«A mí me llaman el negrito del batey, porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo».
Al hablar así, como este merengue dominicano estamos cometiendo un despropósito. El trabajo no es un castigo sino una bendición. Dios no sería un trabajador si el trabajo fuera un castigo. Dios no habría dado ejemplo de trabajo si éste fuera algo malo, si significara maldición. Afirmar que el trabajo es resultado del pecado, constituye una completa falsedad doctrinaria, como es fácil leerlo en la Biblia.
No había ningún arbusto del campo sobre la tierra ni había brotado la hierba, porque Dios el Señor todavía no había hecho llover sobre la tierra ni existía el hombre para que la cultivara. Génesis 2:5.
Aún antes de crear al hombre, Dios ya tenía diseñado que su criatura trabajara la tierra. Por lo tanto, el trabajo no es resultado de algo malo que el hombre hizo, sino que Dios ya había planificado y diseñado que hubiera hombre sobre la tierra para que la labrara y trabajara en ella. Seamos sabios para leer las Sagradas Escrituras.
Antes de Adán, Dios ya tenía perfectamente redactado su contrato laboral. ¿De dónde proviene, entonces, la negativa idea de una penalización por el trabajo? Al hombre dijo: «Por cuanto hiciste caso a tu esposa y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldito será el suelo por tu culpa! Con sufrimiento comerás de él todos los días de tu vida. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente…». Génesis 3:17, 19a.
El castigo por el pecado consiste en que el trabajo se vuelve una carga, se hace penoso, y el hombre tendrá que esforzarse mucho para obtener el pan de ella. El trabajo no es castigo, es la penalidad del trabajo lo que constituye tal cosa. Tengamos cuidado con malinterpretar la Palabra de Dios. Antes del pecado, el trabajo era deleitoso y agradable, la tierra no estaba bajo maldición, como pasó a estarlo después del pecado. ¡Ah, claro! Pero si uno dice que el trabajo es una bendición, no faltará el fariseo arrinconado que se incorpore para proclamar: Por eso hay que trabajar hasta reventarse.
Para este sujeto todo tiene que ser blanco o negro, sin tonos grises.
Existe la creencia de que los mejores cristianos son los que trabajan más arduamente. Esa es otra perversión interpretativa. ¿Cuál es el mal que aqueja a la humanidad actual? La depresión. Pero ha existido en todas las épocas, sólo que le cambian la denominación, según van y vienen las modas literarias, filosóficas, artísticas, etc. Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XIX, filósofos, teólogos, e incluso artistas, llamaron a ese estado del alma que viene del exceso o el vacío ‘el mal del siglo’.
En los setenta nos volvimos gringófilos y ya no decíamos ni el mal del siglo, ni el spleen, ni el surmenage, ni angustia existencial, sino que entonces usamos otro nombre: Stress. Era in decir estrés. Hoy nos hallamos en la edad depresiva, la congoja humana se llama depresión. Es una soberana equivocación el que uno tenga que vivir una vida infeliz y comer pan de dolores, como dice el salmo sólo por vivir trabajando. Eso es el mal del siglo, el spleen, el surmenage, el estrés, la depre, o lo que quieran llamarlo en la próxima edad. Para un cristiano genuino, el trabajo es una bendición.

