Me di cuenta de que Mariano ya no me quería cuando nos fuimos a dormir. No fue porque le sonó el teléfono a la madrugada y se fue a atender al baño, tampoco fue porque encontré un arito plateado en su auto cuando yo uso sólo dorado.
En realidad, fue por cómo me preparó el café. Él sabe cómo lo tomo: con una cucharada de azúcar y un chorrito de leche. Sabe que hay que calentar en el microondas porque tomo el café hirviendo. Me gusta acompañado de un cuadradito del chocolate que tenemos en la heladera, pero del amargo, porque el blanco me parece muy artificial.
Prefiero usar la tacita mediana porque si tomo un café grande no duermo y si tomo uno chico no me relajo. Me gusta después de cenar, mientras vemos el programa ese de los tipos que hacen cristalería contra reloj.
Mariano no toma. A él no le gusta el café tan tarde, pero siempre me lo prepara con mimo. Se convierte en mi barista personal todas las noches desde hace años… pero la semana pasada fue diferente.
El lunes preparó una cafetera entera y la dejó en la heladera para ahorrar tiempo. No me avisó. Yo abrí la heladera y la cafetera estaba ahí y no le di importancia porque pensé que había sido un descuido, hasta que el martes me sirvió café de la jarra.
Y no me quejé porque no estaba feo. Lo había calentado en el microondas y el café, por lo menos, estaba caliente.
El miércoles volvió a servirme café de la jarra y esta vez lo calentó menos tiempo, mientras usaba su celular. El jueves hasta se olvidó del chocolate.
Y toda la semana el café se volvió más frío, el chocolate más chico y su indiferencia más grande. No me molesta que no me prepare el café, me molesta que no tenga la valentía suficiente para decirme que me dejó de querer y en vez de eso ahora prepara cafés fríos con poco amor.
Me dice que está todo bien, que no pasa nada, pero él sabe que yo sé que no es así, que está todo mal. Llegó el lunes y ni siquiera dejó una jarra de café frío en la heladera.
Me lo preparé yo, como a mí me gusta, y ahora él está alerta porque me preparo mi propio café. Ofrece su ayuda y yo le digo que no, que no lo necesito que me gusta preparar mi propio café.
Mariano se dio cuenta de que yo me di cuenta que me dejó de querer cuando nos fuimos a dormir, porque no dejé que me prepare el café”.
Este conmovedor relato de la escritora argentina Viky Figueiras, es una muestra de que el amor, como el café, se enfría si no trabajamos en él. La falta de comunicación y el distanciamiento son la primera causa de divorcios. La segunda el desenamoramiento.
Pero el amor no se acaba en un día. Es poco a poco que se va lastimando cuando dejamos de vernos, de notarnos y de compartir. Cuando la prioridad deja de ser el otro y su lugar lo ocupa cualquier otra cosa. Cuando nos apartamos el uno del otro y también de Dios.
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