El Cordero y León

por Revista Hechos&Crónicas
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La palabra de Dios presenta a Cristo tanto como Cordero sufriente, como León poderoso.

El silencio se hace cada vez más estridente, apenas es interrumpido por el sonido de la arena que raspa las sandalias. Los cortos pasos de los extenuados soldados develan el cumplimiento del asesinato del Hombre. El viento parece emitir un gemido en su tonalidad más baja y sublime, y de tanto en tanto se escucha el ya debilitado gemir de los fieles dolientes del ahora moribundo Profeta.

La burlesca corona abraza la cabeza de quien ha de ser cabeza de todo, y las ya incrustadas espinas aparentan ser menos largas y tortuosas. La tonalidad de su piel ha sido oculta bajo la rojiza apariencia de una figura humanoide, por cuanto la mezcla de sangre y tierra domina el terrorífico oleo de surcos supurantes y grotescos cráteres descubiertos en lo que alguna vez hubo piel y musculo.

El oído más agudo pareciera ignorar que ese hombre (Ecce hommo) aparentemente ya vencido en esa vergonzosa cruz, todavía emite un dificultoso jadeo que se abre paso entre pulmones exhaustos y un pecho oprimido por el peso del pecado.

Súbitamente, el silencio —habitado por los quejidos de una madera reacia a convertirse en instrumento de tortura para quien otrora fue un hábil carpintero— se estremece con la postrera y más bella sinfonía del bello Cisne en su ocaso: ¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Sus discípulos no lo pueden comprender ¿por qué no se defiende? Ellos mismos fueron testigos de su poder y autoridad aun frente al potente viento y al embravecido mar. No es posible que Dios mismo se permita tal humillación.

Sus enemigos, engrandecidos por el orgullo y embriagados por la sangre de su cruenta ejecución, perseveran en su mofa: “Aquel que prometía salvarnos no es capaz siquiera de salvarse a sí mismo”.

Imaginar la escena de Cristo, Salvador de toda la humanidad, en este estado de aparente derrota, es una imagen absolutamente repelente con la figura de un Mesías triunfante, dominador de reinos, Rey sobre los soberanos de la tierra y majestuoso Sacerdote de impoluta túnica.

Se ha dicho con mucha razón que es por causa del hecho de Cristo humillado y muerto que gran parte de los judíos de la época se negaban a aceptar a Cristo como el Mesías, desoyendo al profeta Isaías, cuando en el capítulo 53 relata los tristes infortunios del Mesías sufriente, del varón de dolores.

Así las cosas, no es de sorprenderse que los enemigos del evangelio suelan hacer burla de Cristo aludiendo a su aparente derrota en la cruz, ante lo cual nosotros, los hijos de Dios, respondemos con firmeza la victoria de Cristo resucitando al tercer día a la vista de multitudes.

No obstante, con frecuencia somos objeto de la burla de los soberbios y arrogantes, quienes no temen ultrajar al Señor ni se sonrojan al mofarse de la obra sublime de nuestro Salvador. Lo que nos hace tomar como nuestras las palabras del salmista cuando dice en el Salmo 74 10 – 11:

¿Hasta cuándo, Dios, te insultará el adversario? ¿Por siempre ofenderá tu nombre el enemigo? ¿Por qué retraes tu mano, tu mano derecha? ¿Por qué te quedas cruzado de brazos? ¡Destrúyelos!

Lo cierto es que tales blasfemos y soberbios se sirven de la extraordinaria misericordia de Dios con arrogancia temeraria, como quien se mofa de un león enjaulado. Despreocupados de todo juicio aumentan su pecado, pero ignoran que la que pareciera inexpugnable jaula, tiene la puerta abierta. Se juegan la vida y todo depende de la paciencia del León.

Los Evangelios nos muestran a Cristo en gran medida como cordero: Jesús, el segundo Adán, fortalecido en Dios, pero sometido a las limitaciones del cuerpo; profeta sabio y humilde; maestro y paciente; pastor compasivo y sacrificado; amigo leal y cercano; Señor con autoridad, pero lleno de amor.

Sin embargo, la comprensión de Jesucristo es inacabada si solo se le ve como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La palabra de Dios presenta a Cristo tanto como Cordero sufriente, como León poderoso. En Cristo cohabita el amor y el juicio; la misericordia y la justicia; el poder y la ternura; la cercanía y la reverencia; la humildad y la majestad; el suave susurro y el fuego consumidor.

En Apocalipsis cinco leemos el relato del apóstol Juan sobre la visión del rollo escrito por ambos lados y cubierto con siete sellos, el cual no pudo ser abierto por no encontrarse nadie digno para tan sublime asignación. Ante el llanto de Juan, uno de los veinticuatro ancianos dice: “He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos”. Sin embargo, al mirar, Juan no observa al León, sino a un Cordero que, pese a tener todos los signos de haber sido sacrificado, permanece de pie. Y es justamente eso de lo que trata el libro de Apocalipsis: mostrar más detalles de Cristo, ahora más ampliamente, el León de la tribu de Judá.

La palabra Apocalipsis proviene de un vocablo griego que se traduce como revelación, y en su primer capítulo se especifica qué tipo de revelación: se trata de la revelación de Jesucristo. Es el descorrimiento del velo para poder contemplar de manera mucho más completa la identidad de Cristo.

Llama la atención que esta revelación tiene como destinatarios a “sus siervos” (doulos, en griego, “esclavos”), sin que ello quiera decir que vaya a pasar inadvertida para la humanidad

incrédula. A nosotros, sus siervos, nos es dada desde ahora; y será evidente de manera material, y asimismo cruel, para la humanidad entera en el momento de su cumplimiento.

Pese a que toda la Biblia abunda en referencias a Cristo como el León triunfante, es en Apocalipsis que se evidencia amplio detalle de esta imponente y temible faceta de Jesús. Encontramos en la revelación de Jesucristo la develación de un poema que había sido diseminado a lo largo de las Escrituras de manera cuidadosa y bella.

Dios pudo habernos presentado desde el inicio los pormenores de Cristo como Cordero y como León, pero decidió apelar a su fina estética y exquisita poesía al mostrar aspectos de Cristo poco a poco hasta llegar a la majestuosa imagen de Cristo como el Hijo de Dios soberano, triunfante, poderoso y juzgador con justicia de toda iniquidad. Ya lo decía el poeta simbolista francés de siglo XIX Stéphane Mallarmé “Nombrar un objeto es suprimir tres cuartas partes del gozo del poema, que está hecho de la felicidad de adivinar poco a poco; sugerirlo, he aquí el sueño”.

La iglesia actual debe hacer memoria de manera periódica sobre Cristo como Cordero y como León. Es Dios amoroso, pero grande y temible; Es Sacerdote perdonador, pero no pasará por inocente al culpable; Es todo ternura y amor, pero es fuego consumidor. Perdonó al criminal que colgaba a su lado en la cruz y le dijo “hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”, pero fulminó a Ananías y a Safira por intentar mentirle al Espíritu Santo.

Hay quienes por una visión parcial de Cristo han caído en irreverenciar al Señor y le han perdido el respeto, pero leemos en Jeremías 5:22: “¿Acaso has dejado de temerme?», afirma el Señor. «¿No debieras temblar ante mí?

Por otra parte, habrá quienes solo tengan presente al temible León y olvidan que el Señor nos ama, desea que estemos en intimidad con ÉL, que seamos sus amigos cercanos, que vayamos a Él en arrepentimiento tan pronto como le hayamos fallado para recibir su perdón y restauración.

Tener la visión completa de Cristo nos permite encontrar el equilibrio necesario para vivir en el temor del Señor, por medio del cual hablamos, reímos y nos deleitamos con el Cordero amoroso que dio su vida de la manera más cruel posible por salvarnos; y por medio del cual adoramos, obedecemos y nos sometemos ante el León de ojos de fuego, que camina en medio de su Iglesia para purificarla en santidad.

Por: Julián Sebastián Joya, profesor de Fenomenología y de Epistemología de la Unidad Educativa Ibli – Facter.  

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1 comentario

María Margarita Giraldo 9 de abril de 2026 - 02:06

Qué hermoso análisis del Cordero-León. Está lleno de poesía y verdad ❤️ GRACIAS.

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