Intimidad olvidada

por Revista Hechos&Crónicas

El creyente debería experimentar un anhelo profundo y una búsqueda  constante de permanecer en intimidad con Dios.


Las Escrituras han dejado consignadas historias de personajes que desearon acercarse a Dios a su manera, como los hijos de Aarón: Nadad y Abiú. En Levítico 10:1-20, ellos interpretaron según su opinión lo que significaba relacionarse con Dios y se apartaron de las verdades trasmitidas por las Escrituras que se les había enseñado, lo cual no está alejado del fenómeno que hoy se evidencia.

Esta intimidad involucra áreas tan importantes del ser humano como la estabilidad emocional, la vida familiar, las relaciones personales y la más importante, el área espiritual.  Estudios recientes de Barna Group confirman que la asistencia a las iglesias ha disminuido por lo menos en un 25 % después de la pandemia. Ahora los adultos tienden a abandonar la fe en un 22 % frente a los más jóvenes que tienden a hacerlo en un 16 %. ¿Porque estas cifras? Parte de ese abandono se presenta por olvidar algo esencial en la fe cristiana y es la intimidad con Dios.

La relación con Dios conlleva una profunda amistad con aquel en quien se ha depositado toda confianza. Un análisis rápido permite concluir que la confianza en el Creador ha pasado a ser, en un creciente número de creyentes, un cuento para niños antes de dormir o una mera practica vacía, dejando de ser una relación real y transformadora en los creyentes. Sin una conexión viva con Dios, estos creyentes se engañan a sí mismos, como lo afirma la Escritura en Santiago 1:22-24: No se contenten solo con escuchar la Palabra, puesto que así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la palabra, pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es.

En Josué 1:8 reafirma: Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. Entre muchos cristianos se ha abandonado la primera parte “meditar y practicar” para solo hacer énfasis en el “prosperar y tener éxito”, por esta razón, para algunos la intimidad con Dios se ha convertido en una relación con el genio de la lámpara, donde este tiene como obligación cumplir todos los caprichos a voluntad y sin cuestionamientos.

Se ha dejado a un lado la necesaria búsqueda de intimidad con Dios por cualquier banalidad que intente llenar el vacío en el corazón. Olvidando que la relación profunda con El Señor es la única que puede saciar la sed, llenar el alma y dar vida al espíritu del hombre moribundo. El creyente se ha cubierto los ojos y ha dejado de asistir a esa cita con la voluntad de Dios. La ha reemplazado con unos pocos minutos a la semana o al día, por una rápida lectura o un ligero pensamiento, mientras El Creador del universo está como el Padre de la parábola del hijo prodigo, esperando a la distancia por el hijo que se ha perdido.

Ese hijo representa a los creyentes actuales que al no valorar los tiempos de intimidad, menosprecian la importancia de relacionarse con el Padre. El creyente “de domingo” olvidó lo que el Apóstol Pablo le dijo a Timoteo: Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. 2 Timoteo 3:16-17.

La intimidad y el disfrute del creyente delante de la presencia de Dios debería llevarlo a una mejor comprensión del propósito divino: formar creyentes transformados no solo en su conocimiento sino en su práctica. Según Herman Bavink teólogo reformado holandés (1854-1921) “El conocimiento de los dogmas de fe transforman al creyente de afuera hacia adentro para que este dé frutos en su práctica ética de adentro hacia afuera”.

Es así como el creyente nacido de nuevo debería permanecer en esa intimidad única con Dios, dispuesto a aprender de su Palabra y buscar la llenura del Espíritu Santo para desarrollar una vida de oración y vivir en esas buenas obras. El acercarse al Padre en intimidad debería producir en el creyente un reconocimiento de su inmensa necesidad de Cristo como salvador, llevándolo a identificar su condición de pecador y su incapacidad para huir del pecado. La exposición íntima a la presencia y amor de Dios, debe llevar a confesar y clamar por el perdón divino y apartarse de su pecado, reconociendo que no existe un centímetro en la vida del creyente donde Cristo no pueda reclamar como suyo y glorificando en cada latir del corazón al Padre.

Una verdadera y profunda intimidad con Dios ayuda de manera constante al creyente a entender mejor las Escrituras y su relación con El Padre para luego, mejorar la percepción de sí mismo así como la relación entre esposos, padres e hijos, amigos y compañeros de trabajo, incluso con extraños. La práctica de estos hábitos espirituales debería dar un impulso a cada creyente de llevar la Palabra de Dios a todo lugar y por ende, a la iglesia. Esto sucede porque ha comprendido que recibió el mejor regalo y al igual que la mujer samaritana, debería correr a contarle a todos que Cristo está vivo y que es el redentor de la humanidad, lo que debería generar un clamor congregacional por aquellos que aún no le han conocido y por aquellos que conociéndole están siendo perseguidos por su fe. Esta es la misión de la iglesia de Cristo y de cada creyente: ser una voz que proclama de manera intencional la verdad a un mundo que ha perdido el rumbo.

Por: Óscar Salamanca.

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