Apartes del libro El hombre que escapó del infierno, capítulo 23, “Un hombre llamado Jesús”, escrito por el pastor Darío Silva-Silva.
El teléfono repicaba sin cesar. Contra mi costumbre, me vi precisado a responder, pues los habitantes de la casa estaban todos por fuera y resultaba dispendioso desconectar las múltiples derivaciones del aparato. Sobreponiéndome a la telefobia que se había apoderado de mí, descolgué el auricular con un seco ¿Aló?
Mi parienta Cecilia Iriarte de González preguntaba por Leonor de García, mi hermana. Dado que en esa fecha yo tenía un vencimiento económico, le pregunté si ella sabía de alguien que estuviera en condiciones de prestarme un millón de pesos. Prometió hacer averiguaciones y llamar de nuevo. Media hora más tarde el teléfono timbró otra vez, y escuché la alegre noticia:
-Una señora de mi grupo de oración puede hacerte el préstamo.
Al día siguiente se presentó con Esther Lucía Ángel, la providencial prestamista, cuya figura me produjo impacto. Cuando esperaba enfrentarme a una anciana de aspecto rezandero y fúnebre vestuario, quien intercalaría en su conversación frecuentes ‘aleluyas’ y ‘amenes’, he aquí se trataba de una mujer bonita y elegante, sin el más mínimo signo de religiosidad o fanatismo en su porte. Nuestra conversación fue extraña, parecía como si habláramos lenguas diferentes:
-Bueno, entonces usted, sin conocerme, me va prestar un millón de pesos, ¿verdad?
-Yo lo conozco a través de la televisión y, si fuera por eso, no le prestaría ni un centavo. ‘Otra anti admiradora’, pensé, mientras ella proseguía:
-Y le voy a prestar el millón de pesos que necesita, pero no he venido propiamente a eso.
– Ah, ¿no? ¿Y entonces?… -indagué intrigado.
-He venido a algo muchísimo más importante, Darío.
‘¿Qué se traerá esta mujer?’
-cavilaba; y ella, como si oyera mi silencioso interrogante, dijo con firmeza:
-Yo he venido a presentarle a Jesucristo.
Me quedé de una pieza, no sabía si reír o enojarme; pero, recordando mi necesidad económica, opté por seguirle la onda:
-A ese tipo yo lo conozco, afirmé con sorna. Ella, recorriendo los anaqueles de mi biblioteca con sus inmensos ojos mediterráneos, contragolpeó:
-No, no lo conoce. Habrá leído algunas cosas sobre Él, quizás. Pero yo he venido a presentárselo personalmente.
Sentí vivo temor de que la dama a quien consideraba transitoria tabla en mi naufragio, fuera una perturbada mental, idea que ella se encargó de confirmar en toda la línea al expresar, con la mayor naturalidad:
-Cuando Cecilia me llamó para lo del préstamo, yo estaba en ayuno y oración…
No pude contener una sarcástica sonrisa, a tiempo que pensaba: ‘Esta fanática se habrá escapado de algún manicomio’. Ella, entre tanto, muy oronda, seguía su labor evangelizadora: -Como nunca hago algo sin consultar con mi Padre Celestial, le oré: Señor, en tu Palabra, dime con claridad si tengo que ir donde este tipo tan prepotente, y por qué.
Algo en broma, pero casi en serio, yo remarqué estas palabras:
– ¡Ajá! ¿Y qué le dijo el Señor?
Ella sacó de su bolso una pequeña Biblia y leyó con cierta solemnidad:
Él nos habla al oído y nos aterra con sus advertencias, para apartarnos de hacer lo malo y alejarnos de la soberbia; para librarnos de caer en la tumba y de cruzar el umbral de la muerte. A veces nos castiga con el lecho del dolor, con frecuentes dolencias en los huesos. Nuestro ser encuentra repugnante la comida; el mejor manjar nos parece aborrecible. Nuestra carne va perdiéndose en la nada, hasta se nos pueden contar los huesos. Nuestra vida va acercándose a la tumba, se acerca a los heraldos de la muerte. Job 33:16,22.
En este punto de la lectura yo tenía la piel de gallina, pues se trataba de una descripción exacta de mi situación. ¿Cómo podría aquella extraña mujer estar en detalles íntimos que solo Dios y yo conocíamos? Algo misterioso la había guiado hasta mí sin duda. Después de una pausa, como a la espera de mis reacciones, prosiguió con estos reveladores versículos:
Mas si un ángel, uno entre mil, aboga por el hombre y sale en su favor, y da constancia de su rectitud; si le tiene compasión y ruega a Dios: “Sálvalo de caer en la tumba, que ya tengo su rescate”, entonces el hombre rejuvenece; ¡vuelve a ser como cuando era niño! Orará a Dios y recibirá su favor; verá su rostro y gritará de alegría y Dios lo hará volver a su estado de inocencia. El hombre reconocerá públicamente: “He pecado, he pervertido la justicia, pero no recibí mi merecido. Dios me libró de caer en la tumba; ¡estoy vivo y disfruto de la luz!”. Job 33:23,28.
Fácil le será al lector entender el efecto que produjo aquella estrofa bíblica en un hombre solo, acorralado, sin una lumbre de esperanza en el corazón. Dios mismo se las había ingeniado para hablar francamente conmigo. Percibí que Él es una persona real, pues acababa de hacer una demostración milagrosa para mí en particular; no hay coincidencias, sino planes, en los designios de Su Voluntad. El libro de donde Esther Lucía leyera había sido para mí, dentro de particular gusto literario, el mejor poema del dolor humano. El nombre Job significa «quien se vuelve a Dios”. A este varón acaudalado y poderoso de la antigüedad le sobrevienen, sorpresivamente, ruina, enfermedad y desamparo. Confrontado a una catástrofe singular, protagoniza indescriptible tragedia. Encuentra desilusión en incómodos amigos que le echan sal y limón sobre las heridas; escucha la voz de su mujer en el insensato consejo: «maldice a Dios y muérete» (2:9), y soporta una tremenda controversia cósmica, al fin de la cual, la revelación divina lo somete en fe y restauración definitiva. ¡Oh!, ¡Señor, nunca inventes una forma de traer a ti a los rebeldes que no sea a través del sufrimiento! Las lágrimas son colirio que aclara los ojos interiores para poder mirar tu rostro con pureza, pues solo los limpios de corazón verán a Dios (Mateo 5:8).
-Darío, no le hablo de religiones muertas. Jesucristo es vida, está ahora junto a usted, comprende lo que le pasa, lo ama tal como es y tiene la solución de sus problemas. ¿Quiere hablar con Él? Es fácil.
La voz de la prestamista había adquirido un tono sobreexcitado. Tenía unción.
-Sí, claro, -contesté-, hablemos con Él.
La oración fue simple y breve, pero intensa. A partir de ella, Jesucristo agarró el timón de mi barco y nunca más he navegado al garete; tengo el rumbo definido por una brújula llamada cruz: voy hacia el puerto celestial.

