Mi amor de rodillas

por María Isabel Jaramillo
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La historia de un matrimonio roto que originó el libro.

Antes de que su libro llegara a manos de otras mujeres, antes de comenzar siquiera a planearlo, Alexandra Gómez tuvo que enfrentarse a algo que no esperaba y que resultó ser una gran revelación para su vida: durante años creyó que la historia de su matrimonio era la de una esposa herida por un hombre que le había fallado. Sin embargo, mientras escribía, Dios le mostró que ella también había causado heridas muy profundas y que la restauración comenzaba por reconocerlas.

Ese proceso dio origen a un libro que invita a redescubrir el verdadero significado de ser «ayuda idónea» y a comprender que el propósito de Dios para la mujer no consiste en competir, reemplazar o cargar con todo, sino en complementar y edificar. En conversación con Hechos&Crónicas, Alexandra habla sobre el camino que transformó su matrimonio, su manera de entender la fe y la visión que hoy impulsa su ministerio.

Revista Hechos&Crónicas: Su libro nace de una experiencia profundamente personal. ¿En qué momento entendió que tenía que escribirlo?

Alexandra Gómez: Todo comenzó cuando me pidieron contar el testimonio de mi matrimonio. Mientras preparaba esa historia, el Señor empezó a mostrarme algo que nunca había visto. Durante muchos años yo había contado nuestra historia desde el dolor que me había causado mi esposo, pero Dios me llevó a mirar mi propio corazón. Me mostró que, mucho antes de que él me hiriera, yo también había cometido errores muy profundos que marcaron nuestra relación. Fue un proceso muy fuerte porque, después de más de 30 años de matrimonio, entendí que todavía había áreas que necesitaban arrepentimiento.

El libro nació precisamente de ese descubrimiento. ¿Qué cambió cuando dejó de verse únicamente como la víctima de la historia?

Cambió todo. Durante años pensé que el problema era él. Claro que mi esposo cometió errores y vivimos momentos muy difíciles, pero Dios me mostró que yo también había herido su corazón. Cuando uno deja de buscar culpables y permite que el Señor examine su vida, empieza una verdadera transformación. Dejé de contar una historia donde yo era la buena y él el malo. Entendí que Dios no quería restaurar solamente mi matrimonio; primero quería restaurarme a mí.

En medio de una relación tan fracturada, ¿qué papel tuvo la oración?

Fue el punto de quiebre. Cuando todo parecía perdido, Dios puso en mi corazón el deseo de orar por mi esposo. Yo no conocía realmente cómo hacerlo; simplemente hablaba con Él como sabía. Mi oración nunca fue: «Señor, dame otro hombre». Siempre fue: «Transforma el corazón de mi esposo y transforma nuestro matrimonio». Humanamente parecía imposible. Él estaba viviendo situaciones muy complejas y cualquiera habría pensado que no había esperanza. Pero Dios empezó a obrar. Primero transformó mi corazón y luego comenzó a transformar el suyo. Hoy puedo decir que el poder de la oración cambió nuestra historia.

Una de las ideas centrales del libro es el significado de la expresión «ayuda idónea». ¿Por qué era importante volver sobre ese concepto?

Porque muchas mujeres hemos entendido mal ese pasaje. Durante mucho tiempo pensé que ayudar significaba resolver, anticiparme a todo, sostener la casa, cargar con los problemas y reemplazar a mi esposo cuando sentía que él no respondía. Mientras estudiaba la Palabra entendí que la ayuda idónea no es una asistente permanente ni una sustituta. Dios creó a la mujer con una fortaleza extraordinaria para complementar al hombre, no para competir con él ni ocupar su lugar. Cuando comprendí eso, cambió completamente mi manera de relacionarme con mi esposo.

También cuestiona algunas ideas muy arraigadas sobre los roles dentro del matrimonio. ¿Qué fue lo que aprendió?

Aprendí que muchas veces convertimos principios bíblicos en fórmulas rígidas y olvidamos que Dios guía a cada familia de manera particular. En nuestro hogar ambos trabajamos, ambos servimos y ambos buscamos cumplir el propósito de Dios, no importa quién aporte más o menos dinero. Mi esposo es la cabeza espiritual de nuestra familia, pero eso no significa que mi valor sea menor ni que mi aporte sea secundario. Durante años yo cargué con responsabilidades que no me correspondían porque creía que todo dependía de mí. El Señor me enseñó a descansar en Él y a entender que es Él quien sostiene nuestra casa.

Usted ha desarrollado una carrera profesional muy sólida. ¿Cómo logró reconciliar esa faceta con su llamado espiritual y familiar?

No fue fácil, porque durante mucho tiempo viví en los extremos. Veía mujeres muy exitosas profesionalmente, pero con familias destruidas. También veía mujeres muy comprometidas con la iglesia, pero frustradas porque habían dejado a un lado los dones que Dios les había dado. Sentía que ninguno de esos modelos reflejaba el diseño de Dios. Poco a poco entendí que Él nos creó como seres integrales. Somos cuerpo, alma y espíritu. No tenemos que escoger entre servir a Dios o desarrollar nuestros talentos. El desafío está en vivir cada área bajo Su dirección.

De allí nace el concepto de «Mujer 360». ¿Qué significa?

Es la visión que hoy Dios ha puesto en mi corazón. Una Mujer 360 busca crecer espiritualmente, fortalecer su matrimonio, cuidar su familia, desarrollar sus capacidades, servir a otros y vivir con propósito. No se trata de alcanzar el éxito que propone el mundo, sino de vivir plenamente aquello para lo que fuimos creadas. Mi deseo es acompañar a mujeres que conocen al Señor y también a quienes aún no lo conocen, ayudándolas a descubrir que una vida equilibrada sí es posible cuando Dios ocupa el centro.

Su historia familiar está marcada por heridas, pérdidas y relaciones muy complejas. Mirando hacia atrás, ¿qué le ha enseñado Dios sobre el poder de restaurar una familia?

Me ha enseñado que ninguna historia está demasiado rota para Él. Mi esposo y yo veníamos de familias profundamente disfuncionales y llegamos al matrimonio cargando heridas, miedos y modelos equivocados. Vivimos separaciones, infidelidades, mucho dolor y momentos en los que parecía que todo había terminado. Pero Dios empezó a hacer una obra que primero transformó nuestros corazones y luego alcanzó a toda nuestra familia. Hoy vemos cómo ese proceso no solo restauró nuestro matrimonio, sino que también dio origen a un ministerio para ayudar a otras personas. Mi esposo hoy dedica su vida a acompañar hombres con problemas de adicción, y juntos entendemos que Dios no desperdicia ninguna herida cuando se la entregamos. Lo que un día fue motivo de vergüenza, hoy se convirtió en una herramienta para llevar esperanza a otras familias.

¿Hubo algún momento durante la escritura en el que sintiera que Dios le estaba escribiendo el libro a usted antes que a sus lectoras?

Completamente. Yo pensaba que estaba escribiendo para ayudar a otras mujeres, pero el Señor estaba escribiendo primero en mi corazón. Hubo capítulos que me confrontaron profundamente porque me obligaron a recordar decisiones, actitudes y pecados que había preferido dejar atrás o justificar. Escribir este libro fue volver una y otra vez a los pies de Cristo para permitir que Él siguiera corrigiéndome. Por eso digo que no es un libro escrito desde la perfección, sino desde el arrepentimiento y la gracia. Si algo deseo es que las mujeres que lo lean entiendan que Dios no está buscando personas perfectas, sino corazones dispuestos a dejarse transformar.

Después de todo lo que ha vivido, ¿qué espera que ocurra cuando una mujer cierre la última página de este libro?

Espero que deje de creer que todo depende de sus fuerzas. Que entienda que Dios puede restaurar lo que parece perdido, así como restauró mi matrimonio. También deseo que descubra el enorme valor con el que fue creada. Muchas mujeres viven agotadas porque cargan pesos que nunca les correspondieron. Otras sienten que deben competir para demostrar su valor. Mi oración es que después de hacer los 40 días de este devocional y de conocer o ampliar conceptos clave que toda mujer necesita saber, este libro las lleve de regreso al diseño de Dios, porque cuando una mujer entiende quién es en Cristo, puede transformar su hogar, influir en su familia y convertirse en un instrumento para cambiar la sociedad. Ese es, al final, el sueño que hay detrás de cada página de este libro.

Quienes la conocen hoy la ven como escritora, líder y conferencista. Pero, ¿quién es realmente Alexandra Gómez?

Antes que cualquier otra cosa, soy una hija de Dios. Todo lo demás nace de ahí. Soy esposa de Francisco y mamá de Pamela y Gabriela, y considero que esos son los llamados más importantes que el Señor me ha confiado. Profesionalmente llevo más de 30 años trabajando en comunicación estratégica, un campo en el que Dios también me ha permitido crecer y servir. Junto a mi esposo somos diáconos y lideramos el ministerio de oración en nuestra iglesia, Casa Sobre la Roca Sabana Norte, donde hemos aprendido que las batallas más importantes de la vida no se ganan con nuestras fuerzas, sino de rodillas. Hoy siento que Dios está uniendo todas esas experiencias, mi vida profesional, mi historia personal y lo que ha hecho en mi matrimonio, para ponerlas al servicio de otras mujeres y otras familias. Ese es el propósito que hay detrás de este libro y de todo lo que viene para mi vida.

Por: María Isabel Jaramillo – Isabel.jaramillo@revistahyc.com
Fotos: Archivo particular. 

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