Cuando la búsqueda constante de placer nos aleja de la presencia de Dios.
Hace unos meses pasaba por un momento bastante complicado de mi vida. La ansiedad, el estrés, el desánimo y la falta de propósito eran constantes. En medio de ese caos, descubrí una cosa: mi tiempo en pantalla era extremadamente alto. En ese momento caí en cuenta de que me estaba perdiendo por mi dependencia a pequeños momentos de gratificación, ya que no era capaz de tener instantes de plenitud, sino de placer instantáneo. El tiempo me permitió comprender que no soy un caso aislado; cada vez son más los jóvenes que viven esclavizados a esta búsqueda constante de placer y terminan perdiendo cosas aún más valiosas como el tiempo, la paz y la capacidad para habitar en la presencia de Dios.
La idolatría siempre ha sido una práctica que aleja a las personas de la presencia de Dios, les impide oír su voz y ver su actuar. En el Antiguo Testamento, los ídolos eran objetos con los que se hacía alusión a falsos dioses y se les rendía culto, desplazando así al Dios verdadero.
Sin embargo, en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo no solo alerta sobre la adoración a imágenes, sino enseña que la idolatría se alberga en el corazón humano, en el momento en que los deseos, la codicia u otras cosas ocupan el lugar que le debería corresponder al Señor. La Biblia ha demostrado que todo a lo que se le dedique más tiempo, energía y devoción termina por convertirse en un obstáculo para experimentar una vida espiritual en abundancia.
Según la psiquiatra Marian Rojas Estapé: “La dopamina es un neurotransmisor crucial en el cerebro, relacionado con el placer, la conducta y la motivación”. Es vital para la supervivencia humana, ya que nos impulsa a actuar para conseguir nuestros objetivos y a responder a estímulos. El problema ocurre cuando esta dinámica natural se distorsiona por la sobreexposición a estímulos hechos únicamente para generar gratificación inmediata”.
Hoy estamos rodeados de fenómenos que activan la dopamina de forma rápida y constante: redes sociales, alcohol, drogas, pornografía o alimentos ultra procesados, que producen sensaciones intensas, pero incapaces de otorgar una felicidad que perdure. Cuando estos placeres toman lugar en nuestra vida, terminan generando una dependencia que provoca la falsa ilusión de que no podemos vivir sin ellos, haciendo más difícil la construcción de una vida plena y con propósito.
Con el paso del tiempo, esto causa una falta de capacidad de sostener prácticas que aporten a nuestro crecimiento espiritual, mental y físico.
Orar se vuelve cada vez más difícil. Cosas como el ejercicio, el estudio y la meditación de la Palabra parecen poco atractivas, ya que no producen el mismo placer instantáneo. De esta forma comenzamos a perder el verdadero sentido de la vida, olvidando que Dios no nos promete una realidad basada en el placer, sino una vida en abundancia marcada por la plenitud, el gozo y la paz.
Con esto, no pretendo demonizar ciertas cosas que en momentos pueden otorgarnos placer. Tener redes sociales, jugar videojuegos o ir a comer una hamburguesa con amigos no es necesariamente un pecado. Sin embargo, el error llega cuando este tipo de hábitos toman el control sobre nosotros, lo cual es bastante posible, ya que estos estímulos están hechos para atraparnos y es muy fácil perderse entre la delgada línea de la recreación y la adicción.
Por este motivo, debemos priorizar aquellas actividades que tal vez no sean tan gratificantes en un principio, pero sí lo serán a futuro. La oración y el devocional pueden no estimular tanto como ver pornografía, pero sí nos permiten escuchar la voz de Dios; estudiar y hacer ejercicio seguramente no nos generan tanto placer como jugar videojuegos, pero sí nos ayudan a crecer física y mentalmente; comer sano no es igual de “rico” que comer chatarra, pero sí nos aporta una mejor salud; leer y aprender cosas nuevas suena más aburrido que ver Tik tok, pero sí nos otorgan aprendizaje y la construcción de un mejor futuro.
Esto es lo que pasa cuando nos esclavizamos a estímulos únicamente para buscar placer y distracción: nos volvemos inútiles y nos alejamos de la presencia de Dios. Nuestra constante búsqueda de gratificación disminuye la búsqueda del Espíritu Santo por unos pequeños instantes de deleite sin propósito. Se fueron tras ídolos inútiles, de modo que se volvieron inútiles ellos mismos. 2 Reyes 17:15b.

