Hipergamia y fe ¿Expectativas o superioridad?

por David Bernal
A+A-
Reset

Escoger pareja es una de las decisiones más difíciles, pero hacerlo con perspectivas desequilibradas no es sano. ¿Tus expectativas por encima de Dios?

“La hipergamia es la tendencia de algunas personas de elegir parejas con un estatus social, económico o cultural superior al suyo. El término proviene de los griegos: “hiper” (superioridad) y “gamia” (unión). En su forma tradicional, la hipergamia surgía en contextos en los que las mujeres carecían de independencia económica y dependían de un hogar que les ofreciera seguridad”, según Selia, plataforma colombiana de psicología en línea, que lo explica en términos generales.

En la actualidad, distintos factores han hecho que este concepto de psicología relacional y social se convierta nuevamente en tendencia en ambos sexos. Comparaciones sociales y culturales, expectativas desequilibradas, impacto emocional e incluso la crianza generacional, han hecho que las parejas de hoy se sometan a un “examen riguroso” unos a otros para ver si se cumplen las expectativas que, más que espirituales, son económicas y de poder.

Gepsiba Herrera, psicóloga de la Universidad Cooperativa de Colombia, explica que “la adopción de patrones hipergámicos no responde únicamente a decisiones individuales, sino a procesos de socialización que comienzan desde la infancia. A través de la familia, la escuela, la cultura y los medios de comunicación, las personas interiorizan creencias sobre lo que significa ser hombre o mujer, incorporando representaciones asociadas con la provisión económica, el cuidado, la autoridad, la dependencia o la protección.

Estas experiencias terminan configurando esquemas cognitivos, afectivos y relacionales que orientan la elección de pareja y la forma de vincularse con los demás. En consecuencia, algunas personas pueden sentirse más seguras o valoradas dentro de relaciones que reproducen modelos tradicionales de poder, mientras que otras buscan relaciones más igualitarias o flexibles”, sostiene Herrera.

En este sentido, explica: “La hipergamia también influye en las dinámicas relacionales y en la manera en que las personas establecen vínculos afectivos. Cuando existe una distribución desigual de recursos y poder, pueden generarse relaciones caracterizadas por dependencia económica, asimetrías en la toma de decisiones, dificultades para la negociación de acuerdos y una menor percepción de autonomía por parte de quien ocupa la posición subordinada”.

Desde la perspectiva bíblica, las Sagradas Escrituras no hablan específicamente sobre la hipergamia pero enseña en diversos pasajes sobre las responsabilidades que se tiene dentro de la pareja, el yugo desigual, la madurez en la pareja y que sobre ambos debe estar Dios.

Responsabilidades de la pareja: Ella le es fuente de bien, no de mal, todos los días de su vida. Anda en busca de lana y de lino, y gustosa trabaja con sus manos. (Proverbios 31: 12-13) – Su esposo confía plenamente en ella y no necesita de ganancias mal habidas. (Proverbios 31: 11).

Humildad con y en pareja: No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta. Por la gracia que se me ha dado, digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado. (Romanos 12:2-4).

Amar como a mí mismo: Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable. Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia. (Efesios 5:25-33).

Conductas de hipergamia en la Biblia

Sansón y Dalila

El capítulo 19 de Jueces cuenta la historia de Sansón y sus mujeres. Pasado algún tiempo, Sansón se enamoró de una mujer del valle de Sorec, que se llamaba Dalila. Los gobernantes de los filisteos fueron a verla y le dijeron: «Sedúcelo, para que te revele el secreto de su tremenda fuerza y cómo podemos vencerlo, de modo que lo atemos y lo tengamos sometido. Cada uno de nosotros te dará mil cien siclos de plata», relatan los versículos 4 al 6.

Sansón era uno de los jueces antiguos de Israel y al mismo tiempo, era el héroe y el hombre más fuerte de la época con una clara debilidad: las mujeres. Tanto su esposa y luego Dalila, buscaron a Sansón por lo que él era, por su poder físico, la autoridad transmitía y por su apariencia. Ambas intentaron engañarlo para conseguir derrotarlo y entregarlo a los filisteos, pero sólo Dalila lo logró obteniendo beneficios económicos, de poder y reconocimiento.

Ester y el rey Asuero

Ester era una joven judía huérfana y criada por su primo Mardoqueo que trabajaba para el rey. Ambos vivián en la ciudadela de Susa en la antigua Persia donde el rey Asuero gobernaba 27 provincias desde la India hasta Cus.

Tras quedarse sin esposa, Azuero inició la búsqueda de su reemplazo. Ester 2: 2 – 4 relata: Entonces los ayudantes personales del rey hicieron esta propuesta: «Que se busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey. Que nombre el rey para cada provincia de su reino delegados que reúnan a todas esas jóvenes hermosas en el harén de la ciudad de Susa. Que sean puestas bajo el cuidado de Jegay, el eunuco encargado de las mujeres del rey, y que se les dé un tratamiento de belleza. Y que reine en lugar de Vasti la joven que más le guste al rey». Esta propuesta agradó al rey y ordenó que así se hiciera.

El rey buscaba estar en una mejor posición social al contar con su reina al lado, debido a que la reina Vasti lo había avergonzado. Ester iba a ser la reina y Dios la usaría para salvar a todo su pueblo de la exterminación.

Mardoqueo contó todo lo que le había sucedido, mencionando incluso la cantidad exacta de dinero que Amán había prometido pagar al tesoro real por la aniquilación de los judíos. También le dio una copia del texto del edicto promulgado en Susa que ordenaba el exterminio, para que se lo mostrara a Ester, se lo explicara y le ordenara que se presentara ante el rey para implorar clemencia e interceder en favor de su pueblo, dice Ester 4:7 – 8.

Ester se preparó con lo mejor de lo mejor para presentarse ante él para interceder y logró su objetivo.

Y al segundo día, mientras brindaban, el rey preguntó otra vez: —Dime qué deseas, reina Ester, y te lo concederé. ¿Cuál es tu petición? ¡Aun cuando fuera la mitad del reino, te lo concedería! Ester respondió: —Si me he ganado el favor de Su Majestad, y si le parece bien, mi deseo es que me conceda la vida. Mi petición es que se compadezca de mi pueblo. Porque a mí y a mi pueblo se nos ha vendido para exterminio, muerte y aniquilación. Si solo se nos hubiera vendido como esclavos, yo me habría quedado callada, pues tal angustia no sería motivo suficiente para inquietar a Su Majestad.

¿Expectativas por encima de Dios?

Gepsiba Herrera, psicóloga cristiana que se congrega en la iglesia Casa Sobre la Roca, explica que desde la perspectiva como creyente: “Cuando el reconocimiento social, la posición económica o el prestigio se convierten en el principal criterio para establecer una relación, cabe preguntarse: ¿es esto fruto de la voluntad de Dios o de los anhelos humanos? ¿Estamos amando a una persona o al estatus que representa? ¿Es el amor quien guía esta elección o son otros intereses los que ocupan su lugar? Desde el momento en que una relación está condicionada por algo diferente a Cristo, ese elemento termina ocupando el centro y ejerciendo señorío sobre ella. Puede ser el dinero, la belleza, la posición social, la educación, el éxito profesional, el reconocimiento o incluso la necesidad de validación. Lo que inicialmente parecía una preferencia termina convirtiéndose en un requisito, y lo que era un requisito termina transformándose en un ídolo”.

Esto no significa que no se deben tener expectativas a la hora de buscar o escoger pareja, sin embargo, estas deben ser reales y jamás ponerlas por encima de Dios.

El pastor Luis Palau en su libro “Con quién me casaré”, cuenta el caso de un joven colombiano que buscó consejo antes de casarse:

“Mis padres dicen que mi novia es inferior a mí porque yo tengo más educación. Yo voy a ser un gran profesional, y hay una gran diferencia en ese sentido.

– ¿Crees que tus padres tienen razón? – pregunté-. ¿Consideras que tu novia será un motivo de vergüenza para ti? Caminamos unos pasos en silencio, y por fin respondió con toda franqueza:

– Sí. Creo que, debido al desnivel en nuestra educación, yo me siento superior en ese aspecto.

– Entonces, muchacho, no sigas con ella – fue mi consejo.

Eso no era verdadero amor. Cuando un joven ama a su novia, pero la ama de verdad, ese amor los llevará a un matrimonio feliz dentro de la voluntad de Dios, y nunca ha de considerar a su compañera inferior a él (…) Lo mismo se aplica a una chica para con su novio. Hay muchas jóvenes que comienzan a ennoviarse con muchachos de menos educación, y aunque les tienen cariño en su interior se sienten superiores y existe cierto sentimiento de vergüenza y menosprecio para con ellos. Esto no puede ser el camino a una relación exitosa y feliz”.

En este sentido, la psicóloga Herrera explica “La hipergamia, entendida como la búsqueda de relaciones sustentadas en diferencias de poder, estatus o recursos, puede convertirse entonces en mucho más que una forma de elección de pareja; puede transformarse en una expresión moderna de idolatría. Porque cuando el valor personal depende de con quién estoy, cuánto tiene esa persona o qué representa socialmente, mi identidad deja de reposar en Cristo y comienza a depender de fuentes externas, inestables e insuficientes”.

A lo que agrega: “Cuando una persona convierte el estatus en la medida de valor de una relación, puede comenzar a ejercer presión constante sobre su pareja, cuestionar sus logros, compararla con otros, minimizar sus esfuerzos o hacerla sentir insuficiente. Estas dinámicas pueden constituir formas de violencia psicológica que, aunque no dejan marcas visibles, erosionan profundamente la autoestima, el sentido de dignidad y la seguridad emocional de quien las recibe. El alma termina herida por la constante exigencia de demostrar valor, producir más o alcanzar estándares cada vez más altos para merecer amor, aceptación o permanencia”.

Por: David Bernal – david.bernal@revistahyc.com
Foto: Montaje con imágenes de Magnific y Rawpixel.  

Artículos relacionados

Dejar comentario