocida fuera de círculos misioneros, que fundó un orfanato en 1910 en Asyut, Egipto. A pesar de no tener reconocimiento global, llegó a rescatar y criar a más de 10.000 niños a lo largo de su vida. Lo hermoso es que su legado sigue hoy activo más de un siglo después.
Ocurrió también con Henrietta Mears, la maestra que formó líderes que transformaron el siglo XX. No fue una predicadora famosa, pero sí una educadora cristiana que fundó ministerios de discipulado en Pasadena, California.
Su vida no es mundialmente reconocida, pero influyó en líderes como Bill Bright, fundador de Campus Crusade for Christ (movimiento presente hoy en más de 190 países) y Billy Graham, quien predicó a más de 215 millones de personas en su ministerio.
Su impacto aparentemente no fue tan grande, pero su ministerio ayudó a formar gigantes espirituales. Como estos, los casos pueden contarse por millones. Héroes anónimos que se han dejado usar por Dios para impactar a la humanidad, más allá del reconocimiento y la visibilidad.
Influencia e impacto
Las mujeres tenemos grandes luchas con nuestro llamado Vs. nuestro nivel de influencia. A veces sentimos que, si no está siendo grande, visible y llegando a millones, no está siendo lo suficientemente impactante. Es como si estuviéramos decepcionando a Dios si no llegamos a masas completas. Pero es justamente lo que Dios trata en nosotras. Los ejemplos bíblicos demuestran que no es necesario impactar a millones, solo ser fiel en lo poco y florecer donde Dios nos plantó.
Así que, mujer, la invitación hoy es a que perseveres en tu llamado, aunque nadie parezca ver lo que haces. Sigue mostrando misericordia, amor y amabilidad a quienes te rodean. Sigue brillando, aunque tu luz parezca no iluminar más allá que a unos pocos.
Todo esto moldea la vida de las personas que te rodean y les permite acercarse más a Jesús. No necesitas una gran tarima para marcar la diferencia, solo los dones que Dios te dio.
Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Romanos 12:6.

